martes, enero 31, 2023
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La Derrota que los Mexicanos no Olvidan

Édgar Luna Cruz

Era algo firmado, sellado. Si había algo en lo que México le podía ganar a Estados Unidos, en lo que a deportes se refiere, era el futbol.
Cada vez que se enfrentaban selecciones o equipos mexicanos contra los estadounidenses, la predicción era fácil de hacer: goleada inmisericorde; las víctimas serían ellos.
Así fue por años, lustros, décadas. Por eso, los mexicanos que habitan en Estados Unidos esperaban con ansias estos enfrentamientos, para revalorizar su nacionalismo, y presumir superioridad.
«Jugar contra Estados Unidos siempre es importante para todo el aficionado al futbol, para el del país y para los paisanos en Estados Unidos. Podemos decir que esto va más allá de lo deportivo, es algo social; por eso, perder duele tanto y perder ese juego, mucho más», rememora Manuel Vidrio, exjugador de equipos como Chivas y Pachuca, y quien fue protagonista de la peor derrota mexicana en la historia ante Estados Unidos.
Una Derrota en Copa del Mundo, la de 2002, en Corea del Sur y Japón.
Los antecedentes marcaban que la Selección Mexicana dominaba a Estados Unidos en diversas competencias, hasta que en 1991 -en la semifinal de la Copa Oro- una nueva generación de futbolistas estadounidenses venció a los mexicanos. ¿Casualidad? Muchos lo pensaron así.
Hubo buenos momentos en los que parecía que todo regresaba a la normalidad y después aparecían las malas rachas, el famoso y fastidioso «¡Dous a cerou!», cántico estadounidense suscitado por las derrotas seguidas por ese marcador: 2-0.
Hasta que llegó el momento de la verdad. El destino quiso que México y Estados Unidos se encontraran en una Copa del Mundo, en los octavos de final. La confianza llegó de nueva cuenta al cuadro mexicano. Qué mejor que tener al «cliente eterno» como escalón para pasar al famoso quinto partido, pero la realidad fue diferente. «Todos pensaban que se iba a ganar, pero no fue exceso de confianza. Estábamos jugando bien, pero ese día, justo ese día, no nos salió nada», rememora Johan Rodríguez, volante mexicano que jugó ese partido.
México, bajo el mando de Javier Aguirre, había tenido una primera fase casi perfecta. Pasar sobre los estadounidenses sería «pan comido». Así se pensó, pero no sucedió: «Sí, me pegó y aún me duele cada vez que me lo preguntan. De ahí creció mucho más la rivalidad, saben cómo ganarnos, jugando a lo de siempre, a que nos equivoquemos, y además su nivel ha crecido mucho al irse a jugar a Europa», agrega Rodríguez. La historia marcaba un dominio mexicano en el futbol. Con esa superioridad se tomaba venganza de la devaluación del peso ante el dólar, de los abusos a los inmigrantes, de los abusos de las empresas estadounidenses contra los mexicanos.
Pero llegó un día en que ni en el futbol, ni en el deporte nacional, se les pudo ganar. «No nos ganan por jugar mejor, nos ganan en estructura, en ser más organizados y tener objetivos más específicos. Tenía que llegar ese día. Ellos encontraron el acomodo idóneo y ahí están los resultados. Pero ese día [en el Mundial de 2002] fue un golpe, un golpe muy duro del que muchos tardamos en reponernos», finaliza Rodríguez. Sun

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Édgar Luna Cruz

Era algo firmado, sellado. Si había algo en lo que México le podía ganar a Estados Unidos, en lo que a deportes se refiere, era el futbol.
Cada vez que se enfrentaban selecciones o equipos mexicanos contra los estadounidenses, la predicción era fácil de hacer: goleada inmisericorde; las víctimas serían ellos.
Así fue por años, lustros, décadas. Por eso, los mexicanos que habitan en Estados Unidos esperaban con ansias estos enfrentamientos, para revalorizar su nacionalismo, y presumir superioridad.
«Jugar contra Estados Unidos siempre es importante para todo el aficionado al futbol, para el del país y para los paisanos en Estados Unidos. Podemos decir que esto va más allá de lo deportivo, es algo social; por eso, perder duele tanto y perder ese juego, mucho más», rememora Manuel Vidrio, exjugador de equipos como Chivas y Pachuca, y quien fue protagonista de la peor derrota mexicana en la historia ante Estados Unidos.
Una Derrota en Copa del Mundo, la de 2002, en Corea del Sur y Japón.
Los antecedentes marcaban que la Selección Mexicana dominaba a Estados Unidos en diversas competencias, hasta que en 1991 -en la semifinal de la Copa Oro- una nueva generación de futbolistas estadounidenses venció a los mexicanos. ¿Casualidad? Muchos lo pensaron así.
Hubo buenos momentos en los que parecía que todo regresaba a la normalidad y después aparecían las malas rachas, el famoso y fastidioso «¡Dous a cerou!», cántico estadounidense suscitado por las derrotas seguidas por ese marcador: 2-0.
Hasta que llegó el momento de la verdad. El destino quiso que México y Estados Unidos se encontraran en una Copa del Mundo, en los octavos de final. La confianza llegó de nueva cuenta al cuadro mexicano. Qué mejor que tener al «cliente eterno» como escalón para pasar al famoso quinto partido, pero la realidad fue diferente. «Todos pensaban que se iba a ganar, pero no fue exceso de confianza. Estábamos jugando bien, pero ese día, justo ese día, no nos salió nada», rememora Johan Rodríguez, volante mexicano que jugó ese partido.
México, bajo el mando de Javier Aguirre, había tenido una primera fase casi perfecta. Pasar sobre los estadounidenses sería «pan comido». Así se pensó, pero no sucedió: «Sí, me pegó y aún me duele cada vez que me lo preguntan. De ahí creció mucho más la rivalidad, saben cómo ganarnos, jugando a lo de siempre, a que nos equivoquemos, y además su nivel ha crecido mucho al irse a jugar a Europa», agrega Rodríguez. La historia marcaba un dominio mexicano en el futbol. Con esa superioridad se tomaba venganza de la devaluación del peso ante el dólar, de los abusos a los inmigrantes, de los abusos de las empresas estadounidenses contra los mexicanos.
Pero llegó un día en que ni en el futbol, ni en el deporte nacional, se les pudo ganar. «No nos ganan por jugar mejor, nos ganan en estructura, en ser más organizados y tener objetivos más específicos. Tenía que llegar ese día. Ellos encontraron el acomodo idóneo y ahí están los resultados. Pero ese día [en el Mundial de 2002] fue un golpe, un golpe muy duro del que muchos tardamos en reponernos», finaliza Rodríguez. Sun

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Era algo firmado, sellado. Si había algo en lo que México le podía ganar a Estados Unidos, en lo que a deportes se refiere, era el futbol.
Cada vez que se enfrentaban selecciones o equipos mexicanos contra los estadounidenses, la predicción era fácil de hacer: goleada inmisericorde; las víctimas serían ellos.
Así fue por años, lustros, décadas. Por eso, los mexicanos que habitan en Estados Unidos esperaban con ansias estos enfrentamientos, para revalorizar su nacionalismo, y presumir superioridad.
«Jugar contra Estados Unidos siempre es importante para todo el aficionado al futbol, para el del país y para los paisanos en Estados Unidos. Podemos decir que esto va más allá de lo deportivo, es algo social; por eso, perder duele tanto y perder ese juego, mucho más», rememora Manuel Vidrio, exjugador de equipos como Chivas y Pachuca, y quien fue protagonista de la peor derrota mexicana en la historia ante Estados Unidos.
Una Derrota en Copa del Mundo, la de 2002, en Corea del Sur y Japón.
Los antecedentes marcaban que la Selección Mexicana dominaba a Estados Unidos en diversas competencias, hasta que en 1991 -en la semifinal de la Copa Oro- una nueva generación de futbolistas estadounidenses venció a los mexicanos. ¿Casualidad? Muchos lo pensaron así.
Hubo buenos momentos en los que parecía que todo regresaba a la normalidad y después aparecían las malas rachas, el famoso y fastidioso «¡Dous a cerou!», cántico estadounidense suscitado por las derrotas seguidas por ese marcador: 2-0.
Hasta que llegó el momento de la verdad. El destino quiso que México y Estados Unidos se encontraran en una Copa del Mundo, en los octavos de final. La confianza llegó de nueva cuenta al cuadro mexicano. Qué mejor que tener al «cliente eterno» como escalón para pasar al famoso quinto partido, pero la realidad fue diferente. «Todos pensaban que se iba a ganar, pero no fue exceso de confianza. Estábamos jugando bien, pero ese día, justo ese día, no nos salió nada», rememora Johan Rodríguez, volante mexicano que jugó ese partido.
México, bajo el mando de Javier Aguirre, había tenido una primera fase casi perfecta. Pasar sobre los estadounidenses sería «pan comido». Así se pensó, pero no sucedió: «Sí, me pegó y aún me duele cada vez que me lo preguntan. De ahí creció mucho más la rivalidad, saben cómo ganarnos, jugando a lo de siempre, a que nos equivoquemos, y además su nivel ha crecido mucho al irse a jugar a Europa», agrega Rodríguez. La historia marcaba un dominio mexicano en el futbol. Con esa superioridad se tomaba venganza de la devaluación del peso ante el dólar, de los abusos a los inmigrantes, de los abusos de las empresas estadounidenses contra los mexicanos.
Pero llegó un día en que ni en el futbol, ni en el deporte nacional, se les pudo ganar. «No nos ganan por jugar mejor, nos ganan en estructura, en ser más organizados y tener objetivos más específicos. Tenía que llegar ese día. Ellos encontraron el acomodo idóneo y ahí están los resultados. Pero ese día [en el Mundial de 2002] fue un golpe, un golpe muy duro del que muchos tardamos en reponernos», finaliza Rodríguez. Sun

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