DIOCESIS DE TAPACHULA

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DIÓCESIS DE TAPACHULA

 

“No Crean que he Venido a Abolir la Ley o los Profetas; no he Venido a Abolirlos, Sino a Darles Plenitud”
12 DE FEBRERO DE 2017
VI DOMINGO ORDINARIO

Un servicio muy importante que los papás han de prestar en el hogar es poner las normas indispensables para cuidar y promover el bien de la familia sin afectar a otras personas. Cuando lo logran, ponen semillas de paz y de orden en su casa. En la sociedad hay también personas con esa responsabilidad en relación a toda la comunidad. Cuando, en las circunstancias concretas de la sociedad, logran establecer aquella recta ordenación de la razón que defiende y promueve el bien común, qué gran servicio prestan a la sociedad. No son ellos los que determinan qué sea bien y qué sea mal. Eso está determinado por el mismo ser de la persona humana. El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión. Lo que a ellos toca es proteger y promover para todos ese bien. El pueblo de Israel nos enseñó a ser agradecidos con Dios por la Ley que nos dio. Jesús nos dice que Él no ha venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. Leamos con corazón agradecido esta página del Evangelio.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos. Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos. Han oído que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo. Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda. Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo. También han oído que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio. Pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. También se dijo antes: El que se divorcie, que le dé a su mujer un certificado de divorcio; pero yo les digo que el que se divorcia, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, expone a su mujer al adulterio, y el que se casa con una divorciada comete adulterio. Han oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en falso y le cumplirás al Señor lo que le hayas prometido con juramento. Pero yo les digo: No juren de ninguna manera, ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es donde él pone los pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro uno solo de tus cabellos. Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno (San Mateo 5, 17-37).
“No he venido a abolir la ley”. Es muy importante que no olvidemos esta palabra del Señor. Las leyes que el Señor nos dio a través de Moisés custodian el bien de la persona humana cuidando cada uno de sus bienes particulares: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio ni mentirás. Por la manera como están formuladas, con un no de prohibición, expresan con gran fuerza la exigencia indeclinable de proteger la vida humana, la comunión de las personas en el matrimonio, la propiedad privada, la veracidad y la buena fama. Vivirlas nos hace libres: «La primera libertad, dice San Agustín, consiste en estar exentos de crímenes… como serían el homicidio, el adulterio, la fornicación, el robo, el fraude, el sacrilegio… Cuando uno comienza a no ser culpable de estos crímenes comienza a alzar los ojos a la libertad, pero esto no es más que el inicio de la libertad, no la libertad perfecta…». El hacer el bien no se cumple con solo no hacer el mal, pero no podemos construir el bien si no dejamos de hacer el mal. El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión.
Además, en ese código de leyes o mandamientos de Dios, se encuentra legislado también aquello que hace posible la vida familiar, la educación de los hijos, la alianza entre generaciones. Se nos manda honrar a nuestros padres. Sin respeto y obediencia hacia ellos, ¿cómo pueden orientar a los hijos? Por otra parte, ha de haber la seguridad de que quienes ahora son pequeños, cuando lleguen a grandes, cuidarán de sus padres ancianos. Este es un presupuesto fundamental de la vida familiar que es donación gratuita de uno a otro, mirar uno por otro sin cobro alguno. Y también se encuentra legislado el reconocimiento de Dios, como nuestro Dios, el único de quien dependemos de manera absoluta y en cuyas manos estamos completamente, el que es fuente de todo bien y de toda bendición, el único a quien adoramos.
El Señor Jesús vino no a abolir la ley, sino a darle plenitud. La conducta brota desde el corazón, donde las personas tomamos nuestras decisiones. Por ello, es necesario cuidar que no haya ahí semillas de mal. Esta es la razón por la cual nos manda evitar el enojo, el desprecio y los malos deseos, y con sencillez expresar la verdad. Hemos de llegar a un arreglo con nuestro adversario mientras vamos en el camino. Los conflictos son inevitables y no pueden ser ignorados o disimulados, pero tampoco podemos quedarnos en ellos. Es mucho más valiosa la unidad que el conflicto, por ello hemos de empeñarnos en resolverlos los conflictos y transformarlos en el eslabón de un nuevo proceso para seguir adelante, conservando lo valioso de las posturas opuestas. Sólo así es posible avanzar sin estorbarnos ni bloquearnos, sino enriqueciéndonos con nuestra diversidad.
“Señor nuestro, que prometiste venir y hacer tu morada en los corazones rectos y sinceros, concédenos la rectitud y sinceridad de vida que nos hagan dignos de esa presencia tuya”.
+Leopoldo González González
Obispo de Tapachula