Por Ernesto L. Quinteros
México No Puede Seguir Postergando la Revolución de la Inteligencia Artificial
Hablar hoy de Inteligencia Artificial (IA) no es referirse a una tendencia pasajera ni a una moda tecnológica reservada para las grandes potencias. Es hablar del nuevo motor del desarrollo científico, económico y geopolítico del siglo XXI. Quien domine la IA no solo optimizará procesos industriales o acelerará investigaciones médicas; también redefinirá su posición en el concierto internacional. Y ahí es donde México enfrenta una encrucijada histórica.
Mientras países como Estados Unidos, China, Corea del Sur o incluso naciones europeas medianas han convertido la IA en política de Estado, México continúa destinando un porcentaje reducido de su Producto Interno Bruto a ciencia y tecnología. El resultado es previsible: dependencia tecnológica, fuga de talento y una inserción subordinada en la economía del conocimiento.
El señalamiento del investigador de la UNAM, Enrique Ángeles Anguiano en días recientes en una entrevista con rotativo EL ORBE, no es alarmismo; es realismo. La IA ya está transformando la manera en que se investiga. Procesos que antes requerían años de experimentación hoy pueden simularse en cuestión de días. Modelos computacionales permiten probar hipótesis, ajustar variables y anticipar resultados sin gastar toneladas de insumos ni generar residuos contaminantes. Esto no solo reduce costos: redefine la eficiencia científica.
En el ámbito ambiental, la IA ofrece una oportunidad estratégica. La posibilidad de simular materiales, procesos químicos o diseños industriales disminuye la necesidad de pruebas físicas repetitivas, reduciendo el consumo energético y la generación de desechos. Incluso en áreas sensibles como la farmacología, la experimentación con animales puede reducirse gracias a modelos predictivos avanzados. Estamos frente a una tecnología que no solo impulsa la productividad, sino que también puede alinearse con objetivos éticos y sostenibles.
En salud, el impacto es aún más contundente. La medicina personalizada —basada en datos genéticos, hábitos de vida y contextos sociales— deja de ser ciencia ficción para convertirse en una ruta plausible. Algoritmos capaces de analizar millones de registros clínicos permiten identificar patrones invisibles al ojo humano. Diagnósticos más tempranos, tratamientos más precisos y menor margen de error son parte del horizonte inmediato. Si México no invierte en esta área, dependerá de desarrollos extranjeros, pagando licencias y adaptándose a soluciones diseñadas para otras realidades poblacionales.
Pero el desafío no es solo tecnológico; es estructural. Apostar por la IA implica fortalecer universidades, financiar centros de investigación, vincular academia con industria y crear marcos regulatorios claros. También exige formar talento desde etapas tempranas. No basta con enseñar a usar herramientas digitales; es necesario formar científicos de datos, ingenieros en aprendizaje automático, expertos en ética tecnológica y desarrolladores capaces de crear soluciones propias.
Aquí surge otro riesgo: convertirnos en simples consumidores de plataformas extranjeras. Utilizar IA desarrollada en otros países puede resolver necesidades inmediatas, pero no construye soberanía tecnológica. La verdadera competitividad radica en desarrollar capacidades internas, adaptadas a nuestras problemáticas sociales, económicas y culturales.
Además, la IA no debe verse como sustituto del pensamiento humano, sino como amplificador de capacidades. Existe una narrativa temerosa que plantea que la automatización desplazará empleos masivamente. Si bien habrá transformaciones laborales inevitables, también surgirán nuevas profesiones y nichos especializados. El problema no es la tecnología en sí, sino la falta de preparación para integrarla de manera estratégica.
México tiene ventajas que no debe subestimar: una población joven, universidades públicas con tradición científica, talento creativo y una posición geográfica estratégica en América del Norte. Con políticas adecuadas, podría integrarse a cadenas de valor tecnológicas de alto nivel. Sin embargo, esto requiere visión de largo plazo, continuidad en las políticas públicas y coordinación entre sectores.
Hay que decirlo, lamentablemente, en nuestro país pareciera que vamos en sentido contrario en el uso de las nuevas tecnologías. Ahí están las universidades del bienestar, en donde se invirtieron recursos millonarios, pero sin resultados. En fin. ¿Alguien dijo que quería un cambio?
Por hoy ahí la dejamos, nos leemos mañana. ¡Animooo!
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