DIÓCESIS DE TAPACHULA

 

El Señor Jesús Quiere Motivarnos a Vivir Nuestros
Días de Manera Solidaria
XXVI Domingo Ordinario (C)
25 DE SEPTIEMBRE DE 2016

Hace poco más de un año, el papa Francisco así lo describía: “Tal vez el auto en el que salía de casa tenía los vidrios oscurecidos para no ver afuera… tal vez, no lo sé. Pero seguramente sí, su alma, los ojos de su alma estaban oscurecidos para no ver. Sólo veía su vida, y no se daba cuenta de lo que le había sucedido. No era malo: estaba enfermo. Enfermo de mundanidad. Y la mundanidad trasforma las almas, hace perder la conciencia de la realidad: viven en un mundo artificial, hecho por ellos… La mundanidad anestesia el alma. Y por esta razón, este hombre mundano no era capaz de ver la realidad”. ¿De quién hablaba el papa Francisco? De uno de los personajes de esta parábola de Señor Jesús que hoy nos es presentada, pero no solo de él. Con humildad miremos si no padecemos también nosotros esa enfermedad. Leamos con atención esta página del Evangelio de San Lucas.
En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas. Sucedió, pues que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro junto a él. Entonces gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí. Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”. Pero Abraham le contestó: “Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá, ni hacia acá”. El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos”. Abraham le dijo: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen”. Pero el rico replicó: “No, padre Abraham. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán”. Abraham repuso: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto” (San Lucas 16, 19-31).
Con esta parábola, el Señor Jesús no nos enseña que los ricos se van al infierno en castigo por ser ricos, ni que los pobres se van al cielo como premio por haber sido pobres. Tampoco es una invitación a los pobres a resignarse en sus miserias y carencias actuales, al fin que luego tendrán su compensación en la otra vida. El Señor Jesús quiere motivarnos a vivir nuestros días de manera solidaria. Si echa nuestra mirada al más allá, es para llamarnos a mirar con responsabilidad nuestra realidad y vivir la fraternidad en nuestro mundo de cada día.
Es admirable la manera cómo el Señor Jesús busca convencernos de que el ser solidarios y fraternos es el único camino de realización humana. Lo hace poniendo a nuestra consideración el enorme contraste entre el pobre y el rico. El primero no tiene qué comer y está cubierto de llagas, mientras que el otro banquetea espléndidamente y viste muy elegante. Nos hace decir: “Esto no puede ser”. El único al que el Señor Jesús da nombre es al pobre, se llama Lázaro. Tal vez lo hace para recalcarnos que no por ser pobre ha dejado de ser alguien, una persona con su propia historia y vocación, creada a imagen y semejanza de Dios. La muerte llega a los dos, y es entonces cuando el rico se da cuenta de algo para lo cual estuvo ciego toda su vida. Se da cuenta de que necesita del pobre para algo muy fundamental: mitigar la sed, refrescar un poco la lengua. El rico se da cuenta del fracaso de su vida al no haber tenido ojos para ver al pobre, tenderle la mano y realizar así su bondad, la bondad con que Dios lo creó.
En la actualidad, los medios de comunicación nos hacen cercanas a muchas personas en su desgracia, aunque habiten en regiones muy distantes. Si hasta allá no alcanza nuestra mano, ciertamente nuestra oración sí puede bendecirles. La situación tan estrecha que vivimos, no sólo en nuestra Patria, sino en muchos lugares del mundo, ha traído a nuestra puerta muchos hermanos que carecen de lo más necesario para pasar el día. Tal vez también algunos amigos o conocidos han perdido su trabajo y no tienen con qué mirar por su familia. No somos aquel rico que banqueteaba y vestía de púrpura, pero ellos sí son Lázaro que está a nuestra puerta.
“Dios nuestro, que con tu perdón y tu misericordia nos da las prueba más delicada de tu omnipotencia, apiádate de nosotros, pecadores, para que no desfallezcamos en la lucha por obtener el cielo que nos has prometido”
+Leopoldo González González
Obispo de Tapachula

Esta nota fue publicada el día: 25, septiembre, 2016



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