¿Dónde Está el Dinero de los Trabajadores?
Ernesto L. Quinteros
En México hay temas que, por su complejidad técnica, terminan perdiéndose entre leyes, jurisprudencias y discursos oficiales.
Sin embargo, hay preguntas que ningún argumento jurídico puede desaparecer. Una de ellas vuelve a cobrar fuerza con la movilización nacional convocada por el movimiento Jubilados Pie de Lucha frente a la Suprema Corte de Justicia de la Nación: ¿dónde están los recursos que durante décadas ahorraron miles de trabajadores de cierta dependencia federal?
No es una pregunta menor. Tampoco es un debate exclusivo entre abogados. Se trata del patrimonio de personas que dedicaron gran parte de su vida al trabajo y que hoy sostienen que nunca recibieron la totalidad de los recursos acumulados en su subcuenta de Retiro, Cesantía en Edad Avanzada y Vejez (RCV).
Durante más de diez años, los jubilados han recorrido prácticamente todas las instancias legales posibles. Han acudido a las Juntas de Conciliación, a los tribunales, han solicitado información mediante los mecanismos de transparencia y finalmente llegaron a la Suprema Corte. Lo que afirman es preocupante: que nadie les ha explicado de manera puntual cuál fue el destino final de esos recursos.
La respuesta institucional ha sido, una y otra vez, la misma: existe una jurisprudencia emitida en 2008 que sustenta el criterio aplicado en estos casos. Pero una jurisprudencia resuelve un criterio legal; no necesariamente responde a una pregunta de transparencia y rendición de cuentas.
Porque el fondo del problema no es solamente si la devolución procede o no conforme a derecho. El verdadero debate es mucho más amplio. Si esos recursos dejaron de estar en las cuentas individuales de los trabajadores, la sociedad tiene derecho a conocer con absoluta claridad qué ocurrió con ellos.
La interrogante no debería incomodar a ninguna autoridad responsable.
¿Dónde está ese dinero?
Y si, como se ha sostenido en distintos procedimientos, esos recursos fueron transferidos al Gobierno Federal, entonces surge una segunda pregunta igual de importante: ¿en qué fueron utilizados?
¿Se encuentran plenamente identificados dentro de las finanzas públicas? ¿Generaron rendimientos? ¿Se destinaron al financiamiento de obligaciones pensionarias? ¿Existe un mecanismo mediante el cual cada trabajador pueda conocer el destino específico de sus aportaciones?
Hasta ahora, las respuestas públicas no han sido suficientes para disipar las dudas.
Precisamente por ello resulta relevante que el asunto haya llegado al máximo tribunal del país. La Suprema Corte tiene la oportunidad de hacer algo más que confirmar o modificar un criterio jurídico. Puede establecer un precedente que fortalezca el derecho de los ciudadanos a conocer el destino de su patrimonio y a exigir que el Estado actúe con total transparencia cuando administra recursos que originalmente pertenecieron a los trabajadores.
No deja de llamar la atención que el proyecto inicialmente presentado por el ministro presidente fuera retirado después de que, durante una sesión pública, diversos ministros expresaran la necesidad de analizar con mayor profundidad el caso y las inquietudes relacionadas con la transparencia en el manejo de esos recursos. Esa decisión abrió una nueva expectativa para miles de jubilados que consideran que, por primera vez, existe la posibilidad de que el fondo del asunto sea revisado desde una perspectiva distinta.
Sin embargo, el tiempo también juega en contra. Los años pasan y quienes encabezan esta lucha pertenecen, precisamente, a un sector de la población que ya entregó su vida laboral al país. Para ellos, la justicia tardía puede convertirse en una justicia que nunca llegue.
Al final del día, la pregunta sigue siendo la misma, sencilla y contundente: ¿dónde están los recursos de los trabajadores? Y mientras esa interrogante no encuentre una respuesta pública, documentada y convincente, el debate seguirá vivo, no sólo en los tribunales, sino también en la conciencia de millones de mexicanos que algún día confiarán su retiro al mismo sistema.
Por hoy ahí la dejamos.
Nos leemos mañana.
¡Ánimo!
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