Basura, Simulación y Silencio: el Verde que Contamina en Cacahoatán
Ernesto L. Quinteros
En Cacahoatán la basura no solo se acumula en un tiradero irregular; también se amontona en forma de omisiones, simulaciones y silencios oficiales.
El caso del basurero a cielo abierto en la comunidad La Soledad se ha convertido en el símbolo más evidente de una administración municipal que, lejos de resolver un problema ambiental grave, parece administrarlo bajo la sombra de la impunidad. ¡Nadita!
Hace meses se anunció con bombo y platillo la clausura del sitio por parte de PROFEPA. Se habló de procedimientos, de sellos, de cumplimiento normativo. Pero la realidad -esa que no se puede esconder bajo comunicados- es que el basurero sigue operando. Camiones recolectores continúan descargando toneladas de residuos ante la vista de todos, como si la ley fuera un simple trámite mediático y no una obligación jurídica.
Lo más alarmante no es solo la permanencia del tiradero, sino sus consecuencias. Los lixiviados, esa mezcla tóxica que escurre de la basura, bajan con las lluvias hacia el río Cahoacán. Ese mismo río del que dependen decenas de familias para consumo y actividades cotidianas. Estamos hablando de un riesgo sanitario real, constante y acumulativo. Niños, adultos mayores, comunidades enteras expuestas a contaminación mientras las autoridades intercambian oficios.
Aquí es donde el caso adquiere una dimensión política inevitable. El alcalde Víctor Pérez Saldaña es emanado del Partido Verde Ecologista de México. Un partido que históricamente ha construido su narrativa en torno a la “defensa del medio ambiente”. ¿No debería ser, entonces, el primer interesado en clausurar de manera definitiva un foco de contaminación? ¿No tendría que ser el ejemplo de congruencia entre discurso y acción?
La contradicción es evidente. Cuando un gobierno municipal encabezado por un partido que se autodefine “verde”, permite la operación de un basurero irregular, no solo incurre en una falta administrativa, traiciona su propia bandera ideológica. La incongruencia erosiona la credibilidad no solo del Alcalde, sino del proyecto político que representa.
La sospecha crece, porque las denuncias existen y las instancias federales han sido notificadas: PROFEPA, CONAGUA, SEMARNAT. Sin embargo, las acciones contundentes no llegan. ¿Por qué no hay sanciones ejemplares? ¿Por qué no se transparentan los procedimientos? ¿Por qué no se informa con claridad el estatus legal del predio? Cuando las respuestas no aparecen, la ciudadanía comienza a llenar los vacíos con una palabra incómoda pero recurrente: corrupción.
Y dicha sospecha no surge de la nada. Surge cuando un problema visible se normaliza. Surge cuando las autoridades guardan silencio. Surge cuando se presume respaldo en “altas esferas” mientras el daño ambiental avanza. La percepción de protección política se fortalece cada día que el basurero sigue operando.
En cualquier municipio responsable, un tiradero irregular que amenaza un río sería prioridad absoluta. Implicaría planes de remediación, estudios de impacto ambiental, auditorías y sanciones. En Cacahoatán, en cambio, parece haberse instalado la lógica del desgaste: dejar que el tiempo diluya la indignación.
Pero la contaminación no se diluye. Se acumula. Se filtra en el agua, en la tierra y en la confianza ciudadana. Y cuando la confianza se contamina, el daño político es tan profundo como el ambiental.
La pregunta central no es si existe un problema; el problema está documentado por los propios habitantes. La pregunta es si existe voluntad real para enfrentarlo. Porque gobernar no es posar para la foto de una clausura; es garantizar que esa clausura se cumpla.
Si el Partido Verde quiere sostener con dignidad su nombre en Cacahoatán, tendría que empezar por demostrar que la ecología no es un eslogan electoral. Y si el Alcalde aspira a dejar una huella distinta, aún está a tiempo de ordenar una solución técnica, legal y transparente.
De lo contrario, el mensaje será devastador: que en Cacahoatán el verde no representa naturaleza ni esperanza, sino la normalización de la basura y la sospecha.
Y cuando la sospecha se vuelve costumbre, la democracia empieza a oler peor que cualquier basurero. ¿Alguien dijo que quería un cambio?
Por hoy ahí la dejamos, nos leemos mañana.
¡Ánimo!
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