El Tigre y el Covid-19

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Marcela Gómez Alce

El poder puede parecer abstracto, pero para quienes están más en sintonía con él, sus oscilaciones se viven de manera muy concreta. Finalmente las personas que lo detentan son las que mejor detectan tanto sus posibilidades como los límites de lo que se puede o no, lograr. La lección más profunda que dejará la experiencia del golpe de la realidad será la enorme brecha entre la percepción y la realidad del poder. El colapso de las barreras a causa de la pandemia del Covid-19 está transformando la política local y la geopolítica. El mundo económico se está viendo severamente afectado y el crecimiento de la desigualdades será brutal.
En ese siniestro escenario está ubicado México, sin embargo el presidente López Obrador persiste en la necedad de sus otros datos y al no flexibilizar su postura ante el derrumbe de la economía mexicana, ya infectada mucho antes de la llegada de la pandemia, está desencadenando con preocupante rapidez una serie de eventos en varias vías. La constante tensión generada contra la clase empresarial, con la que lleva una relación tóxica derivada de una mala gestión emocional, enciende alertas en muchos tableros. Se viven circunstancias extraordinarias y la conjunción de la crisis sanitaria, la crisis económica y la crisis de seguridad al mismo tiempo que una recesión global van a producir resultados no muy difíciles de pronosticar.
La importancia funcional de la organización social moderna radica en la estabilidad de las relaciones sociales. Una de las amenazas más serias que enfrenta ya este régimen es el desempleo, variable que impactará irremediablemente la esfera de la seguridad donde, antes y durante esta pandemia, los resultados han sido casi nulos. Eso explica la contrariedad presidencial exhibida con frecuencia en el célebre gabinete mañanero contra titulares civiles y militares. La cacareada Guardia Nacional no tiene forma, sin liderazgo y urgida de un replanteamiento integral a su modelo de operación. Nuestras fuerzas armadas atomizadas en diversas tareas, sumando ahora la emergencia sanitaria, serán chivos expiatorios del desorden institucional. El Ejecutivo ha exhortado a cada quien “hacer su parte”, nuevamente en franca contradicción al transferir a la Sedena la responsabilidad de administrar los hospitales del Insabi en plena pandemia. A menos claro, que sea parte de su manual para el desgaste militar.
No sorprende ya la estrategia de los arrebatos de Andrés Manuel López Obrador para crear distractores ante el declive de su partido Morena y el desorden de la gestión de la subestimada crisis del Coronavirus que le ha caído ”como anillo al dedo” al proyecto de la 4T. Visión que no comparten las calificadoras internacionales que con sus informes le espetan que los mercados son más complejos que las opiniones, y las señales enviadas siguen generando incertidumbre inclusive en el plano nacional donde el conflicto latente del “enojo social” puede ser el detonador para soltar al célebre tigre.
México está entrando a la fase más peligrosa de la pandemia que trae consigo el reto más grande en la historia moderna y el Ejecutivo anda buscando pleito. Curioso que la obstinación le nuble el sistema límbico -responsable de la realidad emocional y del comportamiento de la persona- para un óptimo manejo de las diferencias y los conflictos.
Porque una negociación a corto plazo, sencillamente no funciona. Sun