Alberto Vital Díaz
Durante una conferencia y una entrevista recientes, el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, ha expuesto un cambio de paradigma en el comercio internacional. El cambio se debería a las consecuencias de los aranceles norteamericanos y a la cascada de réplicas por todo el mundo.
Ahora no compraríamos donde quisiéramos en escenarios de libre circulación de ofertas y demandas. Ahora los aranceles marcarían las decisiones y acaso provocarían desplazamientos de plantas productivas, como al parecer está ocurriendo con la industria automotriz, concretamente en Aguascalientes, con un cierre inminente y quizá un traslado de la planta a otra parte del mundo, acaso a Estados Unidos.
Ebrard comenta que gracias a nuestra primera mandataria el inquilino de la Casa Blanca en Washington ha suavizado sus posturas, y México ha ganado meses, quizá semanas o hasta simplemente días en una negociación anunciada. Prevista. Difícil. Hecha día a día, casi hora a hora.
México cuenta con un equipo muy profesional en este proceso con varias pistas simultáneas, como los viejos circos de nuestra infancia.
De hecho, se trata de muchas pistas. Muchísimas. La época del libre comercio, con tratados por todo el planeta, facilitó la fabricación de objetos en sucesivos países, de modo que los aranceles podrían terminar afectando al productor y al consumidor de quien los impone.
Los políticos son fugaces en sus cargos, aunque los efectos pueden sentirse por años y hasta siglos. En este 2026 habrá elecciones intermedias en Estados Unidos, y un resultado adverso para dicho inquilino podría darle una nueva oportunidad al libre comercio, quizá con nuevas reglas y sin la «desregulación» que lo acompañó sobre todo en los años ochenta de Ronald Reagan.
La campaña (1990), de Carlos Fuentes, nos invita a pensar que la lucha entre mercantilismo y libre comercio ya se daba en las nacientes naciones latinoamericanas, del río Bravo a la Patagonia.
Baltasar Bustos, protagonista, discute con sus amigos las ventajas y desventajas de un modelo y otro y lanza una alerta acerca de quiénes saldrán perdiendo si los gobiernos optan por el libre comercio. La novela se publicó justamente cuando México abrazaba este último y estaba a punto de firmar un vasto acuerdo con sus dos vecinos del Norte.
En esta vida hay ejemplos para todo. Cualquier argumento deja adornarse con anécdotas e historias más o menos ad hoc. Aun así, consciente de esto, me atrevo a citar los ejemplos de una Gran Bretaña y una Rusia zarista desesperadas hace poco más de cien años: por distintas razones, ambas aplicaron aranceles a las importaciones, y los resultados fueron benéficos a muy corto plazo y desastrosos a mediano plazo: ambos países tenían problemas estructurales.
Desde luego, debemos tener cuidado con las analogías: son eso, analogías y debemos matizarlas hasta convertirlas en analogías matizadas, cautelosas.
Y ya veremos si el diagnóstico de Ebrard se confirma en un tiempo largo o si la más o menos pronta salida del actual inquilino de la Casa Blanca dará una nueva oportunidad al libre comercio, bajo -insisto- reglas que, por ejemplo, inhiban el crecimiento de la desigualdad, de la hambruna, de las guerras colonizadoras (típicas del mercantilismo, según lo define mi AI), de la emergencia climática, entre otros asuntos que la ONU ya había expuesto a inicios de este siglo XXI.
Y desde luego el mercantilismo se equivoca si piensa en el oro y la plata. El papa Francisco cita «al sociólogo Bauman»: «Si piensas en el próximo año, siembra maíz. Si piensas en el próximo decenio, planta un árbol. Pero si piensas en el próximo siglo, educa a la gente» (Esperanza. La autobiografía, p. 301).
Pues bien, hay que sembrar maíz, plantar árboles y, sobre todo, educar a la población: gente educada es la riqueza. Basta ver los niveles educativos que está alcanzando China para intuir sobre bases firmes quién se sigue preparando para consolidarse como una gran potencia, independientemente de que haya otras grandes potencias. Y ya se ve: a China no la detendrán unos artificiales aranceles. Sun





