El Primer Encuentro

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Olga Pellicer

El primer encuentro entre López Obrador y Biden estuvo precedido de temores respecto al ambiente en que se iba a celebrar, los resultados que se obtendrían y los problemas que se harían presentes. El evento no correspondió a tales temores; ambos presidentes hicieron lo necesario para ser cordiales y no dieron lugar a sorpresas.
Lo obtenido quedó consignado en una Declaración Conjunta, corta y poco elaborada. El objetivo más anhelado, la cooperación por parte del Gobierno de Biden para proporcionar vacunas a México en términos preferenciales, fue rápidamente descartado.
La Declaración Conjunta sólo se refiere a tres puntos: cooperación bilateral y multilateral en materia migratoria (lo multilateral se refiere a trabajar conjuntamente sobre Centroamérica); cooperación bilateral para responder y recuperarse del Covid-19; cooperación bilateral sobre cambio climático.
Quedaron fuera tres temas que inicialmente estaban propuestos en un documento preparado por la Casa Blanca: cooperación económica, seguridad y acción a favor del cambio climático en la región de América del Norte.
El encuentro se inscribió en el intento de Biden de resucitar el espíritu de América del Norte como una región con intereses, valores y objetivos compartidos. De allí la atención simultánea a Canadá y México y las referencias a “la importancia de nuestra relación con México, vital para la asociación de América del Norte que es elemento central de las prioridades de mi administración”.
A pesar de tener a la región en mente, el hecho es que una de las conclusiones más evidentes del encuentro fue que la región de América del Norte tiene pocos elementos para actuar de manera trilateral. Los problemas que están sobre la mesa son esencialmente bilaterales entre México y Estados Unidos, los espacios de cooperación, hoy por hoy, se encuentran en el buen entendimiento entre los Gobiernos de Joe Biden y Justine Trudeau.
En efecto, el Presidente y el Primer Ministro tienen por delante una lista de intereses comunes que les permitirán trabajar conjuntamente en diversos temas. Así quedó consignado en el documento “Hoja de Ruta para una Asociación Renovada US-Canadá”, suscrita por ambos mandatarios, notoriamente distinta a la Declaración Conjunta.
Dos puntos llaman la atención en el mencionado documento, la visión compartida para una recuperación económica sustentable e inclusiva dirigida, esencialmente, a las clases medias y sectores de trabajadores que merecen atención especial como mujeres, jóvenes y grupos marginales como las comunidades indígenas.
De otra parte, la sección sobre cambio climático que incluye, entre muchos otros, el acuerdo según el cual “el Presidente y el primer ministro acordaron trabajar conjuntamente para proteger empresarios, trabajadores y comunidades en ambos países del comercio injusto proveniente de países que fallen en llevar a cabo acciones en materia de cambio climático”.
Los acuerdos de la “Hoja de Ruta” no impiden, como se observó recientemente, que tengan lugar situaciones ríspidas acentuadas por las contradicciones entre el gobierno central y los gobiernos de las provincias en Canadá o los Estados en Estados Unidos. Sin embargo, en este primer encuentro los espacios de entendimiento Biden-Trudeau fueron muy amplios y dieron el tono al encuentro.
Por el contrario, las diferencias México-Estados Unidos que se dejaron de un lado son graves y suficientemente conocidas para ignorarlas: los problemas de seguridad, en particular la cooperación en materia de narcotráfico -puesta en duda por el caso Cienfuegos- y las modificaciones legislativas sobre las actividades de agencias de seguridad estadunidenses en México; el tráfico de armas procedente de Estados Unidos a nuestro país; la crisis de opioides en Estados Unidos; las diferencias de opinión respecto al combate a los cárteles; las incertidumbres sobre la vigencia o no de la Iniciativa Mérida, etcétera, etcétera.
A ello cabe añadir las demandas de inversionistas extranjeros en México por las disposiciones en dicha ley que los coloca en situación desventajosa frente a empresas nacionales estatales, lo cual es contrario a lo establecido en el T-MEC.
Lo anterior no resuelve los muchos desencuentros que existen en la relación México-Estados Unidos bajo el gobierno de López Obrador. Pero sí permite manejarlos de tal manera que sea posible el “acuerdo para estar en desacuerdo” que ha existido no pocas veces en la historia de las relaciones bilaterales.
El frágil equilibrio establecido en el primer encuentro puede romperse por situaciones que salen de control, entre las que se pueden imaginar problemas fronterizos, violencia del crimen organizado, acciones aprobadas en el legislativo, tanto en México como Estados Unidos, reclamos subidos de tono por parte de inversionistas estadunidenses, dificultades para que Biden cumpla sus promesas en materia migratoria. Apro