PEMEX: Donaciones a la Dictadura Cubana, y Abandona a sus Trabajadores
Ernesto L. Quinteros
Ironías que lastiman. Mientras desde Washington se exhibe a México por el envío de millones de litros de combustible a Cuba bajo el esquema de “donación”, en el México real los trabajadores de Petróleos Mexicanos enfrentan carencias básicas, entre ellas el acceso a servicios médicos dignos.
La incongruencia administrativa quedó evidenciada esta semana en la Terminal de Almacenamiento y Despacho (TAD) de Puerto Chiapas, donde empleados activos y jubilados estallaron en protesta ante la falta de atención médica. No hablamos de prestaciones de lujo; hablamos de consultas, especialidades y medicamentos. Hablamos de salud.
Según los inconformes, llevan meses exigiendo lo que por ley les corresponde. Desde diciembre de 2024, alrededor de 425 derechohabientes -entre trabajadores en activo, jubilados y sus familias- carecen de cobertura regular.
En una empresa que mueve combustibles, opera instalaciones de alto riesgo y exige disciplina laboral extrema, resulta incomprensible que no garantice atención médica inmediata a su propio personal.
El contraste indigna: mientras el discurso oficial presume solidaridad internacional, en casa se escatiman derechos laborales elementales. El viejo refrán lo dice claro: el buen juez por su casa empieza. Y hoy, la casa de PEMEX parece tener grietas profundas.
El escándalo se avivó tras un informe de autoridades estadounidenses que reveló los envíos de combustible a la isla caribeña. Más allá del debate geopolítico, la pregunta es inevitable: ¿cómo justificar apoyos externos cuando internamente no se resuelven necesidades urgentes? Para los trabajadores, la respuesta es simple: no hay coherencia.
La movilización ya comenzó. Los empleados anunciaron cierres parciales de dos horas diarias como medida de presión, sin afectar -por ahora- el suministro de gasolina en Tapachula y municipios cercanos. Sin embargo, advirtieron que, de no instalarse una mesa de diálogo antes del fin de semana, podrían convocar a un paro indefinido.
El tema no es menor. Jorge Rubalcaba, vocero del grupo, fue contundente: “No manejamos productos menores, trabajamos con combustibles. Si ocurre un accidente, no contamos con atención inmediata”. La declaración retrata el nivel de vulnerabilidad en el que opera personal que diariamente manipula materiales inflamables.
La inconformidad se agravó tras el fallecimiento de un trabajador el pasado 16 de febrero. De acuerdo con los manifestantes, el empleado no recibió atención de urgencia en la región y fue trasladado en dos ocasiones a Villahermosa, donde finalmente perdió la vida. Para sus compañeros, ese hecho marcó un punto de quiebre.
A la falta de servicios médicos se suma un ambiente de presión laboral. Algunos trabajadores cubrieron sus rostros durante la protesta por temor a represalias. Denunciaron procesos administrativos y la apertura de carpetas de investigación, como el caso de un presunto daño patrimonial por 274 mil Pesos contra un empleado. “Nos obligan a costear tratamientos y además enfrentamos procesos internos”, señalan.
La escena es preocupante: una empresa estratégica para la soberanía energética del país, con trabajadores que sienten abandono institucional. PEMEX no es cualquier dependencia; es símbolo histórico de identidad nacional y motor económico en regiones enteras. Pero también es una institución que arrastra problemas financieros, administrativos y de gobernanza.
En tiempos donde el discurso oficial insiste en fortalecer la empresa productiva del Estado, sería lógico empezar por lo básico: garantizar condiciones laborales seguras y atención médica oportuna. No puede haber soberanía energética sin respeto a los derechos de quienes sostienen la operación diaria.
La pregunta es si habrá voluntad para corregir el rumbo antes de que el malestar escale.
Por ahora, la incongruencia habla más fuerte que cualquier discurso.
Por hoy ahí la dejamos, nos leemos mañana.
¡Ánimo!
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