Eduardo Andrade
(Profesor de Derecho Internacional de El Colegio de Veracruz y magistrado en retiro)
Una vez que a Estados Unidos no le quedó más remedio que sentarse a negociar con Irán, al que supuestamente destruiría en unos cuantos días, el fin de semana surgió una muy endeble posibilidad de solución al haberse confirmado en Suiza un Memorándum de Entendimiento básico que da un lapso de 60 días para conseguir acuerdos permanentes.
Pero el cese de hostilidades pactado es más frágil que el papel en que se redactó, en la medida que las acciones armadas de Israel en Líbano lo ponen en alto riesgo.
Resulta paradójico que siendo Israel la causa del conflicto que afecta a todo el mundo, esté ausente en el eventual arreglo de pacificación, si bien hay factores que lo explican; tal es la resistencia de Irán a reconocerlo como interlocutor y la consideración por parte de los mediadores -Qatar y Pakistán- de que su presencia podría ser un obstáculo.
En ese escenario sería lógico asumir que lo acordado por los negociadores estadounidenses será aceptado por los israelíes, pero en los hechos EU juega el triste papel del mandatario subordinado a la desautorización de su mandante.
El punto más álgido de la agenda inmediata es la suspensión de los ataques de Israel a Líbano con el pretexto de combatir a Hezbolá. En el Memorándum se estableció un mecanismo tendiente a asegurar que no se produzcan dichos ataques y se mantenga una vigilancia para evitar incidentes armados.
En la llamada «célula de desconflicción» participan EU, Irán y Líbano, pero no está quien debería estar, que es el autor de las agresiones.
Hay ahí una muestra de la necesidad de obligar a Israel a asumir compromisos que garanticen la estabilidad en esa área. La fuerza estadounidense es la única potencialmente capacitada para aplicar dicha garantía, pero desafortunadamente no se aprecia en el horizonte tal opción.
Idealmente los compromisos israelíes deberían abarcar: la aceptación del Estado Palestino; la renuncia a continuar expandiendo su territorio por la fuerza; delimitarlo a sus fronteras originales y someterse al mismo control sobre armamento nuclear que el aplicable a Irán.
Este último punto es otra cuestión espinosa del acuerdo temporal. Evidentemente, pese a los ruidosos anuncios de Washington, la capacidad nuclear iraní sigue en pie y por eso se prevé una supervisión para que se deshaga del uranio enriquecido. Pero eso no es solución.
La única medida eficiente consistiría en convenir que ni Israel ni Irán dispongan de armas nucleares, de modo que la supervisión antinuclear opere sobre ambos, despojando al Estado judío de la que tiene, aunque no lo reconozca, e impidiendo a Irán que consiga la suya.
Pero la razón no manda sobre la realpolitik. Por lo pronto Irán consiguió que le descongelen algunos fondos bancarios, a cambio, no es creíble que abandone su intención de armarse nuclearmente. Tampoco Israel dejará de usar su ejército para invadir territorios vecinos. De modo que… no habrá paz en Medio Oriente. Sun






