DIOCESIS DE TAPACHULA

1258
DIÓCESIS DE TAPACHULA

 

“¿No te he Dicho que si Crees, Verás la Gloria de Dios?”.

V Domingo de Cuaresma (A)

Ya muy cerca de la celebración de la Pascua, hoy leemos la página del Evangelio que nos habla de la resurrección de Lázaro. No es sólo el relato del último y más grande de los milagros de Jesús. Jesús no es un personaje del pasado. Está vivo y está a nuestro lado. Esta página del Evangelio responde a una pregunta muy importante: ante la muerte, ¿quién es Jesús para nosotros? Leámosla con mucha esperanza.
En aquel tiempo, se encontraba enfermo Lázaro, en Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que una vez ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera. El enfermo era su hermano Lázaro. Por eso las dos hermanas le mandaron decir a Jesús: «Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo». Al oír esto, Jesús dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en que se hallaba. Después dijo a sus discípulos: «Vayamos otra vez a Judea». Los discípulos le dijeron: «Maestro, hace poco que los judíos querían apedrearte, ¿y tú vas a volver a allá?». Jesús les contestó: «¿Acaso no tiene doce horas el día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque le falta la luz». Dijo esto y luego añadió: «Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido; pero yo voy ahora a despertarlo». Entonces le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, es que va a sanar». Jesús hablaba de la muerte, pero ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado ahí, para que crean. Ahora, vamos allá». Entonces Tomás, por sobrenombre el Gemelo, dijo a los demás discípulos: «Vayamos también nosotros, para morir con él». Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania quedaba cerca de Jerusalén, como a unos dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para consolarlas por la muerte de su hermano. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta respondió: «Ya sé que resucitará en la resurrección del último día». Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Después de decir estas palabras, fue a buscar a su hermana María y le dijo en voz baja: «Ya vino el Maestro y te llama». Al oír esto, María se levantó en el acto y salió hacia donde estaba Jesús, porque él no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en la casa, consolándola, viendo que ella se levantaba y salía de prisa, pensaron que iba al sepulcro para llorar ahí y la siguieron. Cuando llegó María a donde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: «¿Dónde lo han puesto?» Le contestaron: «Ven, Señor, y lo verás». Jesús se puso a llorar y los Judíos comentaban: «De veras ¡cuánto lo amaba!» algunos decían: «¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?». Jesús, profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: «Quiten la losa». Pero Marta, la hermana del que había muerto, le replicó: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días». Le dijo Jesús: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?». Entonces quitaron la piedra. Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Luego gritó con voz potente: «¡Lázaro, sal de ahí!» Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús le dijo: «Desátenlo, para que pueda andar». Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él (San Juan 11, 1-45).
Jesús no se apresura para ir a curar a Lázaro. Ni tenía que apresurarse si quería curarlo de su enfermedad. Desde donde estaba, con sólo su palabra podía haberlo hecho. Así curó al hijo del centurión romano. Va a casa de Lázaro hasta que este ha muerto. Quiere enfrentar ese momento que tanto nos entristece para mostrarnos su salvación. No es preservándonos de la muerte sino librándonos de ella como nos salva. Al igual que a Martha nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?”. ¿Le creemos?
Martha le dice a Jesús que Lázaro lleva ya cuatro días en el sepulcro. Después de tres días un cadáver se daba por perdido. Jesús manda abrir la tumba y ordena a Lázaro que se levante y camine. Para Jesús nadie está tan perdido que no le pueda salvar. Jesús nunca nos pierde la esperanza. Desde cualquier situación podemos abrirnos a Él y permitirle que nos ayude a levantarnos, que nos devuelva la vida. Esto es muy valioso también para nuestro trato a los demás: no puede haber justicia donde no hay lugar a la esperanza. Por ello nuestra firme oposición a la pena de muerte.
La resurrección de Lázaro es sólo un signo que fortalece nuestra certeza de que un día el Señor Jesús nos resucitará. Lázaro salió de la tumba y regresó a su vida de antes, una vida mortal como la nuestra. Al tiempo Lázaro volvió a morir. La resurrección de la que el Señor Jesús nos hará partícipes es plenitud de vida: es un vivir no marcado por la muerte, donde no habrá ni tristeza, ni dolor ni llanto. Resucitaremos, nos dice San Pablo, con un cuerpo glorioso semejante al del Señor Jesús. Esta esperanza ilumina no sólo nuestro existir después de la muerte, sino también nuestros días de ahora, orientándonos en esa dirección de una vida cada vez más plena.
Todavía es Cuaresma, tiempo de permitir al Señor liberarnos de aquellas conductas y actitudes con las que nos dañamos y oprimimos a los demás. Nos llama a construir una vida más plena.
+Leopoldo González González
Obispo de Tapachula