DIÓCESIS DE TAPACHULA

 

Este Hijo Mío Estaba Muerto y ha Vuelto a la Vida, Estaba Perdido y lo Hemos Encontrado

XXIV Domingo Ordinario (C)
11 septiembre de 2016

Recientemente, el Santo Padre, un miércoles en su Audiencia General en la Plaza de San Pedro nos decía: “Pienso en las mamás y en los padres preocupados cuando ven a sus hijos alejarse tomando caminos peligrosos. Pienso en los párrocos y catequistas que a veces se preguntan si su trabajo ha sido en vano. Pero pienso también en quien se encuentra en la cárcel, y le parece que su vida se ha terminado; a cuantos han realizado elecciones equivocadas y no logran mirar al futuro; a todos aquellos que tienen hambre de misericordia y de perdón y creen no merecerlo…En cualquier situación de la vida, no debo olvidar que no dejaré jamás de ser hijo de Dios, ser hijo de un Padre que me ama y espera mi regreso. Incluso en las situaciones más feas de la vida, Dios me espera, Dios quiere abrazarme, Dios me espera”
En tres parábolas muy hermosas el Señor Jesús dibujó este amor de Dios nuestro Padre. Leámoslas y dejemos que fortalezcan nuestro corazón y nuestra voluntad.
En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publícanos y los pecadores a escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo entonces esta parábola: “¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: “Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido”. Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentirse. ¿Y qué mujer hay, que si tiene diez monedas de plata y pierde una, no enciende luego una lámpara y barre la casa y la busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: “Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido”. Yo les aseguro que así también se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se arrepiente”. También les dijo esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos: y el menor de ellos le dijo a su padre: “Padre dame la parte que me toca de la herencia”. Y él repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a pasar necesidad. Fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera. Se puso entonces a reflexionar y se dijo: “¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti: ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores”. Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos. Cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: “padre, he pecado contra el cielo y contra ti: ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre les dijo a sus criados: “¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezó el banquete. El hijo mayor estaba en el campo, y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: “Tu hermano ha regresado, y tu padre mandó matar él becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo”. El hermano mayor se enojó y no quería entrar. Salió entonces el padre y rogó que entrara: pero él replicó: “¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas a matar el becerro gordo”. El padre repuso: “Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado” (San Lucas 15, 1-32).
En las tres parábolas Jesús nos dice que Dios sale en busca, va al encuentro de su hijo que se está dañando él mismo y perjudicando a los demás. No le importa que le queden 99 y solo sea uno el que anda perdido, porque para un buen padre ninguno de sus hijos es uno más. Cada uno es su hijo amado y se mira inclinado hacia él con un amor único. Así nos ama Dios y es importante que no lo olvidemos, porque constituye nuestra identidad más profunda, la base firme para resurgir aún en los momentos de mayor oscuridad, y el fundamento del trato fraterno hacia nuestros prójimos: soy hijo muy amado de Dios; cada persona con quien me encuentro es hijo muy amado de Dios.
La actitud del papá con el hijo que regresa tal vez a muchos no nos parezca la más conveniente. Quisiéramos que le echara en cara lo mal que se había portado y le hiciera ver las condiciones para recibirlo de nuevo en casa. Aquel papá expresa la verdad que hay en su corazón: ama a su hijo y se alegra mucho de su regreso. Por ello, corre hacia él, le echa los brazos al cuello y lo besa efusivamente. Esta actitud del papá ayuda a aquel muchacho a recobrar su identidad: es hijo muy amado y es hermano de los demás hijos de su padre. La celebración por su regreso no es un aplauso a lo mal que se portó, sino expresión del amor paterno con que nunca dejó de amársele y reconocimiento y valoración de sus esfuerzos por dejar de hacer el mal.
El regreso del hijo se dio cuando sintió la necesidad de ser salvado. Mientras tuvo la sensación de que para nada necesitaba a su padre, su proyecto de vida estuvo cerrado en él mismo y día con día empeoraba su situación. Una tentación muy generalizada en nuestra época es mirarnos sin necesidad de Dios, cuando en realidad sólo en Él encontramos la razón de nuestro vivir y la base de nuestra dignidad como personas humanas. El Señor nos ofrece su salvación y cada día sale en nuestra busca, pero no lo recibiremos mientras no sintamos la necesidad de ser salvados.
Dice el Santo Padre: “Nuestra condición de hijos de Dios es fruto del amor del corazón del Padre; no depende de nuestros méritos o de nuestras acciones, y por ello nadie puede quitárnosla, ¡ni siquiera el diablo! Nadie puede quitarnos esta dignidad”
Señor Dios, creador y soberano de todas las cosas, vuelve a nosotros tus ojos y concede que te sirvamos de todo corazón, para que experimentemos los efectos de tu misericordia.

+ Leopoldo González González
Obispo de Tapachula

Esta nota fue publicada el día: 11, septiembre, 2016



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