El Libramiento que Dejó de Librar a Tapachula y se Convirtió en una Vialidad Peligrosa
Ernesto L. Quinteros
La imagen de una mujer dedicada a recolectar basura, lesionada tras ser impactada por un automóvil mientras realizaba su trabajo en el Libramiento Sur Oriente, lunes pasado, debería provocar algo más que una nota roja. Debería encender el debate sobre el modelo de crecimiento urbano que ha seguido Tapachula durante las últimas tres décadas.
Cuando este libramiento fue construido, hace más de 30 años, su propósito era claro: desviar el tránsito pesado para evitar que los tráileres y camiones atravesaran el centro de la Ciudad en su camino hacia la frontera con Guatemala o hacia el resto del país. Era una obra pensada para una Ciudad muy distinta a la que hoy conocemos.
El problema es que Tapachula dejó de ser aquella ciudad.
La expansión poblacional transformó completamente el entorno del libramiento. Donde antes había espacios abiertos, hoy existen fraccionamientos, colonias populares, escuelas, comercios, gasolineras, talleres, hospitales, plazas y cientos de negocios. Lo que nació como una vía periférica terminó convirtiéndose en una avenida urbana de intenso movimiento.
Miles de personas la utilizan diariamente para ir a trabajar, estudiar o realizar actividades comerciales. A ello se suma el constante paso de motociclistas, ciclistas, peatones, mototriciclos, transporte público y vehículos de carga pesada. La combinación es, sencillamente, una fórmula de alto riesgo.
Los accidentes ya no sorprenden. Se han vuelto parte de la rutina informativa. Colisiones, atropellamientos, motociclistas lesionados y pérdidas humanas aparecen con una frecuencia preocupante. Cada percance deja la misma pregunta: ¿cuántos más deben ocurrir para aceptar que el libramiento ya no cumple la función para la que fue diseñado?
El caso de la recolectora de materiales reciclables también pone rostro a otra realidad. Decenas de familias obtienen su sustento recorriendo estas vialidades en vehículos lentos, sin mayor protección y compartiendo espacio con automóviles que circulan a velocidades elevadas y con unidades de carga de gran tonelaje. Son trabajadores invisibles que todos los días arriesgan la vida mientras realizan una labor ambiental que beneficia a toda la ciudad.
No basta con responsabilizar únicamente al conductor involucrado. La justicia determinará quién tuvo la culpa en este accidente. Sin embargo, la responsabilidad de fondo corresponde a una planeación urbana que dejó de anticiparse al crecimiento de Tapachula.
La ciudad necesita comenzar a discutir un nuevo libramiento que vuelva a sacar el transporte pesado del área urbana. Esa infraestructura ya no puede seguir posponiéndose.
Al mismo tiempo, resulta indispensable modernizar el actual corredor con carriles seguros, mejor iluminación, señalización visible, retornos funcionales, límites de velocidad realmente vigilados y espacios que permitan la circulación segura de motociclistas, ciclistas y vehículos de trabajo como los mototriciclos.
También es momento de fortalecer la educación vial y aplicar con firmeza el reglamento. La convivencia entre transporte pesado, automóviles particulares y usuarios vulnerables exige nuevas reglas y una supervisión permanente.
Las ciudades evolucionan. La infraestructura también debe hacerlo. Lo que fue suficiente hace treinta años hoy resulta insuficiente para una metrópoli que continúa creciendo hacia todos sus extremos.
Porque el verdadero problema no es que una mujer haya sido atropellada mientras trabajaba. El verdadero problema es que seguimos obligando a miles de personas a ganarse la vida en una vialidad que hace mucho tiempo dejó de ser un libramiento y terminó convirtiéndose en una de las avenidas más peligrosas de Tapachula.
Por hoy ahí la dejamos, nos leemos mañana.
¡Ánimo!
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