Tapachula, Chiapas; 21 de Mayo de 2026.- Entre el asfalto ardiente y la estricta mirada de la Guardia Estatal Fronteriza, cientos de migrantes avanzan a pie con la esperanza a cuestas.
El amanecer apenas despunta, pero el calor ya se siente pesado sobre el asfalto. Las mochilas pesan el doble, los pies resienten cada kilómetro y el sol, implacable, se convierte en el rival a vencer.
A paso firme, un río humano avanza abriéndose camino por la carretera.
Al frente, una manta blanca pintada con letras improvisadas resume el sentir de la marcha, «Caravana Guiados por Dios 2026». Es el grito de un éxodo que no se detiene.
A los costados de la ruta, la realidad los devuelve al presente. Uniformados de negro, con el chaleco táctico bien puesto, elementos de la Guardia Estatal Fronteriza, observan cada movimiento. La patrulla vigila a la distancia con las luces encendidas, una presencia silenciosa que marca el límite entre el libre tránsito y el control institucional.
«No nos queda más que caminar y confiar», murmura uno de los hombres que encabeza la marcha, mientras carga al hombro una bolsa con sus únicas pertenencias, vistiendo apenas unas sandalias desgastadas.
Para este grupo de migrantes, cada paso es una batalla contra el cansancio, la incertidumbre y un clima hostil que sofoca. No hay sombra que alcance para tantos, ni agua suficiente para mitigar la sed de una travesía que parece no tener fin.
Cabe hacer mención que de parte del Secretario y Comandante Operativo de la Policía de la Guardia Estatal Fronteriza, les proporcionaron botellas de agua en el Ejido Viva México, para que se mantuvieran hidratados.
Los migrantes son empujados por la necesidad, el éxodo continúa su marcha, dejando atrás kilómetros de carretera y llevando adelante el anhelo de un futuro mejor. EL ORBE / Roberto Corado Mosqueda





