Marcelo Ebrard: Luces y Sombras

132

Mario Maldonado

Marcelo Ebrard es uno de los hombres más experimentados y eficaces del gabinete. El presidente Andrés Manuel López Obrador lo considera casi siempre su primera opción para resolver problemas. Esa imagen de apagafuegos también le ha ocasionado grillas y enfrentamientos con integrantes del equipo presidencial. Pero no todo ha sido miel sobre hojuelas; el otrora supersecretario se comienza a ver eclipsado y, en su desesperación, ha entrado al juego del radicalismo que agrada a su jefe.
El canciller, ubicado aún dentro de los funcionarios moderados del gabinete, se ha destacado por administrar, como ha podido, las crisis migratorias; por organizar los encuentros con Donald Trump y Joe Biden; por gestionar la compra de vacunas contra el Covid-19 y, más recientemente, por enfrentar a los productores de armas de Estados Unidos con una demanda que le valió el reconocimiento de ‘Persona del Año’ de la Asociación de Control de Armas.
Su oficio político y su eficiencia dentro del gabinete le han permitido salir más o menos bien librado de escándalos como el de la tragedia de la Línea 12, el asilo a Evo Morales y el éxodo de funcionarios de su primer círculo, como su exjefe de Oficina, Fabián Medina, por temas personales y discrepancias en la toma de decisiones dentro de la Cancillería.
Sin embargo, la buena estrella de Ebrard ha comenzado a desvanecerse y la política exterior -que para López Obrador siempre pasa primero por lo interior- no ha sido suficiente para mantenerlo constantemente en los reflectores ni en las conferencias o giras del Presidente.
Uno de los errores que carga consigo el canciller fue la invitación y recibimiento de los presidentes de Cuba, Miguel Díaz-Canel, y de Venezuela, Nicolás Maduro, a México para los festejos de la Independencia y para participar en la cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac).
En los últimos dos días el canciller cometió otras dos pifias con las que podría granjearse simpatías dentro de la 4T, especialmente del grupo de los llamados ultras, pero hacia fuera se ven como un acto desesperado para llamar la atención.
El domingo, a través de su cuenta de Twitter, se pronunció sobre la venta de Banamex. «Estaré atento a la integridad y destino de la Fundación Cultural Banamex y el importante patrimonio cultural que la integra. En mi opinión, debería pasar a propiedad nacional para su preservación», expuso. Y continuó: «Podría ser una retribución al enorme e injusto apoyo que hemos dado los contribuyentes con los cuantiosos pagos anuales para cubrir los pagarés IPAB, mejor conocidos por Fobaproa».
El tuit de Ebrard, además de anticlimático por su cargo actual, resultó peor que el de políticos identificados con el comunismo, como el titular de la UIF, Pablo Gómez, quien sugirió que el Estado participe con la iniciativa privada en una entidad mixta que sea dueña de los activos de Banamex. El canciller propuso expropiar el patrimonio cultural que le pertenece a privados, lo cual genera una pésima señal para la inversión.
El otro gran error fue poner a disposición del Presidente y de su gobierno las embajadas, consulados y demás puestos clave del Servicio Exterior Mexicano para pagar favores políticos y lealtades, entre ellos a exgobernadores de oposición.
Malas señales de un canciller que luce desesperado por congraciarse con el Presidente ante el intempestivo crecimiento del nuevo supersecretario, Adán Augusto López; el apoyo público de López Obrador hacia Claudia Sheinbaum, y la adelantada insurrección de Ricardo Monreal. Sun