ALFIL NEGRO

1336

Oscar D. Ballinas Lezama
La Hora de Dios

El canto del gallo por la madrugada fue un despertador natural de nuestros abuelos; si bien en la ciudad ya no se escucha, en la zona rural muchos indígenas y campesinos siguen recibiendo el día con el ‘kikiriqui’ y su horario es el de Dios, afirman los que aún son invisibles para la modernidad.
Hoy se cumplen en México 19 años de haberse instituido oficialmente el horario de verano, siendo presidente Ernesto Zedillo Ponce; de ahí ‘pal real’ todos los gobernantes han aprobado continuar con esta práctica, que según la Comisión Federal de Electricidad le ahorra mucho dinero al Gobierno.
A contrapelo de lo que jura y perjura la CFE, investigadores de diversas partes del mundo coinciden en que este horario aumenta la cuenta de luz cada año, asegurando que el consumo de energía que supuestamente se ahorra, es superado por el costo del aire acondicionado en las tardes calurosas.
En la Costa de Chiapas y otros Estados cuyas temperaturas son sumamente altas todo el año, en poco o nada beneficia adelantar el reloj para despertarse más temprano, ya que de entrada en horas de la madrugada todo está oscuro y se necesita encender las luces; al medio día y por las tardes el clima es terriblemente caluroso, sobre todo en municipios como Suchiate, Frontera Hidalgo, Metapa, Tapachula, Mazatán, Huixtla, Escuintla, Villa Comaltitlán, Acapetahua, Mapastepec, Pijijiapan y ya no se diga, Tonalá y Arriaga que parecen la entrada del infierno.
Por otro lado, al aumentar la duración del día también se consume más gasolina; lo que deja más ganancias a los empresarios dueños de gasolineras, quienes encontraron su minita de oro con la ayuda de la reforma energética; es por ello que cada vez se construyen más gasolineras.
Según expertos en la materia, los cambios hechos por el Gobierno en los horarios, supuestamente para ahorrar energía, afectan los ciclos cardiacos naturales, ya que el reloj interno del cuerpo de las personas no se ajusta tan rápidamente y puede tener efectos colaterales en la fisiología humana.
Como esta medida se está haciendo costumbre impuesta por Gobiernos de varias partes del mundo, los científicos están invitándolos a realizar investigaciones más profundas para checar el reloj circadiano interno humano que usa luz del día para sincronizarse con el ambiente estacional; ya que se está viendo los cambios de comportamiento en las personas.
Para nadie es secreto que los niños que van a la escuela y la gente que trabaja, sufren drásticamente con el cambio al horario de verano y es común ver a la mayoría andar como ‘caballo lechero’, durmiéndose en clases o en horas de labores, ya que el cambio de su reloj biológico no es tan fácil realizarlo cada seis meses para adaptarse; a éste reloj de nuestro organismo no podemos engañarlo.
Estadísticas en los centros laborales indican que con el cambio de verano se incrementan el número de lesionados y se incrementa la ‘cyber-holgazanería’, ya que los empleados tratan de quitarse el sueño revisando sus correos personales o el Facebook, y no cumplen con su trabajo; en las escuelas los estudiantes bajan sus promedios de calificaciones.
La opinión ciudadana, al menos aquí en el Soconusco, es que los Gobiernos utilizan este horario como una manera de medir el control sobre sus ciudadanos; otros afirman que no hay ningún beneficio directo para la población, que son únicamente argumentos falsos del ahorro de energía, cuando en realidad es todo lo contrario, al efectuar grandes y excesivos cobros a las clases más necesitadas, beneficiando únicamente a las grandes transnacionales.
Los que de plano le hicieron ‘fuchi’ al ‘horario loco’ fueron los sonorenses en México y la gente de Arizona en Estados Unidos; ahí sólo respetan ‘la hora de Dios’; sin embargo, como al igual que otros mandamientos gubernamentales, no queda más que acoplarse a ellos, como ya se hizo con las reformas educativas, hacendaria y la energética; flojitos y cooperando, resignados al destino que nos fijaron quienes tienen ‘el sartén por el mango’.
Quizás los dos primeros meses le cueste acomodarse al nuevo horario, como le tocó hacerlo con el gasolinazo y las demás reformas sexenales, y cuando crea que ya acomodó su reloj biológico, se encontrará con la sorpresa de que pasaron los seis meses y hay que reacomodarse otra vez; los únicos que no sufren estos cambios, son el gallo que cantará siempre en la hora de Dios, y los bebés que pide su lechita cuando les da hambre, importándoles un carajo dicho horario.