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AMLO, en Manos de García Harfuch

Enrique Olivares

Está en sus manos. Ahora mismo, es cuasi dueño de su destino. De su vida. De él depende su presente. Su futuro. Sólo éste despejará la incógnita sobre si será su verdugo. O su salvador.
En la Historia de México, jamás un secretario de Estado había tenido en sus manos a un expresidente de la República. No dieron motivos tan graves.
Omar García Harfuch, titular de Seguridad y Protección Ciudadana (SPC), es el primero en estar frente a esa ocasión. En ese momento. Desafío. Oportunidad. Andrés Manuel López Obrador está en sus manos por sus faltas.
A fin de resplandecer como nuevo Tlatoani sexenal con toda su fuerza, el heredero sepultaba a su antecesor. Cometía parricidio. Mirando al bien del Estado, eso es irreprochable.
Las ambiciones continuistas de los que inexorablemente tenían que irse y se resistían, eran enviados al ostracismo. Era común perseguirlos. Exhibir sus errores. Desprestigiarlos. Derrotarlos. Desterrarlos. Remitirlos al olvido del tiempo. Sin huella. Sin memoria. Sólo sin el Otro del pasado, podía emerger el Yo verdadero del presente.
El caso más representativo y citado de esa acción de poder, está en la decisión del general Lázaro Cárdenas de echar del país. Literalmente, a Plutarco Elías Calles quien, en su condición de Jefe Máximo de la Revolución, impuso y manipuló a Emilio Portes Gil (1928-1930); Pascual Ortiz Rubio (1930-1932), y Abelardo L. Rodríguez (1932-1934).
Cárdenas actuó atendiendo a una sola razón. La Razón de Estado. Se reconoció como su Jefe único. Legítimo. Legal. Indiscutible. Sobrepuso su integridad —y él sí, la soberanía—, a cualquier otro interés.
No permitió la existencia del poder bicéfalo. Ni mucho menos subordinado. Acabó con la nefasta figura. Las con secuencias del poder tras el trono. Se ganó con creces el lugar al que, con honor y gloria, trascendió a la historia.
De Claudia Sheinbaum no se puede esperar ningún lance semejante. Ella no gobierna. Lo hace Andrés Manuel López Obrador a través de ella. Es inconcebible que quiera deshacerse de él. Sin él no es nada. Nadie. Por ningún motivo quiere quedar en la orfandad.
Ella es la presidenta. Puede descansar en la Silla Presidencial. Portar la banda de tres colores en el pecho. Vivir en Palacio Nacional. Tener incontables beneficios. Comodidades. Lujos, por el solo hecho de poseer el título que legal y legítimamente detenta.
AMLO soñó con ser el Jefe Máximo de la Involución (Morena), y lo es. Jefe Máximo para imponer y controlar a su sucesora y hasta hoy, ha podido hacerlo. Seguro cree que así transcurrirá el sexenio. Todo indica que fracasará.
Porque ahí está Omar García Harfuch. Y está Estados Unidos. Vueltas que da la vida. Paradojas insospechadas. Adversidades que se convierten en ventura. Vuelcos que redireccionan la Historia.
Andrés Manuel López Obrador impuso, con aplausos. La sumisión. Incondicionalidad. Abyección de todo el morenismo, a Clara Brugada en la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México. Asumió esa grotesca. Indecente. Irrespetuosa decisión, pese a que García Harfuch ganó la encuesta para la candidatura.
Armado de un prestigio personal basado en la preparación. Capacidad. Experiencia y valores éticos, esperó. La presidenta Claudia Sheinbaum lo designó, quizá contra los deseos de López, en el cargo más importante. Poderoso. Influyente. Informado de la actual administración federal.
Desde su función, y aun cuando falta mucho por hacer, ha cambiado los números de la criminalidad, si no el ambiente que éste genera. Ha desmantelado, con la participación y la colaboración de las demás instituciones de seguridad, decenas de narcolaboratorios. Capturado a cientos de presuntos criminales.
No obstante, el instrumento más importante que detenta Omar García Harfuch dentro del poder estatal casi completo que ejerce –similar y eventualmente hasta superior al de la propia presidenta–, es la información.
Esta la tiene él en su totalidad. En todo momento. Al instante. Ella podría llegar a no tenerla. O acceder a ella parcialmente.
Con la información, el secretario de Seguridad tiene en sus manos. En su poder. En un puño, a Andrés Manuel López Obrador. Y de ahí para abajo, a todos cuantos conforman el sistema político mexicano. En los cargos públicos. Sean o no morenistas.
En ese sentido, el tema se centra en el «presidente», como lo siguen llamando sus acólitos. Vergonzosamente, la presidenta incluida.
Con base en los instrumentos de seguridad e informativos del país, Omar García Harfuch sabe todo de Andrés Manuel López Obrador. Con cronómetro, se entera de todas sus conversaciones. Conoce cada uno de sus movimientos. Sus comunicaciones con quien sea que hable. Sus esporádicos desplazamientos.
Omar García Harfuch, marginado. Demeritado. Ignorado. Y hasta odiado por el presidente más poderoso que haya conocido México, lo tiene agarrado. Con todo lo que le sabe –igual que a sus hijos–, lo puede dejar caer. Incluso, a pesar de Claudia Sheinbaum.
Es ahí, justo, donde con la oportunidad, se le presenta el dilema. Diríase que, con ella, la oportunidad, el funcionario se halla entre la espada y la pared. Más allá de él y de su jefa, se encuentra, notoria. Notablemente, Estados Unidos. Factor imposible de soslayar. Factótum.
Simbólicamente, la pared puede considerarse respaldo. Sostén. Límite. Apoyo. Fuerza de contención. Construcción. La espada podría asumirse como violencia. Capacidad de agresión. Sangre. Muerte. Destrucción.
Forman la pared hoy, sin duda, Claudia Sheinbaum y su colaborador más importante, por un lado; por otro, la espada es el gobierno de Donald Trump que, a toda costa, quiere llevar ante la justicia de su país a los narcopolíticos mexicanos. A AMLO como la pieza más codiciada, quien se defiende con todo para evitarlo. Su principal escudo es su sucesora.
Para alcanzar sus objetivos, Estados Unidos se vale, se apoya necesaria y obligadamente en la información. Les sigue los pasos a los grandes polinarcos. Los tiene cerca. En la mira. Los preparativos que ha estado haciendo para extraerlos de cualquier modo, vienen de larga data.
¿Han estado compartiendo ese tipo de información los gobiernos de México y Estados Unidos? ¿La han intercambiado Terry Cole, director de la DEA y otras entidades de seguridad de Estados Unidos, y el secretario García Harfuch? ¿Es por eso que éste es objeto de tantos reconocimientos y alabanzas, que no parecen desinteresados?
¿Para dónde hacerse en la situación en la se encuentra Omar García Harfuch? Él debe saberlo muy bien. No parece que pueda tener dudas.
Su única opción es la lealtad. La fidelidad. El compromiso con la Claudia Sheinbaum. Con México. Con su historia de familia. Consigo mismo.
Omar García Harfuch tendrá que emplear esa virtud. El justo medio. Sumarle la prudencia. La paciencia. Sagacidad. Resistencia. Sensatez. Moral. Ética. Deberá extremarlas. Sublimarlas. Potenciarlas. Patentizarlas.
Sus antecedentes. Desempeño. Eficiencia. Resultados, permiten suponer que no tendrá ningún problema para optar. Definirse. Es de creer que, antes que otra cosa, pensará en la patria. En los valores que entraña. En la presidenta, que le dio la oportunidad de servir a las instituciones.
Sobre esas premisas, con certeza servirá primero a las instituciones. A la Nación. Pondrá el poderoso instrumento de la información que maneja, en manos de la persona en quien debe estar. Para que sea ella la que trascienda. Por cualquier decisión que tarde o temprano… tendrá que asumir. Sun

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