Alejandro Encinas Rodríguez
(Embajador de México ante la OEA)
No he querido dejar pasar por alto la conmemoración del Día Internacional de las Víctimas del Holocausto, uno de los capítulos más oscuros y dolorosos de la historia de la humanidad, en el que millones de personas fueron víctimas de un sistema de deshumanización y exterminio, por su condición étnica, su credo religioso, su ideología, su orientación sexual, sus expresiones culturales, e incluso, personas con discapacidad, a quienes se calificaba de «inútiles a la sociedad».
El Holocausto fue resultado de un proceso gradual que se construyó sobre la base de una narrativa de promoción del odio y la supremacía racial, en el afán de un proyecto hegemonista, que recurrió de manera sistemática a la propaganda y al control de los medios de comunicación, de la cultura y del espacio público, sustentado en información falsa, campañas sucias de desinformación, y la creación de cuerpos policiacos y corporativos represivos, sin control jurisdiccional ni contrapesos.
En dicho proceso se implementaron políticas raciales discriminatorias, como el supremacismo blanco, y la criminalización para despojar de sus derechos a grupos de personas consideradas «inferiores», «diferentes» o «ajenas», lo que dio paso al exterminio de poblaciones enteras, así como a formas extremas de violencia y persecución.
En el momento actual es indispensable subrayar que la lucha contra el antisemitismo y contra toda forma de discriminación y odio contra cualquier grupo de personas debe ser firme, clara y sin ambigüedades, y que no puede desvincularse del rechazo a toda forma contemporánea de deshumanización, racismo y violencia sistemática, cualquiera que sea su origen o justificación.
Por ello, es lamentable que, en el escenario internacional, se continúen cometiendo actos de odio, discriminación y extrema violencia que han causado daño y sufrimiento a la población civil, que comisiones y entidades especializadas de la Organización de Naciones Unidas han calificado como genocidio. Gaza es una de sus expresiones más dolorosas.
La experiencia del Holocausto debe alertarnos frente a discursos y movimientos políticos contemporáneos que, mediante enfoques nacionalistas, excluyentes y supremacistas, buscan justificar la estigmatización, la represión y el rechazo de personas y comunidades por su fenotipo, ideología, condición migratoria, lugar de origen, género u orientación sexual.
La dignidad de la persona humana es el fundamento de la convivencia internacional, y la defensa de los derechos humanos, sin distinciones ni jerarquías, constituye una obligación compartida de la comunidad internacional.
Rendir homenaje a todas las víctimas del Holocausto y expresar solidaridad con las comunidades que mantienen viva su memoria, forma parte de la construcción de sociedades más justas e incluyentes, como condición para prevenir la repetición de estas atrocidades y lograr que el «nunca más», signifique nunca más para nadie, sin excepciones.
Cabe recordar las palabras del pastor luterano alemán, Martin Niemöller, que advierten sobre los riesgos del silencio y la indiferencia:
Cuando los nazis vinieron por los comunistas, guardé silencio; yo no era comunista. Cuando vinieron por los sindicalistas, guardé silencio; yo no era sindicalista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio; yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron por los judíos, guardé silencio; yo no era judío. Cuando vinieron por mí; ya no había nadie más que pudiera protestar. Sun





