Por Ernesto L. Quinteros
Comerciantes y Empresarios del Soconusco Convocan a Incentivar el Consumo Local en Medio de Turbulencia Económica
En medio de una temporada vacacional que históricamente ha sido sinónimo de movilidad, derrama económica y dinamismo turístico, en Tapachula comienza a tomar fuerza una tendencia que, más allá de lo circunstancial, revela un trasfondo político, social y económico digno de atención: el regreso al consumo local como mecanismo de resistencia ante el encarecimiento de la vida.
La decisión de muchas familias de no trasladarse a las playas del Soconusco no es un acto menor ni meramente práctico. Es, en realidad, una respuesta directa a un modelo económico que, en temporadas altas, privilegia el ingreso inmediato por encima de la accesibilidad. El incremento desmedido en precios de productos y servicios por el alza en combustibles golpea a la economía en general.
En particular a los que menos tienen, por eso en las playas de la entidad si hubo bañistas, pero muy pocos consumidores.
Según sondeos en la zona, para una familia común, de cuatro a seis integrantes, consumir en establecimientos cerca de las playas representaba gastar en promedio 5 mil pesos en un día de visita.
Por eso el llamado de empresarios y comerciantes del Soconusco al consumo local no es casual. Es una estrategia que, además de buscar la supervivencia de sus negocios, plantea una lógica distinta de desarrollo: una economía más circular, donde el dinero se queda en la región, fortalece cadenas productivas locales y genera estabilidad en momentos de incertidumbre.
Sin embargo, este llamado también tiene implicaciones políticas. Obliga a cuestionar la falta de regulación efectiva en destinos turísticos durante temporadas de alta demanda. ¿Hasta qué punto las autoridades permiten o incluso normalizan la especulación de precios? ¿Dónde queda la protección al consumidor y el equilibrio entre ganancia y justicia económica? La ausencia de respuestas claras evidencia un vacío que termina siendo llenado por decisiones individuales, como quedarse en casa o consumir en negocios locales.
Desde lo social, el fenómeno también redefine la manera en que se concibe el descanso y la convivencia. Lejos de los destinos saturados, las familias redescubren espacios cotidianos, fortalecen vínculos y resignifican el tiempo compartido. La tranquilidad, la cercanía y la identidad local comienzan a pesar más que la idea tradicional de “salir” para vacacionar.
En términos económicos, el impulso al consumo local podría representar una oportunidad si se sabe capitalizar. No se trata únicamente de una reacción temporal ante los altos costos, sino de la posibilidad de consolidar hábitos de consumo más responsables y sostenibles. Para ello, es fundamental que los comerciantes mantengan precios justos, calidad en sus productos y un compromiso genuino con la comunidad que los sostiene.
El desafío, sin embargo, es estructural. Apostar por el consumo local requiere políticas públicas que lo respalden: incentivos a pequeños y medianos negocios, promoción efectiva de mercados regionales y mecanismos de regulación que eviten distorsiones en sectores clave como el turismo. De lo contrario, el esfuerzo quedará limitado a la buena voluntad de ciudadanos y comerciantes.
Lo que hoy ocurre en Tapachula no es un hecho aislado, sino el reflejo de una realidad que se repite en distintas regiones del país. Frente a un entorno económico adverso, la sociedad encuentra formas de adaptarse, resistir y, en algunos casos, reinventarse.
El consumo local, entonces, deja de ser solo una alternativa económica para convertirse en una postura política: una forma de decir que el desarrollo no puede medirse únicamente en cifras de afluencia, sino en la capacidad de garantizar bienestar, acceso y dignidad para todos.
En esa decisión cotidiana —la de dónde comer, dónde comprar y cómo convivir— se está construyendo, silenciosamente, otro modelo de comunidad. Uno que, quizá sin grandes reflectores, apuesta por lo cercano, lo justo y lo propio. En fin.
Por hoy ahí la dejamos, nos leemos mañana. ¡Animooo!
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