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EL QUINTO PODER DE MEXICO

Inteligencia Artificial: ¿el Progreso que Podría Hacernos Olvidar lo Humano?
Ernesto L. Quinteros

Hay momentos en la historia en los que la humanidad tiene que detenerse y preguntarse si todo aquello que puede hacer, realmente debe hacerlo.
La inteligencia artificial dejó de ser una promesa de ciencia ficción para convertirse en una realidad que avanza a una velocidad vertiginosa. Las grandes empresas tecnológicas compiten por desarrollar sistemas cada vez más poderosos, capaces de aprender, razonar, tomar decisiones y ejecutar tareas con una autonomía que hace apenas unos años parecía imposible.
Y aquí comienza la preocupación.
En las últimas semanas, la carrera tecnológica ha vuelto a colocar sobre la mesa un debate que no podemos ignorar: ¿qué ocurrirá si algún día desarrollamos sistemas de inteligencia artificial capaces de operar con un nivel de autonomía que escape al control humano?
No se trata de afirmar que las máquinas necesariamente destruirán a la humanidad. Tampoco de caer en escenarios apocalípticos. El verdadero problema es que estamos avanzando más rápido en la capacidad tecnológica que en nuestra capacidad para establecer límites éticos, jurídicos y sociales.
La inteligencia artificial puede ser una extraordinaria herramienta para la medicina, la educación, la ciencia, la productividad y la economía. Puede ayudar a detectar enfermedades, optimizar procesos industriales, mejorar servicios públicos y abrir nuevas oportunidades de negocio.
Pero también puede desplazar empleos, concentrar riqueza y poder en unas cuantas corporaciones, facilitar la manipulación de información y aumentar la dependencia de las personas hacia sistemas tecnológicos que no siempre comprendemos.
Y mientras hablamos del futuro de las máquinas, quizá deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo con nuestro presente.
¿En qué momento dejamos de ser felices con tan poco?
Hubo una época en la que para convivir no necesitábamos una conexión a internet. Los niños salían a la calle para jugar fútbol con los amigos de la cuadra, andar en bicicleta o simplemente sentarse en la banqueta a conversar. Los fines de semana podían significar un baño en el río, una visita al campo o una tarde jugando hasta que oscureciera.
Hoy, muchas de esas escenas parecen pertenecer a otra generación.
Nuestros teléfonos inteligentes nos mantienen permanentemente conectados, pero paradójicamente también pueden mantenernos alejados de quienes tenemos enfrente. Las redes sociales nos permiten saber qué ocurre al otro lado del mundo, mientras muchas veces desconocemos lo que sucede en la vida de nuestros propios vecinos.
La paradoja del progreso es que hemos construido tecnologías capaces de acercarnos a millones de personas, pero no necesariamente hemos aprendido a estar presentes con quienes tenemos al lado.
Desde el punto de vista económico, la inteligencia artificial representa una revolución. Habrá empresas que crecerán, nuevos empleos especializados y sectores completos que se transformarán. Pero también habrá trabajadores que necesitarán capacitarse o reinventarse.
El reto será evitar que esta revolución tecnológica amplíe todavía más la brecha entre quienes poseen la tecnología y quienes únicamente padecen sus consecuencias.
Por eso, el debate no debe ser inteligencia artificial sí o inteligencia artificial no.
El debate debe ser: ¿qué tipo de futuro queremos construir con ella?
La tecnología debe estar al servicio de la humanidad y no la humanidad al servicio de la tecnología.
Antes de permitir que las máquinas aprendan a tomar decisiones cada vez más independientes, debemos asegurarnos de que existan controles, responsabilidades y límites claros. Porque una máquina puede procesar millones de datos, pero no puede reemplazar aquello que nos hace humanos: la empatía, el afecto, la solidaridad, la convivencia y la capacidad de distinguir entre lo posible y lo correcto.
Quizá nuestros abuelos no tenían inteligencia artificial, teléfonos inteligentes ni redes sociales. Pero tenían algo que hoy parece cada vez más escaso: tiempo para vivir.
Tal vez el verdadero desafío del siglo XXI no sea enseñarles a las máquinas a pensar como seres humanos.
Tal vez sea aprender nuevamente nosotros a vivir como seres humanos. No hay más.
Por hoy ahí la dejamos, nos leemos mañana.
¡Ánimo!
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