DIOCESIS DE TAPACHULA

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DIÓCESIS DE TAPACHULA

“Este es mi Hijo muy Amado, en Quien Tengo Puestas mis Complacencias; Escúchenlo”
II DOMINGO DE CUARESMA (A)
12 DE MARZO DE 2017

Es admirable el gran avance que la humanidad ha alcanzado en el conocimiento, en el dominio y en la transformación de la realidad para facilitar la vida a las personas. Con sólo apretar un botón se muelen o calientan alimentos, se ilumina o refresca una habitación, se cambia de canal o se apaga un televisor. ¡Qué sencillo mirar o comunicarse con quien está lejos! Muchas máquinas realizan el trabajo duro en el campo o facilitan la elaboración de alimentos o la confección de ropa…todo esto pareciera elevar de manera automática el nivel de satisfacción de las personas en su vida ordinaria. Sin embargo, junto a todo este avance es también innegable la inseguridad en que viven muchas personas. Una inseguridad externa, sí por la delincuencia pero también porque se han debilitado mucho los vínculos sociales y es mayor la soledad y desprotección de las personas; y también una inseguridad interna, que tiene como fuente el vacío interior y el sinsentido del vivir. Esta última, no por ser algo interno, deja de ser peligrosa. Mal enfrentada, muchas veces lleva a la persona a depresiones, adicciones, a autolesionarse o autodestruirse. Poco antes de la pasión y muerte del Señor Jesús, los apóstoles se encontraban en una situación muy complicada: no entendían el camino que el Señor les decía que tenía que recorrer, y que sería también su camino. No le encontraban sentido. Por otra parte, no faltaba mucho tiempo para que vieran a Jesús ser condenado a morir en la cruz. Sería para ellos una prueba muy dura, y el Señor quiso fortalecerlos, y con ellos también a nosotros. Veamos esta página del Evangelio de San Mateo.
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús. Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos” (San Mateo 17, 1-9).
“Este es mi Hijo muy amado…”. Dios Padre es quien da testimonio de Él. El demonio le proponía a Jesús caminos no de Dios para que se demostrara a sí mismo y demostrara a los demás que en verdad Él era el Hijo de Dios. Jesús se mantuvo fiel a la voluntad de Dios Padre, y es ahora Dios Padre quien claramente expresa la identidad de Jesús: es el Hijo muy amado, en quien el Padre tiene sus complacencias. La silenciosa fidelidad a Dios en las cosas de cada día, tiene un eco luminoso que nos permite seguir adelante a pesar del desconcierto y la falta de claridad. Es su palabra que nos dice a cada uno: eres mi hijo muy amado, no estás solo, te tengo en mis manos, me importa el momento que estás viviendo.
“Escúchenlo”. Me llaman mucho la atención las palabras que el Señor Jesús pronuncia inmediatamente después de que los apóstoles han recibido de Dios Padre este mandato de escucharlo. La primera es: “Levántense, no teman”. Precisamente eso era lo que buscaba al transfigurarse en su presencia, y lo que también hoy el Señor quiere darnos. Es cosa de dejar la duda, el cansancio, el desánimo y levantarnos. Nos dice el Papa: “Al que arriesga, el Señor no lo defrauda y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos”.
La segunda palabra que el Señor pronuncia es: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”. No se trata de ningún secretismo. Quiere dejar muy claro que la plenitud de vida se logra solo haciendo entrega de la propia vida. No se puede llegar a la resurrección sin haber dado antes la vida en la cruz. La manera ordinaria como lo hacemos es en el servicio a los demás, en nuestras responsabilidades y obligaciones. Ahora en cuaresma el Papa nos ha dicho: “los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas”. Pero, además, cuando el Señor Jesús habla de resurrección, quiere dejarnos la certeza de que el mal no tiene tanta fuerza, no tiene la última palabra. Su camino no termina en la cruz. Lleva a la vida plena de la resurrección. Bien vale la pena seguir en el esfuerzo de recorrerlo con Él cada día.
“Señor Dios, que nos mandaste escuchar a tu amado Hijo, alimenta nuestra fe con tu palabra y purifica los ojos de nuestro espíritu, para que podamos alegrarnos en la contemplación de tu gloria”.

+ Leopoldo González González
Obispo de Tapachula