José Antonio Sánchez Cetina
Hará cosa de cuatro años que escribía en esta misma columna la ironía de que nos importe tanto un torneo internacional de futbol y al multiverso le tenga sin cuidado cuáles son los cromos raros en el álbum de este año y quién logra llegar al quinto partido que ahora vendría a ser el sexto.
Con todo, como dije también hace ya, para mí los mundiales son una suerte de separador de libro, de doblarle la orejita a la esquina de la página del tiempo y saber que, aunque el pasado y el presente y la línea cronológica y hasta el tiempo mismo sean un invento, no soy el mismo de hace un mundial.
Para darle un quiebre a todo esto y no recitar en bucle lo de cada cuatro años, le doy la vuelta a esta revisita y no me fijo en mí ni en el mundo sino en el mundial mismo. Al objeto social, cultural y económico que se plantó este año en el norte del continente.
Se ha dicho tanto de la FIFA que difícilmente puedo ser más vehemente que los reportajes, libros y documentales sobre las canalladas a través del tiempo. Sin exagerar, algunos villanos de Pixar son todavía más multidimensionales que una multinacional que siempre gana más que el anfitrión y que el campeón mismo.
Habrá que reconocerle como maquinaria que industrializó el futbol su resiliencia y su efectividad. No solo no se ha debilitado con el tiempo, sino que siempre juega de local y cada vez llega a los países con una actitud más fuerte de llevarse todas las canicas.
Justo en esa idea me voy a detener un momento. Es bien sabido que los mundiales operan de una manera similar a cuando la tienda virtual por excelencia buscaba reubicar sus oficinas.
(…)
La promesa de traer cientos de miles de aficionados que van a abarrotar cada una de las taquerías es irresistible. Tanto más en un país como México, que tiene una relación tan rara y casi masoquista con el futbol.
Una afición que se asemeja mucho a las plantas recias del desierto que apenas un poco de agua de vez en cuando les basta para ser felices. Trece juegos y ya decimos que es el tercer mundial en casa…
Pareciera que nada puede quitarnos la sonrisa ni las ganas de recibir invitados, y que ellos lo saben tanto que esta vez quisieron estirar la cuerda un poco más. Así que, en un país que no acaba de levantarse de una revolcada de ola económica, tuvieron a bien ponerle precios dinámicos obscenos que parecen la antítesis de un deporte callejero, de la periferia, de bote pateado y verdaderamente del pueblo.
Con tanta garra para maximizar la ganancia que en un país con estadios legendarios y enormes se quedó fuera casi toda la población mexicana. Todavía más, se echaron encima a quienes no necesitaban boletos porque tienen un palco y a los organizadores se les hizo mucho abuso que esos tenedores de palcos metieran sus bebidas y alimentos.
Porque la casa pierde, y ahí es donde se desdibuja drásticamente la idea de cuánto es de conveniente hospedar un mundial.
…Y luego, en una triste analogía como la de no poder entrar al estadio en tu ciudad, se llenaron las ciudades de vallas y esos negocios que resistieron a la buena de los dioses por meses, también se quedaron fuera de la fiesta. Uno acaba preguntándose sobre quién se derrama la derrama económica, o si hay rufianes que no permiten que caiga una sola gota de riqueza en bolsillos ajenos.
(…) No es una entera sorpresa el comportamiento depredador de la FIFA, que se ha llevado toda la alegría del deporte más popular en el planeta. Se llevó los derechos de transmisión, la biodiversidad de las mascotas, el acceso de la gente que soñaba con un mundial en México porque era soñar demasiado pensar en viajar y comprar un boleto de un estadio en el extranjero.
Por eso este mundial sabe raro, y tengo por cierto que no soy el único que está ahí, frente a la pantalla como todo el mundo, pero con aire un poco desencantado. No se siente igual, ni mucho menos se siente con esa emoción con la que uno viviría un mundial en su ciudad.
Eso es lo último que le faltaba llevarse a la FIFA. Esa nostalgia perdida de vivir un mundial en casa otra vez. Un pedazo de ese sentimiento se quedó atorado en su voracidad. Claro que esto es un negocio, y quizá la idea de organizar un mundial para que un país entero aproveche el interés e impulso económico para salir a flote, o para renovar infraestructura, es pedirle demasiado y nos reprocharán en la cara que esto no es filantropía.
Tendrán razón, pero esto tampoco es futbol, tampoco es un mundial y la pelota en vez de llegar a casa se quedó atorada en la reja de arriba. Sun





