jueves, diciembre 8, 2022
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Los Malos van Ganando
Carlos Ramírez

En los últimos tres meses el país entró en el vértigo de la reorganización de la estructura de seguridad pública/interior/nacional y el saldo parece estar beneficiando a los malos, en tanto que los buenos estarían enfrentando decisiones de ambientes que les están atando las manos.
Las iniciativas de reorganización de la seguridad se basan en un concepto reconocido por el Gobierno Federal en la propuesta de adscripción de la Guardia Nacional a la Secretaría de la Defensa Nacional: la existencia de un poder criminal cuasimilitar, es decir, una estructura delictiva organizada para disputarle el control territorial e institucional al Estado.
En los hechos, el crimen organizado no está configurado por carteristas o asaltantes de combis, sino por estructuras con fuerza económica producto de sus delitos y sobre todo con capacidad armada que ya se ha visto que ha rebasado a los niveles policiacos municipales y estatales, y que solo la Guardia Nacional y el Ejército tienen la capacidad de combatirlos.
Las reformas legislativas fueron aprobadas por una mayoría convencida de que el crimen organizado debe confrontarse aquí y ahora, pero van a entrar en un jaloneo en la Suprema Corte de Justicia para abrogarlas.
Los opositores a la reorganización de la estructura de seguridad no parecen preocupados por la configuración del crimen organizado y de la delincuencia desorganizada: nueve cárteles controlan el narcotráfico en México y en Estados Unidos, medio centenar de bandas con poder económico y armado están reventando la seguridad pública y afectando al ciudadano y miles de delincuentes individuales o en micro bandas andan delinquiendo por las calles.
El Estado necesita de una estructura cada vez más sofisticada de seguridad para proteger al ciudadano y sus bienes, a las instituciones gubernamentales en toda la República y a la soberanía nacional ante las presiones estadounidenses para desplazar sus aparatos de seguridad civiles y militares a México, bajo el pretexto de que somos incapaces de protegernos a nosotros mismos.
La sociedad debe entender que los malos son los delincuentes.
Más Allá del Tratado.
La polarización política está distorsionando los escenarios nacionales. El conflicto México-Estados Unidos en torno a contenidos nacionales y transnacionales del Tratado comercial está llevando al punto de generar un conflicto de magnitudes inconmensurables en las relaciones entre los dos países.
El proceso de consultas-paneles-sanciones podría generar una situación de ruptura del Tratado, una especie de Mexit o salida de México similar a la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea.
Los puntos de fricción se centran en dos áreas productivas: electricidad y petróleo. Empresas extranjeras han invertido en esta especialidad y ahora el Estado mexicano comienza a desplazarlas en una decisión de regreso al nacionalismo energético. Y si bien es cierto que el Tratado considera la autonomía nacionalista de México en el dominio de esas dos áreas, decenas de empresas y millones de Dólares ya se invirtieron como para decirles que siempre no.
Si se revisan las cifras del Tratado, los datos arrojan cifras positivas en el incremento del comercio exterior de México hacia Estados Unidos y Canadá, aunque sin efectos internos para potencializar una mejor planta productiva, ni en mayor redistribución de la riqueza, ni en el tema sensible de impactar el crecimiento económico que ha sido de 2 por ciento promedio anual desde 1983.
Lo único que se puede decir con seriedad es que el Tratado requiere de un nuevo replanteamiento, sobre todo porque las reformas del 2018 impulsadas de manera atrabancada por el presidente Donald Trump ocurrieron en un momento de fragilidad institucional mexicana por ser el daño de elecciones presidenciales, por la derrota del PRI y por la victoria del discurso nacionalista-populista de López Obrador.
México necesita un mayor compromiso interno para reorganizar su capacidad productiva y no quedarse solo en uno de los peores momentos del Tratado: tener que aumentar las importaciones para mantener la tasa de exportaciones, es decir, solo reciclar las divisas.
El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico que la publica.
[email protected]

Home La Crisis


@carlosramirezh
Canal YouTube:
https://t.co/2cCgm1Sjgh

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En los últimos tres meses el país entró en el vértigo de la reorganización de la estructura de seguridad pública/interior/nacional y el saldo parece estar beneficiando a los malos, en tanto que los buenos estarían enfrentando decisiones de ambientes que les están atando las manos.
Las iniciativas de reorganización de la seguridad se basan en un concepto reconocido por el Gobierno Federal en la propuesta de adscripción de la Guardia Nacional a la Secretaría de la Defensa Nacional: la existencia de un poder criminal cuasimilitar, es decir, una estructura delictiva organizada para disputarle el control territorial e institucional al Estado.
En los hechos, el crimen organizado no está configurado por carteristas o asaltantes de combis, sino por estructuras con fuerza económica producto de sus delitos y sobre todo con capacidad armada que ya se ha visto que ha rebasado a los niveles policiacos municipales y estatales, y que solo la Guardia Nacional y el Ejército tienen la capacidad de combatirlos.
Las reformas legislativas fueron aprobadas por una mayoría convencida de que el crimen organizado debe confrontarse aquí y ahora, pero van a entrar en un jaloneo en la Suprema Corte de Justicia para abrogarlas.
Los opositores a la reorganización de la estructura de seguridad no parecen preocupados por la configuración del crimen organizado y de la delincuencia desorganizada: nueve cárteles controlan el narcotráfico en México y en Estados Unidos, medio centenar de bandas con poder económico y armado están reventando la seguridad pública y afectando al ciudadano y miles de delincuentes individuales o en micro bandas andan delinquiendo por las calles.
El Estado necesita de una estructura cada vez más sofisticada de seguridad para proteger al ciudadano y sus bienes, a las instituciones gubernamentales en toda la República y a la soberanía nacional ante las presiones estadounidenses para desplazar sus aparatos de seguridad civiles y militares a México, bajo el pretexto de que somos incapaces de protegernos a nosotros mismos.
La sociedad debe entender que los malos son los delincuentes.
Más Allá del Tratado.
La polarización política está distorsionando los escenarios nacionales. El conflicto México-Estados Unidos en torno a contenidos nacionales y transnacionales del Tratado comercial está llevando al punto de generar un conflicto de magnitudes inconmensurables en las relaciones entre los dos países.
El proceso de consultas-paneles-sanciones podría generar una situación de ruptura del Tratado, una especie de Mexit o salida de México similar a la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea.
Los puntos de fricción se centran en dos áreas productivas: electricidad y petróleo. Empresas extranjeras han invertido en esta especialidad y ahora el Estado mexicano comienza a desplazarlas en una decisión de regreso al nacionalismo energético. Y si bien es cierto que el Tratado considera la autonomía nacionalista de México en el dominio de esas dos áreas, decenas de empresas y millones de Dólares ya se invirtieron como para decirles que siempre no.
Si se revisan las cifras del Tratado, los datos arrojan cifras positivas en el incremento del comercio exterior de México hacia Estados Unidos y Canadá, aunque sin efectos internos para potencializar una mejor planta productiva, ni en mayor redistribución de la riqueza, ni en el tema sensible de impactar el crecimiento económico que ha sido de 2 por ciento promedio anual desde 1983.
Lo único que se puede decir con seriedad es que el Tratado requiere de un nuevo replanteamiento, sobre todo porque las reformas del 2018 impulsadas de manera atrabancada por el presidente Donald Trump ocurrieron en un momento de fragilidad institucional mexicana por ser el daño de elecciones presidenciales, por la derrota del PRI y por la victoria del discurso nacionalista-populista de López Obrador.
México necesita un mayor compromiso interno para reorganizar su capacidad productiva y no quedarse solo en uno de los peores momentos del Tratado: tener que aumentar las importaciones para mantener la tasa de exportaciones, es decir, solo reciclar las divisas.
El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico que la publica.
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Las iniciativas de reorganización de la seguridad se basan en un concepto reconocido por el Gobierno Federal en la propuesta de adscripción de la Guardia Nacional a la Secretaría de la Defensa Nacional: la existencia de un poder criminal cuasimilitar, es decir, una estructura delictiva organizada para disputarle el control territorial e institucional al Estado.
En los hechos, el crimen organizado no está configurado por carteristas o asaltantes de combis, sino por estructuras con fuerza económica producto de sus delitos y sobre todo con capacidad armada que ya se ha visto que ha rebasado a los niveles policiacos municipales y estatales, y que solo la Guardia Nacional y el Ejército tienen la capacidad de combatirlos.
Las reformas legislativas fueron aprobadas por una mayoría convencida de que el crimen organizado debe confrontarse aquí y ahora, pero van a entrar en un jaloneo en la Suprema Corte de Justicia para abrogarlas.
Los opositores a la reorganización de la estructura de seguridad no parecen preocupados por la configuración del crimen organizado y de la delincuencia desorganizada: nueve cárteles controlan el narcotráfico en México y en Estados Unidos, medio centenar de bandas con poder económico y armado están reventando la seguridad pública y afectando al ciudadano y miles de delincuentes individuales o en micro bandas andan delinquiendo por las calles.
El Estado necesita de una estructura cada vez más sofisticada de seguridad para proteger al ciudadano y sus bienes, a las instituciones gubernamentales en toda la República y a la soberanía nacional ante las presiones estadounidenses para desplazar sus aparatos de seguridad civiles y militares a México, bajo el pretexto de que somos incapaces de protegernos a nosotros mismos.
La sociedad debe entender que los malos son los delincuentes.
Más Allá del Tratado.
La polarización política está distorsionando los escenarios nacionales. El conflicto México-Estados Unidos en torno a contenidos nacionales y transnacionales del Tratado comercial está llevando al punto de generar un conflicto de magnitudes inconmensurables en las relaciones entre los dos países.
El proceso de consultas-paneles-sanciones podría generar una situación de ruptura del Tratado, una especie de Mexit o salida de México similar a la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea.
Los puntos de fricción se centran en dos áreas productivas: electricidad y petróleo. Empresas extranjeras han invertido en esta especialidad y ahora el Estado mexicano comienza a desplazarlas en una decisión de regreso al nacionalismo energético. Y si bien es cierto que el Tratado considera la autonomía nacionalista de México en el dominio de esas dos áreas, decenas de empresas y millones de Dólares ya se invirtieron como para decirles que siempre no.
Si se revisan las cifras del Tratado, los datos arrojan cifras positivas en el incremento del comercio exterior de México hacia Estados Unidos y Canadá, aunque sin efectos internos para potencializar una mejor planta productiva, ni en mayor redistribución de la riqueza, ni en el tema sensible de impactar el crecimiento económico que ha sido de 2 por ciento promedio anual desde 1983.
Lo único que se puede decir con seriedad es que el Tratado requiere de un nuevo replanteamiento, sobre todo porque las reformas del 2018 impulsadas de manera atrabancada por el presidente Donald Trump ocurrieron en un momento de fragilidad institucional mexicana por ser el daño de elecciones presidenciales, por la derrota del PRI y por la victoria del discurso nacionalista-populista de López Obrador.
México necesita un mayor compromiso interno para reorganizar su capacidad productiva y no quedarse solo en uno de los peores momentos del Tratado: tener que aumentar las importaciones para mantener la tasa de exportaciones, es decir, solo reciclar las divisas.
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