Adán Augusto: Territorio, Poder, y las Sombras que Morena no Quiere Mirar
Ernesto L. Quinteros
La salida de Adán Augusto López Hernández de la coordinación de Morena en el Senado, bajo el argumento de dedicarse al llamado “trabajo de territorio”, abre más interrogantes que certezas.
En la narrativa oficial se presenta como un movimiento estratégico para fortalecer al partido rumbo a las elecciones de 2027. Sin embargo, fuera del discurso partidista, la decisión se lee también como una reconfiguración política que busca administrar costos, contener escándalos y reposicionar a uno de los personajes más controvertidos del obradorismo.
Adán Augusto no es un actor menor ni un cuadro más dentro de Morena. Fue gobernador de Tabasco, secretario de Gobernación y uno de los hombres con mayor cercanía al expresidente Andrés Manuel López Obrador. Su paso por la Segob lo colocó como operador político central del régimen, interlocutor con gobernadores, fuerzas armadas, Congreso y actores económicos.
Precisamente por ese peso político, su figura arrastra una carga que no se disuelve con el simple hecho de “bajarse” de una coordinación legislativa.
Uno de los principales lastres es el persistente señalamiento en torno al llamado huachicol fiscal, una red de evasión, contrabando y corrupción ligada al tráfico ilegal de combustibles mediante facturación y subvaluación de importaciones. Aunque Adán Augusto no ha sido formalmente acusado, su nombre ha aparecido de manera reiterada en investigaciones periodísticas, análisis de especialistas y debates públicos que cuestionan la eficacia -y la voluntad- del Estado para combatir estas prácticas durante su gestión y la de sus aliados políticos.
En un gobierno que se autodefine como anticorrupción, la opacidad y el silencio institucional frente a estos señalamientos erosionan la credibilidad del discurso.
A esto se suman otros episodios polémicos: el uso político de la Secretaría de Gobernación para operar reformas constitucionales con métodos de presión y negociación poco transparentes; la defensa a ultranza de militarizar tareas civiles; y su papel como “bombero” de crisis internas de Morena, más enfocado en mantener equilibrios de poder que en fortalecer la institucionalidad democrática. Todo ello forma parte de un expediente político que no desaparece por recorrer plazas, ejidos y colonias.
Convertirse en “un senador más” es, en los hechos, una ficción política. Adán Augusto conserva redes, influencia, operadores y capacidad de decisión dentro del partido guinda. Su salida de la coordinación no reduce su peso real, pero sí le permite alejarse del reflector legislativo en un momento en el que Morena enfrenta desgaste, fracturas internas y un creciente escrutinio ciudadano.
El fondo del asunto no es solo Adán Augusto, sino lo que su caso representa para Morena y la llamada Cuarta Transformación. El movimiento que prometió desterrar el viejo régimen enfrenta hoy su propia contradicción: exigir lealtad política por encima de la rendición de cuentas.
El “trabajo de territorio” corre el riesgo de convertirse en refugio político, en una estrategia para reconstruir imagen sin aclarar señalamientos, sin explicaciones públicas y sin asumir responsabilidades.
Morena no solo se juega elecciones en 2027; se juega su narrativa fundacional. Si el combate a la corrupción es selectivo, si los escándalos se administran según conveniencia política y si las figuras cercanas al poder reciben trato diferenciado, el proyecto pierde autoridad moral. La ciudadanía ya no solo observa discursos, sino trayectorias, silencios y decisiones.
Adán Augusto López puede recorrer el país, pero las sombras lo acompañan. Y mientras no haya claridad, transparencia y voluntad real de esclarecer los señalamientos que lo rodean, su “trabajo territorial” será leído no como fortaleza política, sino como síntoma de un poder que prefiere mover fichas antes que enfrentar sus propios fantasmas. ¿Alguien dijo que quería un cambio?
Por hoy ahí la dejamos, nos leemos mañana.
¡Ánimo!
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