DIÓCESIS E SAN CRISTOBAL DE LAS CASAS

 

Los Preferidos de Dios
XXVIII Domingo Ordinario

+Mons. Enrique Díaz
Diócesis de San Cristóbal de Las Casas.

II Reyes 5, 14-17: “Volvió Naamán a donde estaba el hombre de Dios y alabó al Señor”
Salmo 97: “El Señor nos ha mostrado su amor y su lealtad”
II Timoteo 2, 8-13: “Si nos mantenemos firmes, reinaremos con Cristo”
Lucas 17, 11-19: “¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?”

¿Quién sufre más? El pequeño, con su rostro deforme, con su imposibilidad de hilar palabras y su incapacidad para sostenerse en pie, permanece ajeno a un mundo de hostilidad y de lucha por la supervivencia. Pocas veces intenta ir más allá, se conforma con su alimento y las pocas cosas y personas que lo rodean. La madre parece sufrir mucho más. Ella capta las miradas maliciosas y los gestos de repugnancia de los otros niños. Escucha las palabras entre lastimosas y acusadoras de los vecinos. Percibe ese sentimiento de rechazo. Sí, le dicen que lo lleve a un centro especial que se encuentra en Tuxtla, pero eso queda muy lejos y cuesta dinero. Además ha recibido tantos desprecios que prefiere esconder a su hijo en el calor de su hogar y protegerlo de las miradas lastimeras y en el fondo de su corazón se sigue preguntando: “¿Por qué desprecian a su hijito si ella lo quiere con tanto amor y se siente correspondida por el pequeño? ¿Por qué humillar y acusar al que es débil y diferente? ¿Por qué aislar al que nunca tuvo oportunidades?”. Y queda en su corazón flotando la frase que un día le dijo un sacerdote: “Porque es un preferido de Dios”.
Los preferidos de Dios, los olvidados de los hombres, los “renglones torcidos” donde Dios escribe sus mensajes, son despreciados y marginados en todas las sociedades. La lepra en la Biblia aparece como un castigo divino. Los leprosos eran vistos como personas impuras y pecadoras de las que todo mundo debía apartarse. Eran expulsados de la comunidad y del culto, sufriendo marginación total. Debían vivir separados de la comunidad y anunciarse gritando: “Impuro, impuro”. Como la enfermedad era tenida por incurable, la única esperanza que tenían estos enfermos era prácticamente un milagro. Aislados, rechazados y con su carne consumiéndose, los leprosos eran condenados al aislamiento, a la soledad y al desprecio. Hoy la medicina ha avanzado mucho y aunque la lepra sigue causando repugnancia a muchas personas, no se mira del mismo modo. Pero si la concepción de la lepra ha cambiado, la actitud de rechazo a las personas diferentes, la discriminación y el rechazo parecen ir en aumento.
Hoy hay grupos que no interesan a nadie. En días pasados unos presos me comentaban que para ellos no hay oportunidad, que la vida nunca les ha dado un “chance”, que viven como apestados, sufriendo y viviendo en centros penitenciarios y que nosotros preferimos ignorarlos. Pero lo mismo pueden decirnos muchos otros grupos de personas que son miradas con desprecio por una sociedad que cada día es más elitista. Los indígenas son mal vistos y mal juzgados en muchos ambientes. A pesar de las grandes campañas, se mira con desprecio a los enfermos de Sida. Se les margina, se les aísla. Son muchas las personas que miramos con recelo sólo porque no son de nuestro grupo, porque piensan diferente, porque son de otras razas, porque tienen tendencias diferentes. Las mujeres, los pobres, los homosexuales, los enfermos, los migrantes, parecen no tener cabida en nuestra mesa. Los miramos de la misma manera que miraban los judíos a los leprosos y los condenamos al aislamiento y a la soledad.
Jesús, rostro misericordioso del Padre, no está de acuerdo con una sociedad que  rechaza y condena, no es esa su misión. Él vino para dar vida y vida plena, para curar y sanar, devolver la salud, para reintegrar y restaurar, no porque seamos buenos, puros u observantes de la ley, sino porque nos ama, con amor desinteresado. No busca nada a cambio. Y esta es la primera enseñanza que nos puede dejar el milagro de los diez leprosos: reconocer a los  marginados por esta sociedad injusta, descubrir a los discriminados de nuestro ambiente y buscar reintegrarlos, darles un lugar en nuestra comunidad, devolverles la vida. ¿A quién hemos estado segregando? ¿Somos nosotros universales, abiertos de corazón, dispuestos a ayudar a los forasteros, a los que no coinciden con nuestros gustos? Dios ofrece su salvación a todos, sin mirarles el color de la piel. Jesús cura a todos, sin dar importancia a que sean considerados pecadores, impuros o forasteros. Sobre todo este año de la Misericordia, tenemos que reconocer que ellos son los preferidos de Dios. ¿Y nosotros? ¿Acogemos así al hermano que es diferente?
Por otra parte no podremos olvidar que también nosotros somos “leprosos”. Sí, toda corrupción, todo egoísmo y toda envidia es lepra moderna. El pecado es la moderna lepra que carcome, destruye y avanza. El pecado es la   lepra que nos aparta de la comunidad, que nos quita la convivencia, nos aleja, destruye a nuestras familias y a la misma persona  la deshace en pedazos. Pensemos en cualquier pecado: robo, injusticia, mentira, adulterio, borrachera…. Cualquier pecado nos aleja de la comunidad y destruye a la familia y nos autodestruye. Hoy igual que aquellos leprosos, frente a nuestra impotencia para superar el pecado, gritemos a Jesús: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. Y el Señor Jesús nos invita a que, dejado nuestro pecado, nos volvamos hacia la comunión con Dios, con la comunidad y con nosotros mismos. No podemos vivir siempre con nuestro pecado.
Una última enseñanza que nos deja hoy el reproche de Jesús: la gratitud. De todos los sanados solamente uno, y es extranjero, ha regresado para dar las gracias. Dicen que el termómetro para detectar la grandeza de una persona es su capacidad de agradecimiento. Hay quienes caminamos por la vida como si nos lo mereciéramos todo, derrochando todo y sin agradecer nunca nada. “La tierra se vuelve estéril a fuerza de ingratitudes” dice el himno y cuánta razón tiene. Debemos hacernos hoy esta pregunta, para checar cómo está nuestro corazón: ¿Realmente soy agradecido? ¿A quién le he manifestado con la sonrisa, con la atención, con un sencillo gracias, que agradezco el bien que me hace?  Pero no es sólo dar las gracias, Jesús nos pide una actitud más profunda: un creyente se tiene que situar frente a Dios, no como exigiendo derechos, sino con humilde actitud de reconocer que lo ha recibido todo por puro amor de Dios hacia nosotros. ¿Vivimos así nuestra vida como un regalo del amor de Dios?
Señor Jesús, concédenos superar la lepra del egoísmo y la ambición y danos un corazón alegre y agradecido que comparta con sus hermanos el don de la vida. Gracias por tu gran amor, Señor. Amén

Esta nota fue publicada el día: 9, octubre, 2016



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