jueves, agosto 11, 2022
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INDICADOR POLÍTICO

Una Casa Blanca Bajo Asedio y un
México con Agenda Propia Activa
Carlos Ramírez

En algunos pasillos de la Casa Blanca se ha llegado a comentar la incapacidad de los servicios de inteligencia y seguridad nacional para entender el estilo, la personalidad y los tonos de funcionamiento del presidente López Obrador. Previo al encuentro de mañana martes en Washington, México ya fijó su agenda propia sin atender los intereses estadounidenses: visas de trabajo, asilo a Julian Assange, disminución del consumo de drogas y consejos a EU para replantear su modelo de democracia alrededor de la simbólica Estatua de la Libertad.
Los temas estadounidenses son otros: obligar a México ampliar la penetración del capital estadounidense en áreas de prioridad del Estado, usar de nueva cuenta a la Guardia Nacional para reventar las caravanas de migrantes, aceptar de buena gana y sin invocar el permanece en México que los migrantes que solicitan visas esperen los resultados legales en territorio mexicano, sobre todo la urgencia de operativos mexicanos para arrestar a cuando menos siete grandes capos del narcotráfico y regresar la estrategia de lucha a balazo limpio contra los cárteles y bandas.
El dato más revelador del estado real de relaciones entre los dos países lo dio la información del The New York Times recogiendo las quejas estadounidenses contra el embajador Ken Salazar ahora en modo chairo porque ha dejado la impresión de que responde más a los enfoques mexicanos que a los intereses imperiales estadounidenses. Los expedientes de litigio de empresas estadounidenses que están siendo atacadas por México a pesar de estar protegidas por los documentos legales del Tratado de Comercio Libre se han convertido ya en reclamos directos de los legisladores estadounidenses que representan los intereses de las empresas trasnacionales y que se han encontrado, a su parecer, con un embajador estadounidense defendiendo las posturas nacionalistas mexicanas.
El problema que aún no ha resuelto la administración Biden se localiza en que todos los problemas nacionalistas mexicanos han sido subordinados al papel que necesita la Casa Blanca de un México administrador de las tensiones nacionalistas y populistas de los países latinoamericanos y caribeños, pero en los hechos Palacio Nacional no ha querido, como ocurrió en los gobiernos priistas y panistas anteriores, hacerle el trabajo sucio al gobierno estadounidense.
En algunos sectores del área de seguridad nacional sí entendieron el mensaje nada subliminal del presidente López Obrador, de cuestionar la democracia estadounidense que se sigue imponiendo por la vía de la guerra y las invasiones militares en todo el planeta, y percibieron como una burla poco diplomática la propuesta mexicana desmontar la Estatua de la Libertad en Nueva York porque Estados Unidos ya no representa el eje de la democracia occidental.
La administración Biden no sabe cómo gestionar en la práctica el juego de espejos que ha manejado con habilidad poco diplomática el presidente López Obrador, al aceptar por un lado todos los condicionamientos estadounidenses de alianza y subordinación comercial, pero actuar en sentido contrario a la hora de las decisiones operativas, como ha ocurrido, por ejemplo, con la incorporación de México a la dinámica de energías limpias, pero la reafirmación del regreso a los combustibles fósiles.
Y la cada vez más menguada capacidad física del presidente Biden está encontrando un plazo terminal a la gestión de su primer período de cuatro años en una de las peores crisis sociales, económicas, raciales, de seguridad y de liderazgo interno por la consolidación de muchos temores de analistas en el sentido de que Estados Unidos se encuentra en una zona de guerras civiles internas derivadas de la múltiple creación y activismo de grupos de la ultraderecha ya articulados cada vez más a las estructuras institucionales del neoconservadurismo en una peligrosa fase de nacionalismo cristiano. La persistencia de los tiroteos diarios ha rebasado los escasos alcances de la reforma propuestas para el control de armas.
En este escenario nacional e internacional de deterioro del liderazgo estadounidense, la Casa Blanca no está preparada para responder a los planteamientos de la agenda mexicana del presidente López Obrador, con la certeza adicional de que tampoco podrá ni deberá realizar actividades desestabilizadoras al viejo estilo de seguridad porque una crisis en México provocada por Estados Unidos sería peor para Washington.
Política Para Dummies: La política consiste en entender que la sartén solo tiene un mango.
El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico que la publica.
[email protected]

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@carlosramirezh
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https://t.co/2cCgm1Sjgh

 

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En algunos pasillos de la Casa Blanca se ha llegado a comentar la incapacidad de los servicios de inteligencia y seguridad nacional para entender el estilo, la personalidad y los tonos de funcionamiento del presidente López Obrador. Previo al encuentro de mañana martes en Washington, México ya fijó su agenda propia sin atender los intereses estadounidenses: visas de trabajo, asilo a Julian Assange, disminución del consumo de drogas y consejos a EU para replantear su modelo de democracia alrededor de la simbólica Estatua de la Libertad.
Los temas estadounidenses son otros: obligar a México ampliar la penetración del capital estadounidense en áreas de prioridad del Estado, usar de nueva cuenta a la Guardia Nacional para reventar las caravanas de migrantes, aceptar de buena gana y sin invocar el permanece en México que los migrantes que solicitan visas esperen los resultados legales en territorio mexicano, sobre todo la urgencia de operativos mexicanos para arrestar a cuando menos siete grandes capos del narcotráfico y regresar la estrategia de lucha a balazo limpio contra los cárteles y bandas.
El dato más revelador del estado real de relaciones entre los dos países lo dio la información del The New York Times recogiendo las quejas estadounidenses contra el embajador Ken Salazar ahora en modo chairo porque ha dejado la impresión de que responde más a los enfoques mexicanos que a los intereses imperiales estadounidenses. Los expedientes de litigio de empresas estadounidenses que están siendo atacadas por México a pesar de estar protegidas por los documentos legales del Tratado de Comercio Libre se han convertido ya en reclamos directos de los legisladores estadounidenses que representan los intereses de las empresas trasnacionales y que se han encontrado, a su parecer, con un embajador estadounidense defendiendo las posturas nacionalistas mexicanas.
El problema que aún no ha resuelto la administración Biden se localiza en que todos los problemas nacionalistas mexicanos han sido subordinados al papel que necesita la Casa Blanca de un México administrador de las tensiones nacionalistas y populistas de los países latinoamericanos y caribeños, pero en los hechos Palacio Nacional no ha querido, como ocurrió en los gobiernos priistas y panistas anteriores, hacerle el trabajo sucio al gobierno estadounidense.
En algunos sectores del área de seguridad nacional sí entendieron el mensaje nada subliminal del presidente López Obrador, de cuestionar la democracia estadounidense que se sigue imponiendo por la vía de la guerra y las invasiones militares en todo el planeta, y percibieron como una burla poco diplomática la propuesta mexicana desmontar la Estatua de la Libertad en Nueva York porque Estados Unidos ya no representa el eje de la democracia occidental.
La administración Biden no sabe cómo gestionar en la práctica el juego de espejos que ha manejado con habilidad poco diplomática el presidente López Obrador, al aceptar por un lado todos los condicionamientos estadounidenses de alianza y subordinación comercial, pero actuar en sentido contrario a la hora de las decisiones operativas, como ha ocurrido, por ejemplo, con la incorporación de México a la dinámica de energías limpias, pero la reafirmación del regreso a los combustibles fósiles.
Y la cada vez más menguada capacidad física del presidente Biden está encontrando un plazo terminal a la gestión de su primer período de cuatro años en una de las peores crisis sociales, económicas, raciales, de seguridad y de liderazgo interno por la consolidación de muchos temores de analistas en el sentido de que Estados Unidos se encuentra en una zona de guerras civiles internas derivadas de la múltiple creación y activismo de grupos de la ultraderecha ya articulados cada vez más a las estructuras institucionales del neoconservadurismo en una peligrosa fase de nacionalismo cristiano. La persistencia de los tiroteos diarios ha rebasado los escasos alcances de la reforma propuestas para el control de armas.
En este escenario nacional e internacional de deterioro del liderazgo estadounidense, la Casa Blanca no está preparada para responder a los planteamientos de la agenda mexicana del presidente López Obrador, con la certeza adicional de que tampoco podrá ni deberá realizar actividades desestabilizadoras al viejo estilo de seguridad porque una crisis en México provocada por Estados Unidos sería peor para Washington.
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Los temas estadounidenses son otros: obligar a México ampliar la penetración del capital estadounidense en áreas de prioridad del Estado, usar de nueva cuenta a la Guardia Nacional para reventar las caravanas de migrantes, aceptar de buena gana y sin invocar el permanece en México que los migrantes que solicitan visas esperen los resultados legales en territorio mexicano, sobre todo la urgencia de operativos mexicanos para arrestar a cuando menos siete grandes capos del narcotráfico y regresar la estrategia de lucha a balazo limpio contra los cárteles y bandas.
El dato más revelador del estado real de relaciones entre los dos países lo dio la información del The New York Times recogiendo las quejas estadounidenses contra el embajador Ken Salazar ahora en modo chairo porque ha dejado la impresión de que responde más a los enfoques mexicanos que a los intereses imperiales estadounidenses. Los expedientes de litigio de empresas estadounidenses que están siendo atacadas por México a pesar de estar protegidas por los documentos legales del Tratado de Comercio Libre se han convertido ya en reclamos directos de los legisladores estadounidenses que representan los intereses de las empresas trasnacionales y que se han encontrado, a su parecer, con un embajador estadounidense defendiendo las posturas nacionalistas mexicanas.
El problema que aún no ha resuelto la administración Biden se localiza en que todos los problemas nacionalistas mexicanos han sido subordinados al papel que necesita la Casa Blanca de un México administrador de las tensiones nacionalistas y populistas de los países latinoamericanos y caribeños, pero en los hechos Palacio Nacional no ha querido, como ocurrió en los gobiernos priistas y panistas anteriores, hacerle el trabajo sucio al gobierno estadounidense.
En algunos sectores del área de seguridad nacional sí entendieron el mensaje nada subliminal del presidente López Obrador, de cuestionar la democracia estadounidense que se sigue imponiendo por la vía de la guerra y las invasiones militares en todo el planeta, y percibieron como una burla poco diplomática la propuesta mexicana desmontar la Estatua de la Libertad en Nueva York porque Estados Unidos ya no representa el eje de la democracia occidental.
La administración Biden no sabe cómo gestionar en la práctica el juego de espejos que ha manejado con habilidad poco diplomática el presidente López Obrador, al aceptar por un lado todos los condicionamientos estadounidenses de alianza y subordinación comercial, pero actuar en sentido contrario a la hora de las decisiones operativas, como ha ocurrido, por ejemplo, con la incorporación de México a la dinámica de energías limpias, pero la reafirmación del regreso a los combustibles fósiles.
Y la cada vez más menguada capacidad física del presidente Biden está encontrando un plazo terminal a la gestión de su primer período de cuatro años en una de las peores crisis sociales, económicas, raciales, de seguridad y de liderazgo interno por la consolidación de muchos temores de analistas en el sentido de que Estados Unidos se encuentra en una zona de guerras civiles internas derivadas de la múltiple creación y activismo de grupos de la ultraderecha ya articulados cada vez más a las estructuras institucionales del neoconservadurismo en una peligrosa fase de nacionalismo cristiano. La persistencia de los tiroteos diarios ha rebasado los escasos alcances de la reforma propuestas para el control de armas.
En este escenario nacional e internacional de deterioro del liderazgo estadounidense, la Casa Blanca no está preparada para responder a los planteamientos de la agenda mexicana del presidente López Obrador, con la certeza adicional de que tampoco podrá ni deberá realizar actividades desestabilizadoras al viejo estilo de seguridad porque una crisis en México provocada por Estados Unidos sería peor para Washington.
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