DIOCESIS DE TAPACHULA

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DIÓCESIS DE TAPACHULA

“La Gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el Amor del Padre y la Comunión del Espíritu Santo Estén Siempre con Ustedes”.

Santísima Trinidad
11 DE JUNIO DE 2017

Un antiguo filósofo griego decía que cuando entramos a nuestro cuarto y cerramos la puerta, no podemos decir que estamos solos, porque Dios está ahí, pero que tampoco podemos conocer exactamente cómo es, porque para ello se ocuparía ser Dios. El apóstol san Juan nos dice algo muy parecido: “A Dios nadie lo ha visto”, por lo mismo nadie puede mostrárnoslo, pero inmediatamente añade que Dios ha tenido la bondad de dársenos a conocer: “el Hijo único, que es Dios y que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer”. Jesús nos ha mostrado cómo es Dios. Claramente nos ha dicho que Dios es único, tal como profesaba en su fe el pueblo de Israel, “compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”, el Dios que no pasa de largo, sino que visita y se queda en cada casa. Pero también con entera claridad el Señor Jesús nos ha mostrado que en este Dios único, hay tres personas distintas: el Padre, que nos ha enviado a su Hijo, y el Espíritu Santo, que nos ha sido dado por el Padre y por el Hijo. No es un misterio matemático, sino el rostro de Dios que nos ama, a cuya imagen y semejanza hemos sido creados; es el rostro de Dios a quien nos da mucha alegría conocer y a quien queremos amar. Veamos con mucha gratitud esta página del Evangelio de san Juan:
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será condenado; el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios (San Juan 3, 16-18).
Con su inteligencia, el ser humano ha llegado a captar muchos destellos de cómo es Dios. Uno que me impresionó desde cuando estudiaba filosofía, es lo inmensamente feliz que es Dios. Dios es el bien máximo, en Él todo está bien. De otra manera no sería Dios, sino alguien con carencias como nosotros. Si Él es todo bien, quiere decir nadie hay tan feliz como Él. Y como ninguna persona que es feliz daña a otra persona, es “el Dios feliz que hace felices a otros”, como decía San Agustín. Este aspecto de Dios no ha dejado de impresionarme, tal vez porque no hay ninguna época en la vida en que no busquemos ser felices. Hemos sido creados a imagen de Dios, y por ello anhelamos ser felices y por ello mismo estamos orientados a hacer felices a otros.
¿Cómo es feliz una persona? ¿Cómo es feliz Dios? Sólo en el amor somos felices. Cuando nos miramos amados de nadie y sin nadie a quien amar, no encontramos razones para vivir. Dios es eterna e inmensamente feliz, porque desde siempre el Padre y el Hijo se aman con un Amor infinito. Y porque el auténtico amor no encierra a las personas en sí mismas, sino que las impulsa a amar más allá de ellas mismas, a hacer el bien a otras personas, Dios sale de sí mismo y nos crea para ser felices, es decir, para amar, para ser un bien en el mundo. Y cuando vio que nos destruíamos unos a otros, eliminándonos o permaneciendo indiferentes ante la desgracia de los demás, nos entregó a su propio Hijo para liberarnos del mal y mostrarnos en el amor el camino de la verdadera felicidad. Para ello, Jesús entregó su vida en la cruz y resucitó de entre los muertos. Este es el tamaño del amor con que Dios nos ama, y este amor ha sido puesto en nuestros corazones con el Espíritu Santo que nos ha sido dado y habita en cada uno.
Todo lo que Jesús hizo, todo lo que nos enseñó tenía una muy clara finalidad: convencernos de que el Padre nos ama. Cada acción y cada palabra suyas nos dicen: El Padre te ama. La certeza de este amor en nosotros es la base de nuestra paz y de nuestra alegría, aún en los momentos en que todo parece oscuro. Es la vitalidad que nos permite dar el siguiente paso y continuar en el esfuerzo por ser un bien de Dios en todas partes. Esto nos permite comprender por qué el Papa Francisco nos dice que los creyentes en Cristo no podemos andar por el mundo con cara de funeral.
Para cada uno es el saludo de San Pablo a los corintios: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes”.

+Leopoldo González González Obispo de Tapachula