DIOCESIS DE TAPACHULA

1114
DIÓCESIS DE TAPACHULA

“La paz Esté con Ustedes. Como el Padre me ha Enviado, así También los Envío yo”.
II DOMINGO DE PASCUA
23 DE ABRIL DE 2017

Tal vez le haya tocado leer en la entrada de algunos barrios o colonias un mensaje semejante a este: “¡Ratero, si te agarramos, te linchamos!”. El miedo nos lleva a encerrarnos para protegernos. Mucho tiempo confiamos en la honradez de nuestros vecinos y conciudadanos. Ciertamente de vez en cuando había robos, pero las puertas de las casas estaban abiertas todo el día. La familia cerraba la puerta cuando se iban a dormir. A medida que fue creciendo la desconfianza y la inseguridad, chapas y candados se hicieron más sofisticados y las puertas se cerraron todo el día. Ahora el miedo nos ha hecho guarecernos detrás de la amenaza, detrás de la venganza. Si seguimos en esta dirección, ¿cuál será el siguiente paso? ¿No será el momento de reaccionar y no seguir ya en esa dirección? Podemos esforzarnos en volver a reconstruir la confianza entre nosotros no solo a partir de la honradez, sino de la solidaridad fundamental que nos lleva a realizar en toda circunstancia el bien que somos cada uno. Los apóstoles, después de ver morir a Jesús en la cruz, se llenaron de miedo. Unos emprendieron el camino fuera de Jerusalén. Los demás se juntaron en una casa y cerraron las puertas. Ahí se presentó Jesús resucitado no solo para liberarlos del temor, sino para hacerlos constructores de la paz. Mirémoslo en esta página del evangelio de San Juan.
Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar. Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”. Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”. Otros muchos signos hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritos en este libro. Se escribieron éstos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre (San Juan 20, 19-31).
El Señor Jesús bien pudo tocar la puerta, esperar que le abrieran y dar a los discípulos la inmensa alegría de mirarle. Sin embargo, atraviesa paredes para hacerles comprender, a ellos y a sus discípulos de todos los tiempos, que está junto a ellos a pesar de los obstáculos aparentemente insalvables. No les envalentona, les hace conscientes de su presencia, de que están con Aquél que colgó del madero y ahora vive victorioso. Así les da la gran seguridad de que ni el mal ni la muerte tienen la última palabra. Hoy un gran obstáculo que hemos de superar para dejar entrar a Jesús, es confiar que realmente el mal se vence solo a fuerza de bien, que responder al mal con otro mal es empeorar la situación. Tenemos el derecho de protegernos y proteger nuestros bienes, los propios y los de nuestros prójimos, pues todos hemos sido confiados por Dios al cuidado de los demás, pero nunca tenemos derecho a vengarnos. Por ello, nadie puede dañar a un delincuente que ha sido reducido a impotencia. Solo la autoridad tiene el derecho de impartir justicia, y es también una grave obligación que ha de cumplir con entera responsabilidad para ayudar a que los ciudadanos puedan confiar.
A aquel grupo lleno de miedo, y en él a sus discípulos de todos los tiempos, el primer regalo que Jesús Resucitado les hace es la paz, y al compartirnos su misma misión, nos hace constructores de esta paz. La Sagrada Escritura nos deja claro que no puede haber paz en el mundo, si no nos hemos puesto en paz con Dios. La reconciliación entre nosotros brota de nuestra reconciliación con Dios. Donde se quita a Dios, todo viene para abajo porque cada uno se constituye en creador del bien y del mal. No hay otra referencia sino el propio yo y sus intereses, para determinar qué sea bueno y qué sea malo. Esto nos deja indefensos en manos del que tiene más fuerza o mayor poder. Dios es el guardián más firme de nuestra dignidad. A cada uno, en nuestra conciencia, que es el santuario más personal de nuestro encuentro con Él, nos pregunta: ¿Dónde está tu hermano? ¿Dónde lo has dejado? ¿Qué has hecho de él? Estar en paz con Dios es la fuente de aquella visión del otro y de aquel modo de tratarlo que construyen la paz.
Esto nos hace ver que la paz no empieza en cualquier parte, sino en el interior de nosotros mismos, en nuestro corazón. Y hemos de reconocer que también es ahí, en nuestro corazón, donde nacen la guerra y la violencia, en el odio y en la envidia que dejamos anidar en nuestro interior. Por ello, al darnos la paz, el primer espacio que el Señor Jesús quiere transformar es nuestro corazón. Sopla sobre sus discípulos e infunde en nosotros su Santo Espíritu para hacernos intuir cuánto bien haría a nuestra convivencia convencernos y observar como norma de nuestra vida que el mal solo se vence a fuerza de bien. Dejemos al Señor transformar nuestro corazón.
Hoy es el Domingo de la Misericordia, como el Señor Jesús lo pidió a Santa Faustina y como lo ha determinado el Papa San Juan Pablo II. La gran misericordia de Dios resplandece en Cristo resucitado: el Señor ha tenido tan gran misericordia con nosotros, que nos ha liberado de la muerte. Ha resucitado como el primero, luego resucitarán quienes son suyos. El Señor nos conceda la gracia de ser suyos cada día: “Jesús, en ti confío”.
+Leopoldo González González
Obispo de Tapachula