¿El Indispensable?

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Agustín Basave

La antigua tradición política mexicana conocida como “tapadismo” no ha cambiado tanto como se cree. Cierto, antes se hacían conjeturas y vaticinios sobre el político -uno solo- que el Presidente escogería como su sucesor, mientras que ahora las disquisiciones llevan a pronosticar varias candidaturas a la Presidencia de la República, las de los diferentes partidos o alianzas, pues desde el año 2000 ningún presidente -ni Zedillo ni Fox ni Calderón ni Peña- ha podido entregar la silla del águila a su delfín. Pero Andrés Manuel López Obrador ha terminado de restaurar el presidencialismo a ultranza y Morena no está muy lejos de convertirse en partido hegemónico (de hecho, como ocurrió con el PRI en la recta finisecular, ya se prevén desprendimientos del actual partido oficial para nutrir de presidenciables a la oposición), y por ello el grueso de las apuestas se concentra en su futuro(a) candidato(a).
El nuevo juego se parece bastante al viejo. El reciente “multidestape” de AMLO tiene los mismos propósitos que tenían las fintas o prestidigitaciones que sus predecesores hacían por interpósitas personas: quitarle presión a su predilecto(a) vía la dispersión de fuego amigo y enemigo entre diversos aspirantes sin posibilidades reales, darle esperanzas a quienes se sentían perdidos para que no buscaran otras salidas o incurrieran en algún desatino, distraer la atención de los problemas graves de la agenda nacional.
Lo cierto es que en tiempos de la 4T el futurismo debería apuntar más lejos. El final de la Presidencia de AMLO traerá consigo varios desafíos: creo que si su candidata ganara la elección habría fuertes reacciones de los sectores radicales del antiobradorismo, y que si la ganara algún abanderado opositor habría fuertes reacciones de los sectores radicales del obradorismo. No será fácil para quien llegue, tiria o troyano, ponerse un traje hecho a la medida de otro, especialmente cuando ese otro tiene una fisonomía tan peculiar, o desecharlo y moverse con sus propias prendas encima y lidiar con actores que siguen otros protocolos. Aunque no será imposible “despejar” a México en caso de alternancia, el riesgo de ingobernabilidad estará presente.
Me explico con tres ejemplos. AMLO dejará una militarización que a él le parece muy benéfica y que controla con relativa eficacia, pero que constituye un peligroso error y será un dolor de cabeza para su sucesor; desmontarla costará harto trabajo y tendrá un alto costo político. También dejará clientelas electorales que demandarán que se conserven los mismos programas asistencialistas, algo que a él le complace sobremanera porque asume equivocadamente que son los únicos posibles, que no hay otra manera de redistribuir la riqueza y mantenerse en el poder; si el próximo Presidente tuviera la sensatez de acercarse a la socialdemocracia, rediseñar los subsidios y detonar la creación de empleos bien remunerados, enfrentaría grandes obstáculos. Y, por si fuera poco, quedará una huella de voluntarismo caudillista y de debilidad institucional que complicará el establecimiento de una administración pública especializada y profesional.
AMLO está haciendo esto con plena conciencia y absoluta determinación. Es su prioridad crear una transformación irreversible, y en ello pone todo su empeño. Lo pregona todos los días: si por desgracia regresan “los conservadores”, se jacta, no podrán dar marcha atrás a los cambios de su 4T. Desde luego, quienes consideran que ese viraje es bueno para los mexicanos aplauden sus afanes de perpetuidad; el suyo es el paraíso terrenal donde se detiene la historia (acaso podría imaginarse que, como en el materialismo dialéctico histórico, al llegar a la tierra prometida se acaban las contradicciones). Pero a quienes pensamos que militarizar, clientelizar y personalizar la cosa pública daña a México ese socavón nos parece deplorable.
No se necesita creer en los presuntos afanes reeleccionistas de AMLO para concluir que se está saliendo con la suya. Quiere volverse indispensable, ser el único que pueda gobernar a este país, a mi juicio no desde Palacio Nacional sino mediante la forja del nuevo Maximato. Si triunfara, su candidata no querría ni podría desviarse un milímetro de la ruta de la 4T, y a menudo solicitaría su guía para no extraviarse. Y aun si la oposición se llevara la victoria, incluso si quien llegara a la Presidencia fuera alguien con una visión diametralmente contraria, sería concebible que se viera obligado a mantener por algún tiempo varios de los componentes del “sistema” AMLO. Y no sería descabellado vislumbrar que, en un momento de turbulencia social, a ese opositor no le quedaría más remedio que pedirle apoyo al mismísimo -y aparentemente fallido- jefe Máximo de la Transformación. Apro