A Puerta Cerrada

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Marcela Gómez Zalce

La Vorágine

El cambio más significativo en el carácter del conflicto moderno es la explotación de los medios para alcanzar a las masas y movilizarlas en apoyo de la causa. En estos tres años López Obrador -creador único del movimiento moreno- ha mantenido el dominio de la información, la narrativa y últimamente ha impulsado una cultura con carácter fuertemente emotiva, y no reflexiva.
La combinación de elementos de persuasión e influencia con otras formas de control y manipulación aprendidas por décadas convirtieron al Presidente en el pilar donde alrededor se danza a un son sin debate ni diálogo.
El espacio mañanero transformado ya en el campo de batalla diaria donde su percepción importa más que los resultados y donde “al parecer”, pretende prolongar el conflicto y con ello enmarcando la ruta trazada de clarísima colisión.
Desencajado, cansado y visiblemente molesto un López Obrador ha venido sorprendiendo con sus desplantes de rencor y un pésimo manejo de las emociones. El ambiente de la amenaza permanente y el descontrol de la narrativa no sólo lo colocan en una posición vulnerable -aunque esto se niegue- sino arrastrarán al Gobierno y a Morena a un escenario de confusión y mayor confrontación. Lo sucedido en ambos recintos legislativos es botón suficiente.
El continuo golpeteo a las instituciones y la manía de pretender desviar la atención sobre los escándalos de corrupción y el brutal fracaso en la cacareada pacificación del país, están socavando la confianza de los ciudadanos. No hay pirotecnia que alcance para atajar el escenario de violencia e impunidad que se vive en regiones enteras de México.
Este retroceso exacerba las fracturas políticas y erosiona la confianza entre ciudadanía y gobierno. El affaire del caos mexicano fue tema en el Comité de Inteligencia y de Relaciones Exteriores del Senado estadunidense; salir a contraatacar con el relato de un “golpe blando” y acusar a Washington de financiarlo es un asunto que debe meditarse. Cuerpos tirados, universitarios secuestrados, pobladores reteniendo a militares, balaceras, colocación de minas artesanales, crisis económica y sanitaria, desaparecidos y un larguísimo etcétera es la nítida imagen internacional de esta fallida cuatroté.
El sentido de urgencia ante el caos multinivel se ha perdido en el palacio donde se confunde la esencia y el fondo de la investidura presidencial. Con la línea de flotación moral golpeada se ha equivocado la estrategia y con ello se ha empezado a formar la tormenta perfecta cuya turbulencia hará difícil la lectura de la brújula presidencial.
Las variables operacionales de López Obrador de tiempo, espacio y fuerza están sujetas a un cruento desgaste. La paralización en la toma de decisiones en condiciones adversas está cultivando la inestabilidad en un ambiente político-social ya muy enrarecido.
El esfuerzo desde la mañanera para influenciar, desacreditar y amagar a periodistas, a todo opositor o crítico del régimen estira una cuerda y desencadena reacciones que abonan a la crispación y al repudio. El presidente se tropieza y yerra. Yerra y se tropieza. Y atrás el episodio familiar que se junta con el desorden gubernamental, la lucha de poder y el descontrol de la narrativa.
En el colmo presentarse como víctima exhibe otro fracaso, éste en el plano del proceso emocional donde ha sido incapaz de procesar la adversidad escalando el discurso del rencor y la confrontación.
La duda genuina es si dentro de la burbuja en el palacio hay conciencia de la fuerza de la vorágine fuera de ella. Porque el peligro es inminente y el hilo social generalmente se rompe por lo más delgado. Sun