Mauricio Meschoulam
Un evento deportivo como un mundial de futbol no se da en el vacío. Si bien en el origen de estas competencias internacionales está el espíritu de cooperación entre los países, eso no es siempre lo que sucede. Ello, sin embargo, no descalifica al deporte en sí mismo como herramienta para construir la paz.
La cuestión es distinguir entre estos eventos deportivos como espectáculos y el deporte en tanto actividad física y social. Echemos un vistazo a ambos temas.
Primero, las competencias internacionales como el mundial de futbol o los Juegos Olímpicos no se limitan a lo deportivo. Están rodeadas de factores políticos, económicos y mediáticos, entre muchos otros. Así que hoy, 2026, vale la pena mirar el mundo en el que este evento se gesta:
No estamos en un momento de paz en el planeta. Según el último Índice de Paz Global, enfrentamos un deterioro continuo de la situación de la paz mundial, impulsado por el aumento de los conflictos, la militarización y sus impactos económicos.
Este mundo, en el que tenemos 135 conflictos armados activos (según el IISS), en los que participan 59 países y gobiernos, es el mundo en el que se gesta este mundial. Esto es imposible de ignorar, puesto que varios de esos 59 países son justamente protagonistas de los partidos que veremos.
Así que es natural que, cuando Irán elige alojarse en México, aunque sus partidos se jueguen en EU, en medio de una confrontación activa con ese país; y cuando la inauguración del mundial es precedida por amenazas de escalada precisamente de ese conflicto, resulte imposible desligar todo ello del contexto global.
Sin embargo, hay otro ángulo al respecto. La investigación ha mostrado que deportes como el futbol pueden ser utilizados como herramientas de raíz para la construcción de paz, asumiendo que se diseñen los programas adecuados y que estos sean implementados con monitoreo eficiente por especialistas.
Los estudios muestran que el deporte: (a) proporciona un lenguaje sencillo que facilita la intercomunicación; (b) tiende a promover el respeto por los oponentes y la justicia; (c) es igualitario, dado que en los equipos pueden competir personas de distintos estratos sociales, religiones, grupos étnicos o culturales; (d) en sí mismo, como actividad física y social, es apolítico por naturaleza; (e) permite encuentros en territorio neutral, allanando el camino para posibles reconciliaciones; (f) se desarrolla bajo reglas claras dentro de un espacio delimitado que normalmente privilegia el juego justo; (g) ha mostrado ser una herramienta eficaz para canalizar la agresión de formas no violentas; y (h) constituye también un campo fértil para la capacitación en la democracia.
Hay reportes que muestran que el deporte tiene un efecto psicológico positivo (Ver Wright, 2009; SDC, 2005; Nanayakkara et al., 2010; Reid, 2006).
Con todo, los reportes también advierten contra la tentación de sobrestimar la capacidad del deporte para fomentar estados pacíficos.
En todo caso, el deporte no es sino un factor más que interactúa con una serie de subsistemas tanto en el ámbito local como en el internacional. Pensarlo como una herramienta de construcción de paz no es equivocado.
Pero una copa mundial de futbol, por más que deseáramos cantar a la paz y a la unidad del mundo, está enormemente cargada por el contexto global que se vive.
El reto está en trabajar sobre ese contexto y no esperar que un espectáculo deportivo produzca por sí mismo la paz que las sociedades y los estados no han sido capaces de construir. Sun





