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INDICADOR POLITICO

En el Tratado, EU ya Ganó; ni
Plan México, ni Ebrard, ni País
Carlos Ramírez

Dos intervenciones en esta misma semana del secretario de economía, Marcelo Ebrard Casaubón, adelantaron el final mexicano adelantado de la revisión del Tratado de Comercio Libre con dos conclusiones a la vista: la 4ªT careció de un proyecto nacional de desarrollo para buscar adecuaciones en la globalización con EU, y el escenario económico de México hacia el 2036 seguirá siendo el de la mediocridad en crecimiento y bienestar.
El lunes, en una entrevista para la CNN, Ebrard reconoció sin rubor, el grado de altísima dependencia de México respecto del Tratado y la falta de opciones reales que demagógicamente anduvieron por ahí pululando con sonrisas irónicas y gestos de desdén, porque México está atado al Tratado, y abandonarlo “significaría inflación, dislocamiento de cadenas productivas y mucho miedo”.
Y el miércoles, con el menos sentido realista de quien tiene una función que quiso ser diferente pero que será la misma de todos los anteriores Secretarios de Economía, Ebrard echó a la sociedad un balde de agua fría -aunque primero a sí mismo- cuando dijo con realismo brutal que “no hay tiempo para la nostalgia” y que los aranceles llegaron para quedarse, aunque hayan violentado en el sentido original del Tratado como un mecanismo que venía del GATT para eliminar, justamente, los impuestos del comercio exterior, y acrecentar la compraventa de mercancías, aunque esos aranceles hayan violado el propio Tratado porque se aplicaron por razones de geopolítica y no de proteccionismo industrial.
Con estas dos declaraciones, el Secretario no hizo más que reconocer lo que se le ha estado diciendo al país desde sectores racionales y analíticos desde 1980 en que el presidente López Portillo se negó a inscribir a México al GATT, y luego el presidente de la Madrid metió en 1986 a México al GATT sin un modelo nacional de desarrollo, y finalmente Salinas de Gortari le haya entregado en 1994 la economía productiva a las necesidades de producción el consumo de los estadounidenses.
Con sus dos declaraciones, también, Ebrard rompió de un plumazo las ilusiones sociales de que ahora sí -de a deveras, finalmente, hasta ahora- el país tenía en el Plan México la salvación que se ha estado esperando después de sucesivas crisis económicas, financieras y presupuestales. Pero no: la argumentación del Secretario simplemente dio por liquidado -o por no funcional- el Plan México, y regresó el desánimo a Palacio Nacional de que no hay más futuro que el Tratado en los términos estrictos de la Casa Blanca.
En descargo, la culpa del fracaso nacional en el funcionamiento del Tratado no fue del secretario Ebrard, sino de los titulares del Estado mexicano desde 1934, en que se pensó como política de gobierno la necesidad de un Plan Nacional de Desarrollo, pero que a lo largo de varios sexenios ha habido más bien programitas burocráticos y demagógicos que venden expectativas a una sociedad que vota por lo que le presenten enfrente.
La firma del Tratado obligaba a Salinas de Gortari en 1990-1993 a replantear el modelo de desarrollo para que no quedáramos en el furgón de cola del desarrollo internacional: una nación maquiladora, ensambladora y facilitadora de cadenas productivas que beneficiaban a otras economías.
El Estado mexicano en sus dos ciclos postmodernos -el neoliberalismo mercantilista salinista y el asistencialismo neoliberal lopezobradorista, los dos hijos del conservadurismo capitalista subdesarrollado y dependiente- falló en reconvertir o construir una planta industrial competitiva que, no solamente habría de funcionar en la fábrica, sino que requería de estímulos gubernamentales, de metas de competitividad realmente activas, de un replanteamiento de la política educativa para la producción y sobre todo de una estrategia científica y tecnológica que quedó en demagogia barata transexenal.
El Plan México sorprendió con sus metas de PIB de 4%-6%, pero con las mismas relaciones laborales de control corporativo inventadas por Lázaro Cárdenas, con una política educativa como aparato ideológico del populismo y del neoliberalismo, y con instrumentos de control coercitivo inflexible de los empresarios para que se olvidaran de su carácter de clase productiva y propietaria y asumieran el modelo de Carlos Slim Helú, como contratistas del Gobierno y líneas productivas propias sólo para el enriquecimiento.
Política Para Dummies: La política se pervierte cuando es demagogia.
carlosramirezh@elindependiente.mx
http://elindependiente.mx
@carlosramirezh

El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico que la publica.

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