La Carretera Tapachula-Tuxtla Chico: una Promesa que Sigue en el Camino
Ernesto L. Quinteros
En la frontera sur, las promesas de infraestructura parecen tener más kilómetros que las propias carreteras. Y para muestra basta recordar la ampliación de la carretera Tapachula-Tuxtla Chico, una obra que lleva años en el discurso público, pero que sigue sin convertirse en realidad.
Lo cierto es que los sectores productivos de la región no quitan el dedo del renglón. Transportistas, comerciantes, agricultores, empresarios y habitantes de los municipios de Cacahoatán, Tuxtla Chico, Unión Juárez y Suchiate saben que esta vía no es un lujo ni una ocurrencia política: es una necesidad para la movilidad, la seguridad y el desarrollo económico.
El expresidente municipal de Cacahoatán, César Oswaldo Arreola Barrera, volvió a poner el tema sobre la mesa y convocó a autoridades municipales, legisladores y empresarios a cerrar filas para gestionar la ampliación de esta carretera ante los gobiernos estatal y federal. Y razón no le falta.
El proyecto de modernización que se impulsó hace más de 15 años, durante los gobiernos de Felipe Calderón y Juan Sabines Guerrero, quedó inconcluso a la altura del kilómetro 10, luego de las controversias relacionadas con la zona arqueológica de Izapa.
Desde entonces, la carretera sigue esperando que alguien le cumpla.
Mientras tanto, el parque vehicular crece, las actividades comerciales se multiplican y los riesgos de accidentes continúan. Se habla de más de 15 percances en los últimos meses, algunos con consecuencias fatales. ¿Cuántos accidentes más tendrán que ocurrir para que la ampliación deje de ser una promesa y se convierta en una prioridad presupuestal?
Pero hay otro asunto que merece atención.
De buena fuente trascendió que habría concluido el contrato de concesión por 20 años que tenía una importante empresa encargada del mantenimiento del tramo Tapachula-Suchiate, incluido el ramal a Tuxtla Chico. De confirmarse esta información, la responsabilidad del mantenimiento pasaría a la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes (SICT), antes SCT.
Y aquí es donde la preocupación no resulta exagerada.
Basta observar las condiciones en las que se encuentran numerosas carreteras federales para entender que el cambio de responsable no necesariamente significa una mejora. Hay tramos que parecen haber sobrevivido a una guerra de baches, abandono y falta de mantenimiento oportuno.
No se trata de ser pesimistas, pero tampoco de aplaudir antes de ver resultados. Habrá que darles el beneficio de la duda a las autoridades federales, aunque la ciudadanía tiene todo el derecho de exigir que esta carretera reciba atención permanente y no únicamente reparaciones emergentes cuando el problema ya es inocultable.
La ampliación de aproximadamente siete kilómetros a cuatro carriles, con acotamientos y espacios adecuados para la actividad comercial de Tuxtla Chico, debe dejar de ser un expediente empolvado.
La frontera sur aporta, produce, comercia y conecta a Chiapas con Centroamérica. Sin embargo, cuando se trata de infraestructura carretera, pareciera que continúa esperando turno.
Los sectores productivos mantienen viva la exigencia. Ahora corresponde a los gobiernos demostrar que también tienen voluntad de cumplir.
Porque una carretera no se moderniza con discursos, ni se mantiene con buenas intenciones. Se necesitan presupuesto, proyectos ejecutivos, voluntad política y, sobre todo, resultados.
La carretera Tapachula-Tuxtla Chico ya esperó demasiado. Que esta vez la ampliación no vuelva a quedarse a medio camino.
Por hoy ahí la dejamos, nos leemos mañana.
¡Ánimo!
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