Fuera de Tono

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*Las feministas nos han insistido en que el 8 de Marzo a los varones nos toca callar y escuchar

La Masculinidad Tóxica
Hernán Gómez

Pensemos en dos hechos ocurridos en los últimos días: la violencia en el partido Atlas vs Querétaro y las manifestaciones del 8 de marzo por el Día Internacional de las Mujeres. Aparentemente no tienen relación. Sin embargo, tienen todo que ver. El elemento aglutinador es la masculinidad tóxica, esa que resulta responsable de una parte importante de la violencia en nuestro país.
Es evidente que el machismo es una de las principales razones por las cuales unas 100 mil mujeres decidieron salir a las calles este 8M para gritarnos lo que no queremos escuchar. En cambio, cuesta más reconocer que la violencia en el fútbol también está relacionada a la masculinidad venenosa.
Pero lo cierto es que el fútbol es uno de los ámbitos en los que el machismo se reproduce en su versión más nociva, lo que en gran medida explica las conductas violentas que recurrentemente hemos visto en la cancha.
Todo comienza con esa forma en que nos enseñaron a ser hombres. En la idea de que para serlo hay que ser fuertes, toscos, pendencieros, dominantes y muy machos; no exhibir demasiado nuestras emociones y, particularmente, jamás aparecer como sujetos vulnerables.
En el Journal of School Psychology se puede leer una definición de masculinidad tóxica como aquella «constelación de rasgos masculinos socialmente regresivos que sirven para fomentar la dominación, la devaluación de la mujer, la homofobia y la violencia sin sentido». Cualquier semejanza con lo que vimos en Querétaro no es mera coincidencia.
El fútbol es un espacio donde todo eso se reproduce constantemente: baste recordar el grito homofóbico en los estadios, el insulto del «juega como niña» proferido en contra de quien no hace buenos pases, el escarnio en contra de las mujeres comentaristas o aquellas que fungen como árbitros.
Incluso el entusiasmo por los enfrentamientos entre jugadores o los cánticos misóginos proferidos por las barras. Todo eso, desde luego, por no mencionar la cantidad de veces en que los partidos han derivado en trifulcas a lo largo de la historia.
No se trata de afirmar que los hombres somos violentos porque sí; mucho menos pensar que «la naturaleza» nos condiciona. Es obtuso creer que los seres humanos estamos determinados por la biología.
Se trata de reconocer que la manera en que aprendimos a ser hombres nos lleva a asumir conductas nocivas y peligrosas. Que el machismo no solamente daña a las mujeres. Perjudica también a nuestras familias y a nosotros mismos como hombres. Que, al final, nos lastima a todos como sociedad.
Las feministas nos han insistido en que el 8 de marzo a los varones nos toca callar y escuchar. Tienen toda la razón. Pero eso no implica que debamos desentendernos del significado cada vez más profundo de esta fecha y de la enorme responsabilidad que tenemos como hombres por haber creado un mundo en el que la mitad de la población vive con miedo.
Debemos reflexionar sobre nuestro papel en la violencia que azota al país, en cómo contribuimos a reproducir el machismo y cuestionar nuestras actitudes autodestructivas fomentadas por la masculinidad tóxica.
Para retomar a la gran feminista, Rita Segato respecto a la relación entre violencia y machismo: en realidad «el hombre que usa el recurso de la violencia es débil. Lo que se quiere exhibir como potencia es precisamente impotencia […] Es deseable construir la masculinidad de otra forma. Porque en esa búsqueda de potencia por la violencia, el hombre se destruye, se deteriora. mata, pero también muere». Sun