domingo, diciembre 4, 2022
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Reconciliación

Ricardo Monreal Ávila
Coordinador de Morena en el Senado

Friedrich Katz afirmó alguna vez que todas las revoluciones comienzan con un ideal utópico. Por eso, juzgar los resultados de un movimiento revolucionario con base en sus postulados iniciales puede ser injusto. Pensemos, por ejemplo, en los tres pilares de la Revolución francesa: libertad, igualdad y fraternidad; ninguno de ellos se convirtió en realidad de manera inmediata; tuvieron que pasar décadas para que el pueblo francés experimentara algo parecido.
La Revolución Mexicana, cuyo aniversario conmemoramos ayer, inició con una consigna clara postulada por Francisco I. Madero: sufragio efectivo, no reelección, a la que muy pronto se le unirían la voz del campo, representada en la figura de Emiliano Zapata, y la causa de la justicia social, enarbolada en los ideales de los hermanos Flores Magón.
Hoy, 112 años después del inicio de aquel movimiento, México ha conseguido, a través de una lucha sin descanso e intensificada en las últimas dos décadas, fortalecer sus libertades y derechos democráticos. Sin embargo, a pesar de los avances alcanzados a partir de la transición política iniciada en 2018, lograr la justicia social, la igualdad y el fortalecimiento de los derechos campesinos son pendientes por cuya consolidación deberemos seguir trabajando.
En 1988, la primera vez que la izquierda partidista en México tuvo una oportunidad real de acceder al poder a través de las vías democráticas, la insatisfacción de las y los mexicanos respecto al poder era muy similar a la que alimentó la llama de la Revolución de 1910, como resultado de la pobreza, desigualdad social e impunidad, y tal vez lo más importante, un profundo descontento social por el déficit democrático que impedía elegir libremente a los gobernantes.
En 2006, cuando la izquierda tuvo una oportunidad real de contender por el poder por vez primera en este siglo, con el ahora presidente Andrés Manuel López Obrador al frente, nuestras causas no habían cambiado mucho respecto a las impulsadas en el ’88. Además, como lo demostró el fraude electoral, la democracia en México era aún un experimento si no fallido, inconcluso. Es decir, las causas de fondo de la Revolución mexicana seguían vigentes, al no haber sido resueltas en su totalidad.
La presión y la ebullición populares provocadas por el anhelo de, finalmente, convertirnos en un país con democracia y justicia social, fueron algunos de los elementos que permitieron que fundáramos Morena en 2012 y, finalmente, llegar al poder en 2018.
¿Qué tanto hemos avanzado? Creo que bastante. Iniciamos una transición política de manera pacífica y, a partir de los mecanismos democráticos, logramos acercarnos al ideal de la justicia social; ahora los programas de asistencia tienen rango constitucional, y el Estado de bienestar se robusteció a través de recursos a las políticas sociales.
Lo sucedido desde 2018 nos muestra que la manera más firme de avanzar y lograr cambios profundos es a través de las leyes e instituciones, del fortalecimiento del Estado de derecho. Sin embargo, esta transición política no ha estado exenta de lo que los movimientos revolucionarios armados provocan, un reacomodo inmediato de correlaciones de fuerzas y de equilibrios sociales preexistentes que, a su vez, causan desencuentros y polarización.
No podía ser de otra manera. La élite porfirista se enfrentó con dureza a la nueva e incipiente clase política formada por Madero. Los años posteriores a su llegada al poder fueron de gran polarización, producto del choque de dos visiones que en cierto grado pudieron conciliarse a través del movimiento cardenista, que logró armonizar posturas que de otra manera no hubieran podido encontrar un cauce institucional.
Por eso, después de una revolución, debe venir la reconciliación. El sábado pasado, por invitación de colectivos de todo el país y durante la primera Convención Nacional por la Reconciliación, presenté el proyecto que consideramos puede y debe implementarse en nuestro país en esta etapa histórica.
El proyecto completo está disponible en mi página web, pero, en suma, se trata de una ruta para transitar hacia la reconciliación; alejarnos de la división; continuar en la construcción de un México justo, seguro, sustentable, próspero, productivo y equitativo. Sí, puede parecer utópico, pero la historia nos muestra que así iniciaron todos los grandes movimientos que han cambiado a las naciones y al mundo. Lo único que necesitamos es lograr que todas y todos avancemos hacia la misma dirección. Sun

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Friedrich Katz afirmó alguna vez que todas las revoluciones comienzan con un ideal utópico. Por eso, juzgar los resultados de un movimiento revolucionario con base en sus postulados iniciales puede ser injusto. Pensemos, por ejemplo, en los tres pilares de la Revolución francesa: libertad, igualdad y fraternidad; ninguno de ellos se convirtió en realidad de manera inmediata; tuvieron que pasar décadas para que el pueblo francés experimentara algo parecido.
La Revolución Mexicana, cuyo aniversario conmemoramos ayer, inició con una consigna clara postulada por Francisco I. Madero: sufragio efectivo, no reelección, a la que muy pronto se le unirían la voz del campo, representada en la figura de Emiliano Zapata, y la causa de la justicia social, enarbolada en los ideales de los hermanos Flores Magón.
Hoy, 112 años después del inicio de aquel movimiento, México ha conseguido, a través de una lucha sin descanso e intensificada en las últimas dos décadas, fortalecer sus libertades y derechos democráticos. Sin embargo, a pesar de los avances alcanzados a partir de la transición política iniciada en 2018, lograr la justicia social, la igualdad y el fortalecimiento de los derechos campesinos son pendientes por cuya consolidación deberemos seguir trabajando.
En 1988, la primera vez que la izquierda partidista en México tuvo una oportunidad real de acceder al poder a través de las vías democráticas, la insatisfacción de las y los mexicanos respecto al poder era muy similar a la que alimentó la llama de la Revolución de 1910, como resultado de la pobreza, desigualdad social e impunidad, y tal vez lo más importante, un profundo descontento social por el déficit democrático que impedía elegir libremente a los gobernantes.
En 2006, cuando la izquierda tuvo una oportunidad real de contender por el poder por vez primera en este siglo, con el ahora presidente Andrés Manuel López Obrador al frente, nuestras causas no habían cambiado mucho respecto a las impulsadas en el ’88. Además, como lo demostró el fraude electoral, la democracia en México era aún un experimento si no fallido, inconcluso. Es decir, las causas de fondo de la Revolución mexicana seguían vigentes, al no haber sido resueltas en su totalidad.
La presión y la ebullición populares provocadas por el anhelo de, finalmente, convertirnos en un país con democracia y justicia social, fueron algunos de los elementos que permitieron que fundáramos Morena en 2012 y, finalmente, llegar al poder en 2018.
¿Qué tanto hemos avanzado? Creo que bastante. Iniciamos una transición política de manera pacífica y, a partir de los mecanismos democráticos, logramos acercarnos al ideal de la justicia social; ahora los programas de asistencia tienen rango constitucional, y el Estado de bienestar se robusteció a través de recursos a las políticas sociales.
Lo sucedido desde 2018 nos muestra que la manera más firme de avanzar y lograr cambios profundos es a través de las leyes e instituciones, del fortalecimiento del Estado de derecho. Sin embargo, esta transición política no ha estado exenta de lo que los movimientos revolucionarios armados provocan, un reacomodo inmediato de correlaciones de fuerzas y de equilibrios sociales preexistentes que, a su vez, causan desencuentros y polarización.
No podía ser de otra manera. La élite porfirista se enfrentó con dureza a la nueva e incipiente clase política formada por Madero. Los años posteriores a su llegada al poder fueron de gran polarización, producto del choque de dos visiones que en cierto grado pudieron conciliarse a través del movimiento cardenista, que logró armonizar posturas que de otra manera no hubieran podido encontrar un cauce institucional.
Por eso, después de una revolución, debe venir la reconciliación. El sábado pasado, por invitación de colectivos de todo el país y durante la primera Convención Nacional por la Reconciliación, presenté el proyecto que consideramos puede y debe implementarse en nuestro país en esta etapa histórica.
El proyecto completo está disponible en mi página web, pero, en suma, se trata de una ruta para transitar hacia la reconciliación; alejarnos de la división; continuar en la construcción de un México justo, seguro, sustentable, próspero, productivo y equitativo. Sí, puede parecer utópico, pero la historia nos muestra que así iniciaron todos los grandes movimientos que han cambiado a las naciones y al mundo. Lo único que necesitamos es lograr que todas y todos avancemos hacia la misma dirección. Sun

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La Revolución Mexicana, cuyo aniversario conmemoramos ayer, inició con una consigna clara postulada por Francisco I. Madero: sufragio efectivo, no reelección, a la que muy pronto se le unirían la voz del campo, representada en la figura de Emiliano Zapata, y la causa de la justicia social, enarbolada en los ideales de los hermanos Flores Magón.
Hoy, 112 años después del inicio de aquel movimiento, México ha conseguido, a través de una lucha sin descanso e intensificada en las últimas dos décadas, fortalecer sus libertades y derechos democráticos. Sin embargo, a pesar de los avances alcanzados a partir de la transición política iniciada en 2018, lograr la justicia social, la igualdad y el fortalecimiento de los derechos campesinos son pendientes por cuya consolidación deberemos seguir trabajando.
En 1988, la primera vez que la izquierda partidista en México tuvo una oportunidad real de acceder al poder a través de las vías democráticas, la insatisfacción de las y los mexicanos respecto al poder era muy similar a la que alimentó la llama de la Revolución de 1910, como resultado de la pobreza, desigualdad social e impunidad, y tal vez lo más importante, un profundo descontento social por el déficit democrático que impedía elegir libremente a los gobernantes.
En 2006, cuando la izquierda tuvo una oportunidad real de contender por el poder por vez primera en este siglo, con el ahora presidente Andrés Manuel López Obrador al frente, nuestras causas no habían cambiado mucho respecto a las impulsadas en el ’88. Además, como lo demostró el fraude electoral, la democracia en México era aún un experimento si no fallido, inconcluso. Es decir, las causas de fondo de la Revolución mexicana seguían vigentes, al no haber sido resueltas en su totalidad.
La presión y la ebullición populares provocadas por el anhelo de, finalmente, convertirnos en un país con democracia y justicia social, fueron algunos de los elementos que permitieron que fundáramos Morena en 2012 y, finalmente, llegar al poder en 2018.
¿Qué tanto hemos avanzado? Creo que bastante. Iniciamos una transición política de manera pacífica y, a partir de los mecanismos democráticos, logramos acercarnos al ideal de la justicia social; ahora los programas de asistencia tienen rango constitucional, y el Estado de bienestar se robusteció a través de recursos a las políticas sociales.
Lo sucedido desde 2018 nos muestra que la manera más firme de avanzar y lograr cambios profundos es a través de las leyes e instituciones, del fortalecimiento del Estado de derecho. Sin embargo, esta transición política no ha estado exenta de lo que los movimientos revolucionarios armados provocan, un reacomodo inmediato de correlaciones de fuerzas y de equilibrios sociales preexistentes que, a su vez, causan desencuentros y polarización.
No podía ser de otra manera. La élite porfirista se enfrentó con dureza a la nueva e incipiente clase política formada por Madero. Los años posteriores a su llegada al poder fueron de gran polarización, producto del choque de dos visiones que en cierto grado pudieron conciliarse a través del movimiento cardenista, que logró armonizar posturas que de otra manera no hubieran podido encontrar un cauce institucional.
Por eso, después de una revolución, debe venir la reconciliación. El sábado pasado, por invitación de colectivos de todo el país y durante la primera Convención Nacional por la Reconciliación, presenté el proyecto que consideramos puede y debe implementarse en nuestro país en esta etapa histórica.
El proyecto completo está disponible en mi página web, pero, en suma, se trata de una ruta para transitar hacia la reconciliación; alejarnos de la división; continuar en la construcción de un México justo, seguro, sustentable, próspero, productivo y equitativo. Sí, puede parecer utópico, pero la historia nos muestra que así iniciaron todos los grandes movimientos que han cambiado a las naciones y al mundo. Lo único que necesitamos es lograr que todas y todos avancemos hacia la misma dirección. Sun

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