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“Barras” Exportables

Fecha: 10 Abril 2010 Archivo en: Articulos.

Aficionados conforman sus "barrasbravas".

Santiago Igartúa

México, D.F., 9 de Abril.- Carente de identidad, el futbol mexicano refleja en sus gradas la influencia sudamericana en una pasión distorsionada. Instauradas por la voracidad de dirigentes de clubes y aficionados, bosquejos de barras bravas han sustituido a las porras en distintos estadios del país.
El subibaja de las manos en posición de escuadra, cánticos con entonación extranjera, banderas descolgadas como tirantes arriba-abajo por  las tribunas y términos como hinchada, dale, aguante, los trapos, entre tantas, son trivialidades que evidencian el montaje.
Radicado hasta hace unos años en Argentina, el sociólogo Fernando Segura Trejo hace un análisis del fenómeno: “En México no se dimensiona el problema que implican las barras. El tema es muy complejo y requiere una atención pública seria, adaptada al contexto mexicano. Pero muchos dirigentes, ingenuos e inconscientes, trajeron barras a México ofreciéndoles incentivos económicos”, dice a Proceso acerca de las que se resiste a llamar hinchadas.
Para él, instalar barras “existiendo tantos problemas de violencia en México” es correr “indudablemente” el riesgo de que los estadios se conviertan en otro espacio más para su manifestación.
En sus archivos, Salvemos al Futbol (SF), una asociación civil argentina, concebida para denunciar y repeler la violencia en el deporte, habla de barras de Rosario Central, de Argentinos Juniors, de Boca y de Chacarita, que habrían viajado a México “en calidad de instructores” cobrando 600 dólares por partido.
Sin embargo, los informes refieren la inclusión de dirigentes de clubes, que, al emplear a los barras para desempeñar una función desarrollada desde la violencia y el ilícito, legitiman a los violentos. Es jugar un partido de ida sin regreso.
Para la presidenta de SF, Mónica Nizzardo, la consolidación de barras en México tendría que ver “forzosamente” con la voluntad de gobernantes y directivos. “Que un club contrate barrabravas es legitimar criminales; es avalar querer vivir en una sociedad sin reglas, violenta, donde la vida humana no tiene significado, donde el negocio lo puede todo y todo lo justifica”.
Personalmente dice haber conocido barrabravas argentinos que, “en condiciones inmejorables”, se instalaron en México para “enseñar  a organizarse” a sus copias mexicanas, a “emboscar a las porras rivales y a vivir como barras”, cuenta por su parte Segura Trejo.
Titulada “Colegio de animales”, el diario argentino Olé publicó una nota, fechada el 14 de febrero de 2007, que ya devela la instrucción por parte de barrabravas argentinos a miembros de agrupaciones mexicanas, entre las que nombran a La Rebel de Pumas, La Monumental del América, y la de Tigres, en cuyo estadio el sábado 27 de marzo se registraron enfrentamientos violentos entre decenas de seguidores del mismo equipo, que atraviesa por su enésima racha de fracasos y que lo tienen colocado en los últimos lugares del Torneo Bicentenario 2010 y en el penúltimo sitio de la tabla del porcentaje que marca al equipo que debe descender.
Citando fuentes de la Policía Federal Argentina, el informe dice: “Nuestros barras encontraron un nuevo nicho para hacer negocios con la violencia: exportar sus métodos. Así, asesoraron y armaron barras de equipos de México”.
Según el reporte, el adiestramiento se centraba en la recaudación de fondos “producto de la extorsión” a directivos y jugadores, el manejo de la reventa, el cobro de cuotas a los vendedores informales y la entrega de un repertorio de canciones para “alentar” desde las gradas.
En dicho informe se cita al entonces líder de La 12, barra de Boca Juniors, Rafael Di Zeo, quien supervisó los tutoriales por parte de su organización: “el jefe de Pumas (Salvador Reyes), apodado Nariz, estuvo dos veces en Buenos Aires parando en el Hotel Intercontinental y aprendiendo in situ con la gente de Boca”.

Al interior de las barras

Autor del estudio Violencia y redes sociales de una hinchada de fútbol, publicado por la Universidad Nacional de San Martín, en Argentina, el antropólogo José Garriga Zucal realizó trabajo de campo durante un año con la hinchada del club Huracán, desentrañando la construcción de vínculos en las barras.
Consultado por Proceso, cuenta que para lograrlo tuvo que viajar en los microbuses con la hinchada, comer asados, tomar cerveza, concurrir a las reuniones de socios, compartir mate, escapar a los gases lacrimógenos, caminar solo por el barrio, viajar hasta los estadios visitantes, emocionarse con un gol, decepcionarse ante las derrotas, cantar, saltar, aprender los nombres de los otros hinchas, memorizar las canciones, resguardarse en los “combates”, sufrir la represión policial, asistir a velorios de compañeros de “la banda”, tener “aguante”.
Según Garriga, un hincha quiere serlo porque le da un status, el prestigio y el honor de “ser parte” de algo que es correcto en los parámetros del grupo social –barrio– al que pertenecen, en un ámbito tan importante como lo es el del futbol en Argentina. “Soy de la barra de… te hace alguien importante. Genera un sentido de pertenencia, construye un ‘nosotros’ para enfrentar situaciones desfavorables” como la pobreza, la inseguridad o el rechazo social”.
Las hinchadas se dividen en fracciones, marcadas por los barrios de concentración de sus integrantes y regularmente delimitadas por las cercanías del estadio. Cada una cuenta con un líder o capo, que es el encargado de administrar las finanzas de la barra: el dueño del negocio. A ellos siguen las segundas líneas, conformadas por cerca de 15 hombres –dependiendo cada club–, que responden a los líderes, quienes a su vez los reconocen como sus piernas o soldados. Después viene la tropa, o tercera línea.
El fenómeno de las barras bravas y sus peleas internas –como las externas–, explica Garriga, sólo puede entenderse a través de los códigos que, entre ellos, las sustentan: la cultura del aguante.
Entre los miembros de una barra brava no hay víctimas, sino grupos de victimarios. Es lo que los antropólogos conocen como el “capital violencia”, lo que rige el estatus en las líneas de poder para un hincha, conseguido a través de dicho “aguante”, que se dirime en la misma hinchada. Tener aguante es ser buen combatiente, resistir al dolor, no temer al riesgo.
“El aguante, que es el honor, exime de ser cuestionado a quien lo posee. Para que un hincha o un vecino conserven una pizca de autonomía debe participar de esa ‘cultura del terror’”, detalla Garriga.
“El aguante no permite fisura alguna. Tiene de protagonista al cuerpo, soportando cualquier daño”, dejando la vida en la línea, antes de retroceder un solo paso. En la lucha por éste “vale todo”: armas, navajas, tubos, cinturones, piedras, “lo que sea para vencer al rival” en aras de acrecentar la potencialidad violenta, que habrá de traducirse en respeto. Siempre está a flor de piel, ya que los hinchas suelen estar armados e intoxicados, documenta el investigador infiltrado.
Ser violento es una cualidad-orgullo que debe demostrarse en todo momento. “Los hinchas legitiman en sus códigos la violencia. En su club, su barrio, su territorio, se separa legitimidad y legalidad”, continúa el antropólogo.
Los hinchas también compiten por el aguante a través de los abusos, la locura. En el espacio del futbol los barrabravas han logrado legitimar sus prácticas, “de tal forma que las relaciones sociales no se cierran con el accionar de la violencia; por el contrario, se abren”.
El aguante “tiende lazos sociales” que se reflejan en el bienestar económico. Entre el respeto y el temor que generen, los fanáticos materializan su violencia en favores por parte de la comunidad en la que se desenvuelven.
Fue entre la barra brava de Huracán, estudiada por Garriga, que se suscitaron las últimas dos muertes del futbol argentino más sonadas: el 25 de junio de 2009, a una fecha de terminar el torneo clausura en su país, Huracán era el puntero de la liga. Un partido los separaba del campeonato que no consiguen desde 1973.
Dividida en cuatro fracciones, la llamada banda de La Zavaleta había dejado la tribuna hacía unos años. Los buenos resultados del equipo trajeron consigo la recaudación de dinero para las barras que, solapadas por la directiva, son dueñas de la explotación de la venta de alimentos, entradas y mercadería dentro del estadio.
La Zavaleta fue expulsada violentamente del estadio por la banda de La Placita, hoy al mando de la barra. En represalia, Fernando de Respinis, de 32 años, hermano del líder barrabrava de Huracán, fue acribillado a la puerta de su casa. “Al hermano del jefe de la barra (Adrián Respinis) lo van a buscar para vengarse. Habían pasado cuatro horas desde que terminó el partido, pero la pelea empieza en el estadio”, dice la presidenta de SF.
En venganza por el asesinato del menor de los Respinis fue muerto Orlando Sosa, taxista que fue baleado e incendiado su vehículo. De origen humilde, Adrián de Respinis, según el noticiero América 24, posee un Spa como negocio y varias empresas de sitios de taxi, producto de sus ingresos como líder de la organización.

Los 186 asesinatos

Cada domingo de futbol, las tribunas de los estadios argentinos son tomadas por las llamadas barras bravas para escenificar batallas donde atacantes y defensores en la cancha no son más que una metáfora.
Suman 186 los nombres que han sido despojados de su rostro y de su cuerpo para conformar una lista de muertes atribuidas a la violencia de esos hombres a los que, usualmente, suele catalogarse como “inadaptados”, “irracionales”.
La realidad es otra. Las barras bravas son organizaciones estructuradas que explotan su potencialidad violenta a través de la venta de servicios ilícitos.
Un estudio reciente, elaborado entre junio de 2009 y marzo de 2010 por el departamento de investigación de Salvemos al Futbol, registró un vuelco en la tendencia del comportamiento de las barras bravas en el futbol argentino, presentando un crecimiento exponencial en el fenómeno denominado violencia intrabarras.
Según da cuenta el informe, una veintena de asesinatos se gestaron en el seno de su misma hinchada de 2005 a la fecha, siendo la principal causa de muerte durante el último lustro en el ámbito futbolístico, por sobre enfrentamientos entre aficiones rivales, la represión policial y accidentes.
Estas muertes “poco o nada” tienen que ver con la pasión desbordada por los colores de un equipo o “la violencia social contra aquel que piensa diferente o no comparte el sentimiento”; este fenómeno se presenta exclusivamente por disputas de poder y dinero, negocios dentro de las mismas barras, dice a Proceso Mónica Nizzardo, presidenta de SF.
La lucha interna por dirimir el poder dentro de las hinchadas argentinas ha develado una red de complicidades que derivaron en un poder superlativo que los hinchas resguardan con el (su) cuerpo.

El negocio

Los líderes de las hinchadas no ven los partidos, siempre de espaldas al juego. El negocio está en la tribuna. Entrevistado para el documental Futbol Violencia SA, producido por SF, el exgobernador de la Provincia de Buenos Aires Felipe Solá explica: “Están mirando a su gente, mirando si se les obedece, si se cumple con la venta de droga, si se baja la bandera (las hinchadas despliegan una bandera del equipo que cubre totalmente la parcialidad donde se sitúa la barra brava) para vendarla, si se amedrenta al que se tiene que amedrentar; no les interesa el resultado”.
La venta de droga supone ser el negocio más redituable de las barras, y los propios clubes operan como sus centros de distribución. Mónica Nizzardo cuenta que la única amenaza de muerte que ha recibido por su labor en SF llegó como consecuencia de esta denuncia. “Con la violencia haz lo que quieras; si te metes con la droga, sos boleta (te mueres) en 48 horas”, relata a este reportero. “Yo estoy segura que si se hace un allanamiento a los clubes, en 80% de los casos se encuentra una actividad ilegal”.
Nizzardo cuenta que los barras se emplean como sicarios. Una denuncia hecha en SF notificó un pago de 200 mil pesos a un barrabrava por ejecutar un asesinato.
En grupo son contratados como fuerzas de choque por políticos y sindicalistas. Un testimonio reunido por el antropólogo José Garriga da cuenta (de ello): “Los trabajos no los conseguimos por la hinchada sino por la política, pero la política necesita siempre de las hinchadas”, dijo el informante al que el antropólogo llama Coco, por confidencialidad.
En tiempos de elecciones, relata Coco, “trabajan para todos los partidos políticos, ‘el que ponga plata’: llevan gente a votar, a pegar o pintar proselitismo; son paleros, son guardaespaldas de los políticos, manejan la seguridad en los actos dirimiendo conflictos o, por el contrario, son grupos de choque”.
Federico Fernández y Juan Pablo Ferreiro describen en el estudio Hinchas mercantilizados la forma que emplean las tropas de las hinchadas para conseguir dinero: “Extorsionan jugadores y dirigentes”. Dichas extorsiones son denominadas aprietes: intercambios por dinero o mercancía de valor para los barrabravas –dinero, entradas, bebida, ropa, micros para viajar– a cambio de su seguridad.
Un apriete “es un pedido que no puede ser rechazado”, dicen los sociólogos. “Son en tonos muy intimidatorios y maneras amenazantes, prepotentes”. El 3 de marzo de 2005, Laureano Tombolini, entonces portero de Colón de Santa Fe, declaró a Radio Continental que debía aportar dinero “mensualmente” al jefe de la barra brava de su equipo para resguardar la “seguridad de su familia”. (Proceso)

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