Desde el siglo XIX. En las costas chiapanecas en la región de Soconusco existe un poblado llamado San Benito, que forma parte de Tapachula, en esos años decimonónicos en su segunda mitad del siglo frente a dicho poblado las líneas marítimas ya sabían del sitio el cual era una de sus escalas en sus travesías. Al no existir un puerto en dicha localidad, los barcos atracaban en alta mar retirados de la reventazón de las olas, y mediante cables unas barcazas se acercaban al barco en cuestión para realizar el proceso de desembarco de mercancías y pasaje, o bien el embarque.
En esos años el poblado era un caserío de rústicas construcciones de madera y techados de palma. Donde las casas de piso de madera eran las mejor construidas, ya que el piso de tierra era lo habitual. El trayecto a Tapachula era toda una aventura a caballo que en óptimas condiciones bien demoraba cuatro horas. Con la llegada del ferrocarril a inicios del siglo XX la terminal marítima de San Benito cayó en desuso, y su poblado ahora era conocido como Puerto Madero. Para fines de la década de los años treinta, al construirse la carretera Nogales-Suchiate, que atravesaba todo el territorio nacional, en su tramo de Tapachula a la frontera con Guatemala, se construye un ramal de la misma hacia Puerto Madero, por lo que las azarosas travesías de horas ahora se recorrían en minutos en automóvil en una carretera.
La carretera creó en los tapachultecos un paseo de fin de semana, ya que los habitantes de Tapachula cada domingo aprovechaban a trasladarse al poblado mareño a asolearse y bañarse en sus playas, mientras degustaban una comida. En éstas fechas de la semana mayor las playas de Puerto Madero se abarrotaban de familias que disponían de varios días de la semana para hospedarse en el poblado.
Eran dos los sitios más reconocidos donde las familias acudían Puerto Madero, ya fuese al restaurante de la familia Estrada o el de la familia Riján. De ambos recuerdo sus amplios corredores de madera donde se colocaban las sillas y mesas del restaurante, y varios cuartos que se usaban en la semana santa por los visitantes para hospedarse en la noche, o bien en cualquier fecha como vestidores.
En ocasiones el radio o la grabadora de casetes no se usaban, ya que era común que en esos lugares las marimbas ofrecían sus melodías a los paseantes, en ocasiones también habían tríos cantando los boleros más famosos de la época. Si además de los pescados y mariscos se apetecía comida china, Víctor Sau en su restaurante frente a la playa también era una opción frecuente. Al advertirse el crepúsculo en la playa, sabíamos que era la hora del regreso a casa. El día de playa llegó a su fin.
Leopoldo Constantino García.- Cronista de la ciudad de Tapachula, es Contador Público y Maestro en Administración, imparte cátedra en Universidades de dicha ciudad y escribe artículos relacionados con Administración y temas afines para plataformas digitales.
Asoleándose al son de la Marimba
RELATED ARTICLES





