3 de Mayo: Informar en México, Entre la Memoria y el Riesgo
Ernesto L. Quinteros
El 3 de mayo no se olvida. No es una fecha simbólica más en el calendario internacional; es un recordatorio incómodo, urgente y necesario de que la libertad de prensa sigue siendo una batalla inconclusa.
Proclamado en 1993 por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas a propuesta de la UNESCO, este día tiene su origen en la histórica Declaración de Windhoek, donde periodistas africanos alzaron la voz para exigir medios libres, independientes y pluralistas.
Hoy, más de tres décadas después, ese ideal sigue siendo una deuda pendiente en muchas partes del mundo, pero especialmente en México, donde ejercer el periodismo se ha convertido en una actividad de alto riesgo. Aquí, informar cuesta, y en demasiados casos, cuesta la vida.
Las cifras son tan contundentes como dolorosas. México se mantiene entre los países más peligrosos para ejercer el periodismo fuera de zonas de guerra. En los últimos años, decenas de periodistas han sido asesinados, muchos de ellos en contextos donde la impunidad es la regla y no la excepción. De acuerdo con organizaciones defensoras de la libertad de expresión, más del 90% de estos crímenes no se resuelven, enviando un mensaje devastador: silenciar a la prensa sale barato.
El 3 de mayo tampoco pasó desapercibido en el mundo. Mientras se conmemoraba la libertad de prensa, también se recordó a quienes han caído en el cumplimiento de su deber: corresponsales de guerra, reporteros en zonas de conflicto, periodistas que, armados únicamente con una libreta o una cámara, han arriesgado todo para contar la verdad.
Desde Ucrania hasta Medio Oriente, el periodismo sigue siendo una trinchera donde la información se disputa con balas.
Pero en México, la violencia no siempre proviene de frentes de batalla declarados. Aquí, muchas veces el enemigo es invisible: el crimen organizado, la corrupción política, la colusión de autoridades o, simplemente, el abandono institucional. El periodista se enfrenta a amenazas, agresiones, censura y, en el peor de los casos, al asesinato.
Recordar el 3 de mayo es también cuestionar: ¿qué se está haciendo realmente para proteger a quienes informan? ¿Dónde están los resultados de los mecanismos de protección? ¿Por qué la impunidad sigue siendo la constante?
La libertad de prensa no es un privilegio del periodista; es un derecho de la sociedad. Cuando se silencia a un comunicador, se le arrebata a la ciudadanía su derecho a estar informada. Por eso, cada agresión contra la prensa es un golpe directo a la democracia.
El 3 de mayo no se olvida porque la memoria también es una forma de resistencia. Mientras haya periodistas asesinados y casos sin justicia, esta fecha seguirá siendo más una denuncia que una celebración. Y porque en un país donde informar puede costar la vida, callar nunca será una opción.
Recordando esta fecha, un servidor vive agradecido con todos aquellos colegas, amigos y familiares que, también un 3 de mayo -pero de 2016- enfrentamos los embates del sistema, de los que pudimos salir airosos.
Esto nos obliga a continuar en esta difícil tarea de informar a la sociedad sobre los diferentes acontecimientos políticos, económicos y sociales.
El riesgo de agresión siempre estará latente, porque, desafortunadamente, la prensa en nuestro país vive bajo un acoso constante.
Hoy, en estos tiempos en los que es más fácil comunicarnos y expresarnos gracias a las nuevas tecnologías, debemos seguir ejerciendo ese derecho de comunicar e informar.
Por hoy ahí la dejamos, nos leemos mañana.
¡Ánimo!
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