Entre Corridos, Escándalos y Sospechas: el Costo Político de Normalizar lo Inaceptable
Ernesto L. Quinteros
La política mexicana vive tiempos complejos. Mientras el país enfrenta desafíos económicos, migratorios y de seguridad, algunos actores públicos parecen empeñados en enviar mensajes equivocados a una sociedad cada vez más cansada de la violencia y de la impunidad.
La reciente polémica protagonizada por el diputado local Baltazar Gaona, quien permitió que se interpretara en un recinto legislativo un corrido relacionado con personajes vinculados al narcotráfico, no puede analizarse como un hecho aislado o una simple anécdota. El contexto nacional obliga a observarlo con mayor profundidad.
El episodio ocurre precisamente cuando Morena enfrenta uno de los momentos más delicados de su relación con el tema de la seguridad pública. En las últimas semanas, la atención pública se ha centrado en los señalamientos realizados por autoridades estadounidenses contra funcionarios y actores políticos de Sinaloa presuntamente relacionados con estructuras criminales. Independientemente de que dichas acusaciones deban probarse en las instancias correspondientes, el daño político ya está hecho: la sospecha se instala en la opinión pública.
En ese escenario, resulta difícil comprender por qué un legislador emanado de la coalición Morena-PT decide protagonizar un espectáculo que inevitablemente alimenta las críticas de sus adversarios y fortalece la narrativa de quienes aseguran que existe una peligrosa cercanía entre algunos sectores del poder político y la cultura del narcotráfico.
El problema no es únicamente la canción. El problema es el símbolo.
México acumula más de una década enfrentando una crisis de violencia que ha dejado miles de víctimas, comunidades desplazadas, familias separadas y regiones enteras sometidas por el miedo. Frente a esa realidad, los congresos estatales deberían representar la legalidad, la institucionalidad y el respeto al Estado de Derecho.
Por ello, cuando en un recinto legislativo se escuchan corridos relacionados con figuras del crimen organizado, el mensaje que recibe la ciudadanía es profundamente contradictorio. Mientras las autoridades piden combatir la violencia, algunos representantes populares parecen trivializar los símbolos asociados a ella.
La situación es aún más delicada para Morena, partido que actualmente gobierna la Presidencia de la República, la mayoría de los Estados y cuenta con amplias mayorías legislativas. Cuando se ejerce el poder, los errores individuales dejan de ser personales y terminan afectando la imagen de todo un proyecto político.
La oposición, que atraviesa una etapa de debilidad electoral, encuentra en episodios como éste argumentos para cuestionar la congruencia del movimiento gobernante. Y aunque muchos ciudadanos distinguen entre un acto aislado y una política pública, también es cierto que la percepción suele pesar tanto como la realidad.
Existe un viejo dicho popular que afirma que si algo camina como pato, nada como pato y hace como pato, probablemente sea pato. En política ocurre algo similar. Cuando ciertos comportamientos, discursos o símbolos se repiten constantemente, la sociedad comienza a establecer asociaciones inevitables.
Por eso el verdadero desafío para Morena no es responder a la polémica de un corrido. El reto consiste en demostrar, con hechos y conductas institucionales, que no existe espacio para la ambigüedad frente al crimen organizado.
Porque en un país lastimado por la violencia, los representantes populares deberían entender que hay escenarios para la fiesta y escenarios para la responsabilidad pública. ¿Alguien dijo que quería un cambio?
Por hoy ahí la dejamos, nos leemos mañana.
¡Ánimo!
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