ALFIL NEGRO

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ALFIL NEGRO
ALFIL NEGRO

Por Oscar D. Ballinas Lezama
Los Fieles Difuntos

“Manuel Velasco Coello, sin descanso trabajó y nunca se rajó; tendía la mano a todos por igual, y con gran pasión a las mujeres defendió; hasta que un septiembre negro, cuando la tierra tembló… ¡Ay nanita! el ‘Güero’ gritaba, mientras bajo los escombros, la calaca lo sepultaba”

La costumbre mexicana es que este día los vivos hagan oración o recen por todos aquellos que ya han dejado la tierra; la creencia es que las almas que están purificándose en el purgatorio, lo abandonen para que entren al reino de los cielos.
La creencia católica es, que cuando una persona muere ya no puede hacer nada para entrar al cielo, de ahí que su única esperanza son los vivos que a través de sus buenas obras, pueden interceder para que el difunto alcance la salvación.
De ahí nace también la costumbre de hacer altares debido a la creencia de que el dos de noviembre los difuntos tienen autorización para regresar al mundo, en donde pueden celebrar y convivir con sus parientes vivos, los frutos de la madre tierra.
Los altares se adornan con papel de colores picado con motivos alusivos a la muerte, ya que el objetivo es ver a la muerte sin tristeza, considerando que esta solamente significa un paso a una nueva vida; las calabacitas de dulce significan el símbolo de dulzura de la muerte para el que ha sido fiel a Dios, mientras el agua que se coloca en el altar simbolizan las oraciones que pueden calmar la sed de las almas del purgatorio, dicen los historiadores.
En otras cosas, los municipios del Soconusco han venido padeciendo problemas ante la falta de espacios en los panteones, donde ya no cabe tanto muerto y por si fuera poco, las autoridades municipales han venido creando más trabas para darle cristiana sepultura a los difuntos; el servicio de enterrarlos cuesta un ojo de la cara, amén de de que los parientes de los fallecidos, tienen que pagar de por vida una cuota por el derecho de espacio, so pena de que si no lo hacen, los huesos de sus deudos son echados del sepulcro, para dar paso a los del nuevo ‘inquilino’.
Ya ni los muertos pueden descansar en paz, amén de que este día tienen que recibir a sus parientes vivos que llegan a reclamarles por qué se fueron cuando más deudas tenían, o cuando la mujer estaba embarazada o el ‘dijuntiyo’ las dejó con cuatro o cinco hijos pequeños y ninguna herencia para sobrevivir.
Si eso no fuera suficiente, mucha gente llega a los panteones con el pretexto de visitar a sus muertos, sin embargo, entre el llanto y el dolor causado por los recuerdos, salen a relucir las cervezas o las botellas de licor; más tarde se une la música de una vieja marimba o un mariachi desafinado y aquello se convierte en una fiesta de escándalo, donde muchas veces terminan peleándose todos contra todos convirtiéndose en la envidia de cualquiera de las cientos de cantinas que existen.