Un Gesto que Pesa Más que Mil Discursos: la Corte y el Problema de las Formas
Ernesto L. Quinteros
En política y en la vida pública, las formas no son un asunto menor. Los símbolos, los gestos y las imágenes suelen comunicar más que los discursos más elaborados. Bajo esa premisa, el reciente episodio ocurrido en Querétaro, donde se observa a colaboradores limpiando los zapatos del ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Hugo Aguilar, no puede ser minimizado como un simple accidente ni reducido a una anécdota sin relevancia.
El hecho ocurrió en el marco de una conmemoración profundamente simbólica para el país: el 109 aniversario de la Constitución de 1917. Un acto que debía reforzar la solemnidad del Estado constitucional y el papel del Poder Judicial terminó opacado por una escena que, al difundirse en redes sociales, despertó críticas y cuestionamientos legítimos sobre la cultura del poder en las más altas esferas del país.
Más allá de las explicaciones posteriores ofrecidas por el propio Ministro Presidente-quien señaló que se trató de un accidente provocado por el derrame de café y que incluso pidió que no continuara la acción-, la imagen ya había hecho su recorrido público. Y en política, una vez que el símbolo se instala, el contexto rara vez logra neutralizarlo por completo.
La razón es simple: no se juzga únicamente el hecho, sino lo que representa. Ver a empleados agachados limpiando el calzado de un alto funcionario evoca una relación jerárquica que contrasta con los valores republicanos, de igualdad y austeridad que el Estado mexicano dice defender. No es una escena compatible con un país que se asume democrático ni con un poder que, por su naturaleza, debe ser ejemplo de sobriedad, mesura y respeto institucional.
Este episodio adquiere mayor relevancia si se le observa dentro de un contexto más amplio. En semanas recientes, la Suprema Corte ha sido señalada por decisiones administrativas cuestionables, como la adquisición de vehículos blindados, lo que ha alimentado una percepción de distanciamiento entre el discurso de austeridad y ciertas prácticas internas. En ese escenario, cualquier gesto que refuerce la idea de privilegio o exceso adquiere un peso político mayor.
No se trata de acusar intenciones ni de caer en juicios personales. El punto central es entender que quienes encabezan los poderes del Estado no solo ejercen funciones jurídicas o administrativas, sino que también encarnan valores. Y esos valores se expresan, muchas veces, en detalles aparentemente menores: cómo se comportan en público, qué permiten y qué corrigen de inmediato.
El propio Ministro Presidente destacó, durante su discurso, el carácter social de la Constitución de 1917 y celebró la reforma judicial. Sin embargo, la contradicción entre el mensaje y la imagen proyectada terminó debilitando el fondo del discurso. En la era de la comunicación digital, la coherencia entre palabra y acción es indispensable para preservar la credibilidad institucional.
Este episodio deja una lección clara: el Poder Judicial, al igual que los otros poderes del Estado, no está exento del escrutinio público. La autoridad moral no se impone; se construye día a día con congruencia, prudencia y sensibilidad frente a la percepción ciudadana.
La Suprema Corte no puede permitirse errores simbólicos en un momento donde la confianza en las instituciones es frágil. Porque cuando las imágenes contradicen los principios, no es el video el que queda en entredicho, sino la institución que representa.
Y en un país que exige justicia, transparencia y austeridad reales, las formas, definitivamente, sí importan. ¿Alguien dijo que quería un cambio?
Por hoy ahí la dejamos, nos leemos mañana.
¡Ánimo!
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