Miguel Sandoval Lara
Después de mis dos recientes artículos en el Universal sobre el conflicto con Irán, me pregunta un amigo sobre las consecuencias sobre China del actual «impasse» diplomático y militar, sin acuerdos para finalizar el conflicto, y con bloqueos y contrabloqueos en Ormuz.
El País de España lo llama «peligroso tiempo muerto». Mientras, Israel no está respetando el cese de fuego acordado con el Líbano, continuando los bombardeos, condición puesta por los iraníes para reiniciar negociaciones.
Antes de revisar el tema de China, conviene revisar el contexto general: entre el 20 y el 31% del comercio marítimo mundial de petróleo y gas LNG pasaron por el Estrecho en 2925, unos cien barcos cada día. El cierre ha afectado de forma directa a países principalmente del Sudeste de Asia, que recibían petróleo y gas licuado LNG por vías marítimas desde el Golfo Pérsico, pero también a España, Italia, Francia y Bélgica, que importaban gas licuado desde Qatar.
Ese gas estaba sustituyendo parte de lo que importaban de Rusia, antes de la invasión de Ucrania.
La conclusión de este panorama es que se está en el proceso de un choque petrolero tan relevante como el de 1973. Por una guerra que se pudo haber evitado, y que hasta ahora no tiene ningún resultado positivo, la economía mundial está en el borde de una recesión.
China es el principal socio comercial de Irán: adquiría el 90% de las ventas iraníes de petróleo. Aunque se restablezca las ventas de ese país, por ejemplo, a fines de mayo, los precios del energético serán más elevados que antes de la guerra.
Xi Jinping ha mantenido buenas relaciones con los Ayatolas, incluyendo inversiones en el país. En 2021 firmó un tratado llamado de «Sociedad Estratégica Amplia» con ellos. Una vez estabilizado el Medio Oriente -es un decir- China ofrecerá su apoyo para la reconstrucción de Irán.
Más aún: El Economist (25 de abril) informó que China está proporcionando a Irán servicios satelitales capaces de generar imágenes de bases norteamericanas y sus aliados en el Medio Oriente, y que la Guardia Revolucionaria de Irán, (es decir, las FFAA del país) adquirieron un satélite chino en 2024 que puede ahora registrar los resultados de los ataques de sus drones y misiles.
En abril, Reuters y otras agencias informaron que Rusia les ofreció vigilancia de satélites e información de inteligencia para detectar objetivos militares en el Golfo Pérsico, incluyendo aeropuertos, campos petroleros y flotas navales norteamericanas.
Internamente China ha aplicado una política consistente de diversificación de sus importaciones de petróleo, las que además de Irán, provienen de Rusia, Arabia Saudita e Irak. Las petroleras chinas están invirtiendo en la exploración y producción de suministros de petróleo y gas en África, principalmente Nigeria, Angola, Mozambique y Argelia. (Nigeria produce 1,5 millones de barriles de petróleo al día.) El objetivo, anterior al conflicto actual, era reducir en el largo plazo su dependencia del Golfo Pérsico.
A pesar de estas medidas, China consume diez millones de barriles diarios. Aún ahora depende en un 50% de carbón, 20% de petróleo, 9% de gas, otro 10% de eólica y solar, y el resto de nuclear y otras fuentes.
De todas formas, es el país líder en el consumo de energías renovables y en sistemas de almacenamiento de energía, y es el líder tecnológico mundial en esos campos. Los paneles solares que tiene funcionando representan una tercera parte de las instalaciones solares del mundo.
Pero más allá de los actuales daños al comercio de petróleo, a China el conflicto le ha abierto oportunidades estratégicas. Ha evitado cuidadosamente enfrentarse directamente a los Estados Unidos, y se presenta al mundo como un país estable, impulsor de la paz internacional, capaz de hablar con todos: una especie de “gran potencia neutral” que podría arbitrar en conflictos internacionales. Un marcado contraste frente a la torpeza/rudeza del Presidente norteamericano en su política exterior, capaz de romper cualquier cristalería que se encuentre en su camino.
Xi Jinping ha incrementado se presencia mundial en un mundo más fragmentado, con los EEUU más desgastado, que se ha alejado de sus socios tradicionales como Canadá, Europa e incluso la India, y ha iniciado esfuerzos buscando a aliados menores o medianos pero con gobiernos ideológicamente afines, como El Salvador, Argentina, Indonesia, Camboya, Jordania, Bielorrusia y Arabia Saudita, ese sí más relevante que los anteriores.
Frente al Medio Oriente, los objetivos de China son principalmente económicos, declara un especialista en estudios estratégicos en Taipei: «La paz y la estabilidad son buenas para hacer negocios; no la guerra».
En el largo plazo, China necesita una situación de estabilidad entre Irán y sus vecinos, por lo que los diplomáticos chinos han participado activamente, pero de forma discreta, para impulsar un acuerdo de paz entre los combatientes, cuidando de no participar en negociaciones directas.Sun





