¿Quién Cuida a los Funcionarios del Bienestar?, Crece la Sospecha por Robo a los Abuelitos
Ernesto L. Quinteros
Hay delitos que no solo representan una pérdida económica, sino que destruyen la confianza en las instituciones. Cuando una persona adulta mayor acude al Banco del Bienestar con la esperanza de cobrar la pensión que le corresponde y descubre que el dinero ya fue retirado o gastado por alguien más, el daño trasciende los seis mil Pesos.
Lo que se pierde es la certeza de que el Estado puede proteger a quienes más dependen de ese apoyo.
En Tapachula han comenzado a surgir denuncias que apuntan a un patrón preocupante. Adultos mayores aseguran que sus tarjetas fueron utilizadas sin su autorización para realizar compras o movimientos bancarios. Si los casos continúan acumulándose, dejarán de ser simples incidentes aislados para convertirse en un asunto que exige una investigación seria, técnica y sin contemplaciones.
En un escenario así, resulta inevitable que aparezcan sospechas sobre quienes tienen acceso a información relacionada con el programa. Es comprensible que algunos afectados señalen la posibilidad de que empleados o exempleados de la Secretaría del Bienestar pudieran haber participado, filtrado datos o facilitado información sensible.
Sin embargo, una sospecha, por legítima que parezca, no constituye una prueba. Sería irresponsable señalar culpables sin evidencia.
Precisamente por eso la investigación debe ser exhaustiva. Si existe una red delictiva, hay que identificarla. Si hubo clonación de tarjetas, sustitución de plásticos, filtración de datos personales o acceso indebido a información confidencial, las autoridades deben determinar cómo ocurrió y quiénes son los responsables.
Y si algún servidor público, sin importar su cargo, estuvo involucrado, deberá responder ante la ley con todo el peso de las instituciones.
La pregunta que hoy debe hacerse la sociedad no es únicamente quién gastó ese dinero, sino quién tenía la capacidad de conocer los datos de los beneficiarios, cómo pudieron vulnerarse los mecanismos de seguridad y por qué las alertas no fueron detectadas a tiempo.
La Fiscalía General del Estado y la Fiscalía General de la República tienen la obligación de intervenir de manera coordinada. No basta con abrir carpetas de investigación que permanezcan archivadas durante meses.
Es indispensable realizar peritajes digitales, rastrear las operaciones bancarias, solicitar información a los establecimientos donde fueron utilizadas las tarjetas, analizar los registros de cámaras de videovigilancia y revisar cada etapa del proceso de entrega, activación y resguardo de los plásticos.
También corresponde a la Secretaría del Bienestar colaborar plenamente. Lejos de asumir una postura defensiva, debería ser la primera interesada en transparentar los procedimientos internos y demostrar que sus mecanismos de control funcionan. Si todo se hizo correctamente, una investigación objetiva fortalecerá la confianza pública.
Si hubo irregularidades, permitirá corregirlas y sancionar a quienes abusaron de un programa social destinado a proteger a la población más vulnerable.
La impunidad sería el peor mensaje posible. Cada peso desviado representa alimentos que no se compraron, medicamentos que no se adquirieron o servicios básicos que dejaron de pagarse. Para muchos adultos mayores, la pensión no es un ingreso complementario; es el recurso con el que sobreviven.
Este caso no puede minimizarse ni politizarse. Tampoco puede utilizarse para lanzar acusaciones sin sustento. Lo correcto es investigar con independencia, seguir la evidencia y llegar hasta donde conduzcan los hechos, aunque eso implique revisar la actuación de servidores públicos de cualquier nivel o de personas externas que hayan aprovechado vulnerabilidades del sistema.
Porque si alguien traicionó la confianza depositada en un programa social diseñado para proteger a los adultos mayores, no solo robó dinero. Robó tranquilidad, dignidad y esperanza. Y ese es un agravio que merece una respuesta firme, transparente y ejemplar por parte de la justicia.
Por hoy ahí la dejamos.
Nos leemos mañana.
¡Ánimo!
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