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Alejandro Espinosa Yáñez
Me topo con un libro de Carlos Fuentes en la librería, «Contra Bush» (2004). No lo conocía, no iba por él; creo, como señalan varios escritores, que el libro realmente me encontró a mí. Lo abro y desde sus primeras páginas encuentro paralelismos notables con la situación actual, entre un Bush que apuntaba, inaugurando, una dirección similar, muchos años antes, con un Trump violento, capaz de todo. Van algunas de mis sorpresas.
Rehago el argumento, lo que hoy se vive bajo el trumpismo no es una anomalía histórica ni un accidente populista: es la continuación, sin máscaras diplomáticas, de un proyecto político que ya había sido diagnosticado con lucidez por Carlos Fuentes al inicio del siglo XXI.
En Contra Bush, el escritor mexicano no sólo criticaba a un candidato presidencial, al que se le inclinó la balanza favorablemente por sus nexos familiares (su hermano, gobernador en Florida, en una entidad donde hubo muchas dudas sobre los resultados, que condujeron a George W. Bush a la presidencia), también critica a este mismo ya como presidente en funciones.
En su texto, Fuentes -tomando distancia de los cuentos y novelas-, describía magistralmente en su trabajo periodístico los cambios con los que se inauguraba el siglo XXI: describía una mutación estructural del poder estadounidense, marcada por el desprecio al derecho internacional, la subordinación de la política exterior a intereses corporativos y una deriva autoritaria incompatible con la democracia liberal.
Un ejemplo para ilustrar, pasando de los inicios del siglo XXI a nuestro tiempo: en el Foro de Davos, realizado recientemente (19-23 enero 2026), Trump insistió en la crisis de los organismos internacionales, y en la mercantilización de todo: Groenlandia, la OTAN, el petróleo (siempre presente), entre otras.
Eso fue dominante desde sus voces, en particular la crisis de la multilateralidad y los organismos internacionales que la encarnan.
Fuentes advertía que, detrás de los gestos coyunturales, había una transformación profunda del orden mundial: «Confío en que la mirada sobre lo pasajero deje en claro la mirada sobre lo permanente: la necesidad de restaurar un orden jurídico internacional, multilateral y confiable, abocado a resolver los conflictos políticos mediante la negociación diplomática y los conflictos sociales mediante la solidaridad internacional».
Algo más que vigente la argumentación de Fuentes para nuestros tiempos difíciles. Ese orden jurídico multilateral que Fuentes reclamaba, es precisamente el que Bush comenzó a erosionar y que Trump terminó de dinamitar. Es un hecho en curso, no definitivo aún.
Una de las notas periodísticas de Fuentes lleva por título: Política con «P» de petróleo. Venezuela aludida ayer y hoy.
Para Fuentes, el núcleo duro del proyecto bushista no era ideológico sino material: una política exterior dictada por los intereses energéticos. No hablaba en abstracto. Señalaba con nombre y apellido a los beneficiarios: «Halliburton Inc., que ha extendido sus intereses de Argelia a Angola, de Nigeria a Venezuela, del Mar del Norte al Medio Oriente».
Azoro frente a los paralelismos. Ese entramado corporativo tenía su correlato en el cinismo explícito de la élite gobernante. Fuentes recupera una frase brutal del vicepresidente (en el período presidencial de G. W. Bush) Dick Cheney: «Es una lástima que el buen Dios no haya puesto los yacimientos de petróleo en naciones democráticas». Cuánta cercanía habrá entre las ideas de M. Rubio, J.D. Vance y D. Trump con Cheney.
Muchas de las alusiones de Trump son paráfrasis de Cheney, por eso su afán enfermo por Groenlandia, su bronca con Venezuela y con el mundo, para sintetizar. La frase no sólo exhibe desprecio por la soberanía de otros pueblos: revela una concepción instrumental de la democracia, válida sólo cuando coincide con la geografía de los recursos estratégicos.
Desde la mirada de Trump a México y Colombia, antes desde la perspectiva de Bush, destaca Fuentes: «Drogas, hipocresía y doble moral imperial».
Es cierto, no se limitó al petróleo. Extendió su crítica a la política antidrogas, denunciando la hipocresía estructural de Washington: «No es posible que el país importador (los Estados Unidos y sus cuarenta millones de drogadictos) juzgue o condene a los países (Colombia y México) que sólo responden (viva el libre mercado) a la demanda norteamericana».
Y añadía una exigencia que hoy sigue siendo ignorada: «Las exigencias norteamericanas contra los capos y sus mafias en México deben corresponderse con una -hasta ahora muy tibia- acción norteamericana contra los capos y las mafias de los Estados Unidos».
Esta lógica de doble moral -disciplinar al Sur mientras se protege al Norte-, reaparece con Trump en su criminalización de migrantes latinoamericanos y en su retórica de «mano dura» que omite cualquier autocrítica estructural.Sun





