DIOCESIS DE TAPACHULA

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DIÓCESIS DE TAPACHULA

 

¿Hemos Puesto Como Base y Fuente de Nuestro Vivir la Riqueza, la Vanidad y el Orgullo?
I DOMINGO DE CUARESMA (A)
5 DE MARZO DE 2017

Hace años, cuando una persona enfrentaba un asunto pesado y cuya solución no llegaba pronto, decía que aquello era “largo como la cuaresma”. Esa fama tenía este tiempo que hemos iniciado el pasado miércoles con el rito de la imposición de ceniza. Sí es un tiempo de conversión y de penitencia, pero no son días que nos opriman, todo lo contrario. La penitencia cuaresmal es sobre todo el esfuerzo con el que respondemos a la misericordia de Dios que quiere liberarnos de aquellas actitudes y conductas que no nos permiten ser humanos ni fraternos, con las que no respetamos la dignidad de hijos de Dios ni en nosotros ni en los demás. Escuchemos en nuestro interior la voz del Señor y veamos de qué opresión nos quiere liberar en esta cuaresma.
La Cuaresma es un camino de liberación, por lo mismo de esperanza. Quita de nosotros ese aire de resignación y de tristeza que nos sofoca, y esa sensación de inseguridad que nos asfixia. ¿Cómo? Nos hace ver que no somos una amenaza para los demás, sino un bien de Dios, y nos recuerda que el Señor nos da su aliento, su Santo Espíritu, para no encerrarnos en el egoísmo de nuestras ambiciones e intereses, para romper la indiferencia que nos hace pensar que la vida del otro y sus problemas no nos pertenecen. Al invitarnos a volver a Él, el Señor nos hace sentir sus hijos muy amados, pero también nos hace conscientes de que es “Padre Nuestro” y nos pregunta por sus otros hijos, por nuestros hermanos. Este es el camino que el Señor Jesús nos invita a recorrer en esta cuaresma, un camino de fidelidad a Dios y a nuestros hermanos en las tentaciones que a diario nos llegan. El Señor Jesús va delante de nosotros y nos muestra ese camino. Leamos con apertura de corazón esta página del Evangelio de San Mateo:
En aquel tiempo, Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Pasó cuarenta días y cuarenta noches sin comer y, al final, tuvo hambre. Entonces se le acercó el tentador y le dijo: “Sí tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”. Jesús le respondió: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, échate para abajo, porque está escrito: Mandará a sus ángeles que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie en piedra alguna”. Jesús le contestó: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”. Luego lo llevó el diablo a un monte muy alto y desde ahí le hizo ver la grandeza de todos los reinos del mundo y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras y me adoras”. Pero Jesús le replicó: “Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás”. Entonces lo dejó el diablo y se acercaron los ángeles para servirle (San Mateo 4, 1-11).
Hace un año, en Ecatepec, el Papa Francisco comentaba para nosotros esta página del Evangelio. Me hago eco de su palabra. Nos hablaba de tres tentaciones que atentan contra el sueño y el proyecto de Dios en nosotros, tentaciones que también sufrió el Señor Jesús y en las cuales se mantuvo fiel al proyecto de Dios: “Primera, la riqueza, adueñándonos de bienes que han sido dados para todos y utilizándolos solo para mí o para los míos. Es tener el pan a base del sudor del otro o hasta de su propia vida. Esa riqueza que es el pan con sabor a dolor, a amargura, a sufrimiento. En una familia o en una sociedad corrupta ese es el pan que se da de comer a los propios hijos. Segunda tentación, la vanidad, esa búsqueda de prestigio en base a la descalificación continua y constante de los que no son como uno. La búsqueda exacerbada de esos cinco minutos de fama que no perdona la fama de los demás, y haciendo leña del árbol caído va dejando paso a la tercera tentación, la peor, el orgullo, o sea ponerse en un plano de superioridad del tipo que fuese, sintiendo que no se comparte la vida común de los mortales y se reza todos los días: ‘Gracias te doy, Señor, porque no me has hecho como ellos’”.
Es bueno que miremos en nuestra vida cómo nos llegan esas tentaciones. ¿Hemos puesto como base y fuente de nuestro vivir la riqueza, la vanidad y el orgullo? Preguntémonos si de verdad creemos que cuidar del otro, preocuparnos y ocuparnos por el pan, el buen nombre y la dignidad de los demás son fuente de alegría y esperanza en nuestro vivir de cada día.
El Señor Jesús rechaza las tentaciones respondiendo desde la Palabra de Dios al tentador. Es el camino que nos muestra. Responder desde la Palabra de Dios es tomar nuestras decisiones dejándonos guiar por ella. El Papa nos insiste en que ese es el único camino para no caer en la tentación y claramente nos dijo que con el diablo no se dialoga, porque nos engaña. Es el padre de la mentira.
“Sabemos lo que significa ser seducidos por el dinero, la fama y el poder. Por eso la Iglesia nos regala este tiempo, nos invita a la conversión con una sola certeza: el Señor nos está esperando y quiere sanar nuestros corazones de todo lo que degrada nuestra persona o degrada a otros”. Él llena nuestra vida y nuestro corazón: en Él nace y renace la alegría.

+Leopoldo González González
Obispo de Tapachula