Siguen Llegando Migrantes a la Frontera Sur, Así como Paisanos Repatriados Desde EU
Ernesto L. Quinteros
Tapachula se ha convertido desde hace años en la sala de espera de la migración continental. Aquí llegan miles de personas huyendo de la pobreza, la violencia, las dictaduras, el desempleo y la desesperanza.
Pero también aquí llegan, cada vez con más frecuencia, mexicanos deportados desde Estados Unidos que vuelven a nuestro país con las manos vacías, golpeados emocionalmente y sin saber hacia dónde caminar. Y mientras el fenómeno migratorio sigue creciendo, los apoyos institucionales parecen reducirse cada día más.
La situación que hoy enfrenta el albergue diocesano Belén es el reflejo más claro de una crisis humanitaria que muchas autoridades prefieren administrar políticamente antes que resolver de fondo. El padre César Augusto Cañaveral Pérez ha puesto nuevamente el dedo en la llaga: el flujo migratorio continúa, las deportaciones aumentan, pero la ayuda desaparece.
El albergue atiende diariamente entre 100 y 120 personas. Son migrantes extranjeros, pero también mexicanos que fueron expulsados de Estados Unidos y terminan en Tapachula como si esta ciudad tuviera la obligación eterna de absorber sola el impacto social, económico y humanitario de las políticas migratorias internacionales.
Lo más preocupante es que el fenómeno ya cambió de rostro. Antes predominaban personas centroamericanas o sudamericanas en tránsito; hoy también llegan chiapanecos, trabajadores del norte del país y mexicanos deportados desde Tijuana, Saltillo o El Paso, muchos de ellos sin dinero, sin documentos y sin posibilidad inmediata de regresar con sus familias.
El drama migratorio ya no es solamente extranjero. También es mexicano.
Y mientras el discurso oficial habla de derechos humanos, inclusión y atención integral, la realidad golpea con crudeza. El albergue Belén sobrevive prácticamente con donaciones de parroquias y sacerdotes de la Diócesis. No hay suficientes recursos para atención psicológica, asesoría legal, seguridad o personal operativo. Un solo colaborador ayuda a sostener una carga que debería ser compartida por instituciones federales e incluso organismos internacionales.
Resulta inevitable preguntarse: ¿dónde están los organismos de apoyo internacional que durante años operaron en Tapachula?, ¿dónde está la estrategia integral del gobierno federal para atender el incremento de deportaciones?, ¿por qué la frontera sur continúa enfrentando sola una problemática que rebasa por mucho sus capacidades?
El padre César también expuso otro tema delicado: la ausencia de Consulados, particularmente de Cuba, en una ciudad que se ha convertido en punto clave del fenómeno migratorio. No se trata solamente de oficinas diplomáticas; se trata de representación, acompañamiento legal y protección mínima para personas que muchas veces quedan atrapadas en trámites, detenciones o procesos de deportación sin nadie que les oriente.
Tapachula carga hoy con el peso de la geografía. Ser frontera implica recibir el impacto de las decisiones políticas tomadas en Washington, Ciudad de México o Centroamérica. Pero también implica ver diariamente historias de dolor humano que rara vez aparecen en las estadísticas oficiales.
Porque detrás de cada migrante hay una familia rota, una deuda adquirida para cruzar fronteras, un hijo esperando noticias o una madre rezando por una llamada telefónica. Y detrás de cada deportado mexicano hay un fracaso compartido entre dos países que durante años utilizaron la mano de obra migrante, pero que pocas veces construyeron políticas reales de reintegración humana.
El riesgo más grande es normalizar esta crisis. Que la sociedad vea como algo cotidiano a cientos de personas durmiendo en albergues, caminando bajo el sol o mendigando apoyo para regresar a casa. Cuando eso ocurre, la indiferencia se vuelve más peligrosa que la propia crisis migratoria. En fin.
Por hoy ahí la dejamos, nos leemos mañana.
¡Ánimo!
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