La Gripe Española

600

Entre un 10% y un 20% de los contagiados morían en tan solo tres días, no había medicinas eficaces, ni grandes remedios, ni protocolos sanitarios, ni se cumplían las cuarentenas; sólo recursos de posguerra. La única forma de luchar contra el virus era evitando el contagio.

Se extendió entre 1918 y 1920, y los científicos creen que fue contagiada al menos un tercio de la población mundial de aquel entonces, calculada en 1,800 millones de habitantes.
Incluso causó más muertes que la I Guerra Mundial, que estaba terminando justo cuando se desató la pandemia.
En 1918, en medio de la primera guerra mundial, una pandemia de influenza conocida como “gripe española” acabó con la vida de entre 20 y 50 millones de personas en todo el mundo y contagió a cerca de 500 millones.
La “gripe española” se detectó por primera vez en los campamentos militares en Europa durante la Gran Guerra. El continente se encontraba en un conflicto bélico que enfrentó a las principales potencias donde proliferó la llamada “guerra de trincheras”. Los soldados pasaban semanas en huecos cavados en la tierra en medio del frío, la falta de alimentos y plagas de ratas y piojos.
Estas condiciones, al igual que el movimiento masivo de tropas, ayudaron a propagar la enfermedad. La propagación se dio en tres olas; siendo la segunda (que comenzó cerca de Boston, en Estados Unidos, donde vivían soldados que estuvieron en Europa) y la tercera las más graves.
La pandemia, que se propagó por todo el mundo, desde Japón hasta Argentina, terminó en el verano de 1919.
Por qué se Llamó “Gripe Española”.
Antes de que esta gripe llegara a España, ya había causado anteriormente muchas muertes en Estados Unidos y en Francia. Es que los medios de comunicación de los países que participaron en la guerra estaban bajo censura militar y ocultaron la pandemia. Y como España, país neutral durante la contienda, informaba en la prensa acerca de los nuevos casos, donde era conocida popularmente como “El soldado de Nápoles” por una canción muy pegadiza que se cantaba en una zarzuela de moda, daba la sensación de que era el único país afectado. Por eso, la enfermedad se conoció en el mundo como la “gripe española”.
Muchos estudios indican que todo comenzó en Estados Unidos y se propagó a Francia con la llegada de las tropas estadounidenses. El 4 de Marzo de 1918, un soldado de un centro de instrucción se presentó en la enfermería de Fort Riley, en Kansas, aquejado de fiebre. En cuestión de horas, cientos de reclutas cayeron enfermos con síntomas similares y, a lo largo de las semanas siguientes, se enfermaron muchos más. En Abril, el contingente estadounidense desembarcó en Europa portando el virus. En el caso de España, como no participaba en la guerra, se cree que el virus llegó a través de los trabajadores temporales provenientes de Francia. Se desataba así la primera oleada de la epidemia.
Las abarrotadas trincheras y campamentos de la guerra se convirtieron en el hábitat ideal para la epidemia. La infección se desplazó con los soldados. Las trece semanas que van de Septiembre a Diciembre de 1918 constituyeron el período más intenso, con el mayor número de víctimas mortales, en lo que se conoce como la segunda oleada: golpeó primero en las instalaciones militares y se extendió después a la población civil.
Síntomas, Víctimas y Mortalidad.
A diferencia de otras epidemias de gripe, que básicamente afectaban a niños y ancianos, muchas de las víctimas fueron jóvenes y adultos sanos de entre 20 y 40 años, y también animales, fundamentalmente perros y gatos.
Los síntomas eran fiebre elevada, dolor de oídos, cansancio corporal, diarreas y vómitos ocasionales, y también a veces dificultades para respirar y hemorragias nasales. El drama de la guerra también sirvió para ocultar la elevadísima cantidad de muertes que, en los primeros meses, solían achacarse a neumonías bacterianas para las que no había antibióticos disponibles.
Las personas y poblaciones más pobres sufrieron de forma especial las consecuencias de esta gripe. Pero ni la realeza, gobernantes y celebridades de la época fueron inmunes a esta pandemia. Entre los líderes mundiales que la padecieron estuvieron Guillermo II de Alemania, el primer ministro británico Lloyd George y el presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson. Edvard Munch, el artista noruego que pintó el “Grito”, realizó un autorretrato de cómo superó la enfermedad y otros, como el austríaco Gustav Klimt, no sobrevivieron.
La pandemia no dejó intacta prácticamente ninguna región del mundo: sólo en la India las víctimas mortales alcanzaron entre 12 y 17 millones. En Gran Bretaña, murieron cerca de 250,000 personas, en Estados Unidos 675,000, en España 300,000 y en Argentina 36,000. La mayoría de los estudios realizados dan cuenta de una tasa global de mortalidad de entre el 10 y el 20 por ciento de los infectados.
Las Medidas de Salud Pública.
El uso de máscaras de tela se convirtió en obligatorio para todas las personas que desempeñaban trabajos de atención pública. Esta recomendación sanitaria se extendió al resto de la población para evitar que la enfermedad se propagara con tanta facilidad. Los Gobiernos tomaron medidas preventivas para intentar parar la crisis: se cerraron teatros, circos, talleres, fábricas y locales públicos; se suspendieron eventos; se prohibió la importación de mercancías desde Marruecos; se identificaron a los extranjeros que ingresaban en las poblaciones y se prorrogaron clases, matrículas y exámenes.
Los periódicos de la época publicaban anuncios con remedios milagrosos: elixires, aguas medicinales, tónicos y otros. Se recomendaba tomar analgésicos en dosis que ahora se considerarían contraproducentes e incluso se sugería que la gente fumara porque se pensaba que la inhalación del humo mataba a los gérmenes.
La tercera y última oleada fue más benigna. En la primavera de 1919 la pandemia comenzó a mermar y la enfermedad terminó por sí sola. En el verano de 1920 el virus había desaparecido: le ganó la batalla a los más débiles; el resto quedó inmunizado.
La Reconstrucción del Virus.
Diferentes publicaciones médicas de la época intentaron dar respuesta a las causas de la pandemia. Pero la reconstrucción del virus demandó muchos años. La recuperación de tejido pulmonar de una víctima enterrada en el suelo helado de Alaska, junto con algunas muestras preservadas de soldados estadounidenses, permitió en el año 2005 secuenciar el genoma e incluso reconstruir el virus bajo fuertes medidas de seguridad en el Centro para el Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC).
Los experimentos con el virus recreado confirmaron su virulencia: en los ratones infectados se reproducía 39,000 veces más que una gripe normal. Los estudios con monos revelaron además que tendía a disparar lo que se conoce como tormenta de citoquinas, una complicación que aparece a causa de una respuesta inmunitaria exagerada y que podría explicar la mortandad en personas jóvenes, con un sistema inmune más robusto.
El virus derivó en una relativa inocuidad en la década de 1920, y siguió circulando durante varias décadas. Desde entonces, los científicos han podido clasificar al virus responsable de la pandemia de 1918-19 como una influenza H1N1. Agencias

***