Con un ojo al Kremlin y Otro al Elíseo

104

Arturo Sarukhán

El resultado de los comicios presidenciales en Francia ha generado una exhalación de alivio en la mayoría de las capitales europeas y ciertamente aquí en Washington. Esta no era una elección entre derecha, centro e izquierda; tampoco era en el fondo una entre los dos candidatos, Emmanuel Macron y Marine Le Pen. Se trataba de una elección más entre democracia liberal y autoritarismo, turbocargada por las implicaciones que ésta conlleva para la actual coyuntura de guerra y amenaza a la seguridad europea e internacional.
La posibilidad de que Francia, sobre todo después de la primera vuelta electoral, eligiese a una presidenta que pudiera sacar al país de las estructuras de comando y control militar integradas de la OTAN, cortando muchas de las amarras que hacen de Francia un motor de la Unión Europea y normalizando relaciones con Moscú, tenía a muchos a ambos lados del Atlántico en ascuas. Francia, que se reincorporó a las estructuras de mando de la OTAN en 2009, cuenta con la tercera fuerza militar más grande de la alianza y el cuarto presupuesto de defensa más alto y es por mucho hoy la mayor potencia militar de la UE. Le Pen ha mostrado su afinidad con otros líderes europeos chovinistas y demagogos de extrema derecha como el primer ministro húngaro Viktor Orbán y el senador italiano Matteo Salvini, y es hostil hacia quienes en Europa abogan por invertir más en la relación transatlántica. Muchos ven con resquemor sus lazos con Moscú desde que en 2014 un banco ruso emitió un préstamo importante a su partido y después de su visita para reunirse con Vladimir Putin en el Kremlin antes de las últimas elecciones francesas en 2017. Su calidez hacia el mandatario ruso probablemente la empujaría a bloquear las sanciones de la UE contra Moscú y resistirse a un mayor apoyo militar para Kiev, insistiendo de paso que ve a Rusia como «una gran potencia» que «podría volver a ser un aliado de Francia» después de que la guerra «haya terminado y haya sido resuelta mediante un tratado de paz». Por ello es que todo el mundo estaba pendiente de cómo votarían los franceses y también explica el porqué de un inusitado artículo de opinión firmado por tres líderes europeos (España, Portugal, Alemania) publicado en Le Monde días antes de los comicios, en el que llamaban al electorado francés a defender una Francia «libre, abierta, fuerte y generosa», rechazando abiertamente a una candidata de ultraderecha que apoya a «los que atentan contra nuestra libertad y nuestra democracia».
El que Macron haya derrotado a Le Pen con 58.5% del voto solo disfraza la realidad inescapable de que la sociedad francesa está profundamente dividida y que la extrema derecha nacionalista, euroescéptica y antiinmigrante es más fuerte hoy en Francia que en cualquier momento desde la Segunda Guerra Mundial. Las consecuencias internas de una presidencia de Le Pen, así como su visión de Francia y Europa, eran —y siguen siendo— alarmantes. Citando al politólogo francés Raymond Aron, «en la política no se escoge entre el bien y el mal, sino entre lo preferible y lo detestable». Lo detestable parece haber sido derrotado por el momento, para alivio de buena parte de Europa y de EU. Y lo preferible augura, por lo menos ahora, que el frente coaligado y concertado de presión y oposición trasatlántica a la agresión de Putin en Europa no se fracturará desde una de las capitales clave de ese esfuerzo. Sun