José Meléndez, Corresponsal
«Beryl», el fenómeno meteorológico que el sábado anterior se convirtió en huracán y se lanzó en un paseo de muerte y destrucción en su recorrido desde el suroriente al suroccidente del mar Caribe, sin descartar sorpresas en la ruta, pareció darle el empujón que les faltaba a varias naciones caribeñas para sumirse en el desastre socioeconómico.
Como primer mayor torbellino de la temporada de 2024, de junio a noviembre, «Beryl» desnudó la deriva del Caribe. Las espirales de «Beryl» exhibieron en el Caribe, por un lado, su endémica falta de preparación para enfrentarse a este tipo de eventos, pese a que por siglos fueron visitantes garantizados cada año en la región, y, por el otro, volvieron a golpear y derrumbaron lo que quedó pendiente de caer en el paso de su predecesor.
San Vicente y las Granadinas, uno de los bastiones políticos caribeños del bloque más duro de la izquierda de América Latina y el Caribe con Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia, sufrió la devastación, entre lunes y martes pasados, de 90% de su aparato habitacional o de viviendas por el demoledor ataque del huracán.
Esa excolonia británica tiene sólo unos 110 mil habitantes en 387 kilómetros cuadrados, por lo que los daños mostrarán un impacto de mayor magnitud socioeconómica y política y crecerán las demandas de soluciones urgentes. Cuba y Venezuela, sus principales socios regionales, tampoco emergieron con condiciones financieras de auxiliarla, como en épocas recientes.
Granada, también excolonia de Reino Unido y un archipiélago de 344 kilómetros cuadrados y unos 112 mil pobladores, registró lo que su primer ministro, Dickson Mitchell, describió ayer como «inimaginable» y «total» escenario de destrozos por el azote de «Beryl». «Tenemos que reconstruir desde los cimientos», anunció Mitchell luego de un recorrido por las islas.
El gobierno cubano ofreció su ayuda, aunque el régimen comunista tiene masivas deudas pendientes con su propia población por las graves afectaciones provocadas a la infraestructura de la isla, como a los servicios de electricidad y de agua con cortes y racionamientos, por tragedias naturales de al menos los últimos cuatro años. Cuba es un ejemplo de que el proceso de recuperación tras los huracanes siguió demorándose por años.
«No hemos visto lo peor» de «Beryl» en Jamaica, pronosticó ayer el primer ministro jamaiquino, Andrew Holness, quien subrayó que las autoridades jamaiquinas de socorro y de otros cuerpos «no cuentan con todos los recursos que desean», pero destacó que «suplen cualquier escasez con experiencia y capacitación en respuesta».
Haití pareció salir ilesa de «Beryl». En los últimos 70 años, gran cantidad de huracanes arrasaron el país y aceleraron sus eternas crisis institucionales.
Al igual que en Haití, estas y otras debacles naturales también aportaron su saldo de conflicto humanitario, que se reflejó en las reiteradas oleadas de migrantes irregulares a Estados Unidos, directamente por mar o, indirectamente, por peligrosos caminos y vías fluviales, de América Latina. De acuerdo con Naciones Unidas, los efectos del cambio climático en el planeta, de sequías extremas a huracanes e inundaciones se han convertido en una de las principales razones por la que millones de personas alrededor del mundo migran a zonas menos afectadas dentro de su país o deciden emigrar hacia alguna otra nación.
«Cada año, desde 2008, se estima que un promedio de 24.5 millones de desplazamientos han sido ocasionados por peligros repentinos relacionados con el clima, como inundaciones, tormentas, incendios forestales y temperaturas extremas», advirtió en abril la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. Sun





